Cavilaciones

Por: Yoandry Avila

A María Antonia le hablaron de resiliencia, de estado zen, de mente positiva, y ella, tan cubana, tan obstinada, tan periférica, solo atinó a despotricar un rosario de carajos.

En la cola de la papa vio a Yumisleydis “mucho brillo” echarse a un lado mientras sus cadenas de oro se movían acompasadas y resplandecientes; Roberto “comecandela” también se apartó un poco, y le siguió el tintineo de la casi docena de medallas en su pecho. Con paso firme, avanzó hacia el inicio de la cola la negra Filomena con su saco de arrugas y su bastón lazarillo.

María Antonia recordó a su madre ya varios años ausente, fuera ahora tan vieja como Filomena y con las mismas ganas perennes hacia la vida.

Su madre que logró todo lo que quiso y sobrepasó con creces las metas que se propuso. Su madre que fue Doctora en Ciencias Filosóficas, sí, prieta y bembona, pero Doctora.

Mientras las cuatro libras de papa y la libreta de abastecimiento iban a parar a la jaba de la secular matrona, María Antonia creyó se le clavaba en el cerebro un cartel con luces de neón, y por fin comprendió qué coño era aquello de la antinomia que le decía su “culturosa” amiga Juanita; finalmente, logró diferenciar entre igualdad e igualitarismo: atisbó indicios en las caras de sus vecinos.

Se sintió hija de su tiempo, nacida en el país correcto y en la época adecuada.

Marginal por herencia y cuasi ilustrada por autodeterminación,  se impregnó del convencimiento que la luz que dicen ilumina el final del camino la había acompañado desde siempre.

Dedujo que ella era la luz y también el trayecto, único, pero igualmente parte de un periplo más largo; el ineludible fragmento de un todo que en su fuero interno se sabía alternativo y se negaba a recibir recetas externas –aunque las internas faltaran en cuajar-. Entonces, esperó con paciencia su turno en la cola.

Tomado de: Yo ando por ahí