La vanguardia

Por: Harold Cárdenas Lema

La herejía es la semilla que alimenta a los rebeldes, los que maduran políticamente llegan a ser revolucionarios y los que entienden mejor su momento histórico, esos se convierten entonces en vanguardia. Quien no ha defendido el proyecto de nación soberana contra la hegemonía de todo tipo, está condenado a no ser rebelde, no ser revolucionario y mucho menos vanguardia. Pero se puede apoyar a la Revolución y sin embargo no ser parte de su vanguardia. Como se puede ser la vanguardia en un momento y luego dejar de serlo. Quien no entendió la dialéctica marxista o nunca supo aplicarla a la lucha política, lo más posible es que esté o termine fuera de ella. Pues en la izquierda cubana todos gustan de considerarse en la delantera, como si se tratara de una competencia, incluso algunos prefieren hacerle zancadillas a otros en vez de unirse. Y quien genera diferencias y resta en vez de crear consenso y sumar, tampoco podrá ser vanguardia.

Cuando Carlos Marx tenía 42 años y estaba en Londres, se reúne con un viejo amigo y ambos salen de copas. En un momento determinado mientras caminan por la calle, Marx toma una piedra y rompe un farol, se gira a su amigo y le dice: “corre, que en este barrio la policía es tremenda”. Ambos salen disparados como par de adolescentes que se han salido con la suya, desafiando al símbolo imperial que representaba la autoridad inglesa en ese momento. Siendo un gran intelectual de su época, conformando lo que sería la vanguardia de su tiempo, no dejó nunca de ser un rebelde. Porque ser revolucionario y políticamente correcto a la vez, es una contradicción insuperable en todo momento histórico.

En la Cuba de hoy la rebeldía no está de moda como en los sesenta, algunos herejes siguen refugiándose en un puñado de instituciones que les dan cobijo como en los setenta, y los revolucionarios a menudo terminan fracturados por el sectarismo y las deformaciones ideológicas propias de un país acosado. ¿Dónde podemos encontrar a la vanguardia entonces? Según consta en la Constitución de la República en su artículo quinto, el Partido es la “vanguardia organizada de la nación cubana”.

Pero una cosa es el plano discursivo, la intencionalidad política del marco regulatorio, y otra lo que podamos lograr en realidad. Quien niegue el liderazgo del Partido en la sociedad cubana quiere tapar el sol con un dedo, quien crea que esto es un cheque en blanco o no aprecie la bipolaridad que alterna a grandes revolucionarios con burócratas dogmáticos, también se ciega a sí mismo. Por otro lado, creer que un capítulo constitucional garantiza el carácter avanzado de una institución política es no entender nada. En todo caso, la institucionalidad debe preocuparse (y ocuparse) porque sus políticas y funcionamiento reflejen fielmente la voluntad con la que se forjan los pactos sociales. Porque a lo interno haya igualdad de condiciones entre las fuerzas que la componen, todas se sientan y sean en la práctica protagonistas de su futuro y no entes pasivos.

La vanguardia siempre estuvo compuesta en su mayoría por jóvenes que hicieron una revolución tras otra. Hoy designamos al Partido como vanguardia en la propia Constitución, a la Juventud se le asigna el calificativo de “avanzada” pero para llegar al primero debe tenerse cierta edad y en el mejor de los casos compartir la militancia entre ambas. Como si ambas organizaciones no tuvieran el mismo objetivo, como si la edad marcara la diferencia cuando lo importante es el pensamiento que se tenga, marcando una distancia generacional propia de interpretaciones paternalistas sobre los jóvenes y cuál debe ser su papel en una revolución. Quien crea que la edad es garantía de madurez sobre la juventud, no fue a la clase en la que explicaron cómo un puñado de jóvenes moncadistas le enseñaron el camino correcto a los viejos militantes partidistas.

También, si yo fuera dirigente estaría preocupado por la dificultad que tenemos de canalizar la energía de los herejes dentro de nuestras instituciones, preocupado porque a veces sean otros los que creen espacios para ellos, que debieran ser nuestros. Actuar a la defensiva y no a la ofensiva, siempre implica una desventaja táctica. Error estratégico que como muchos otros, se comete año tras año con impunidad pasmosa, como si ya no nos interesara generar consenso y hacer política. Es el peligro de dar por sentado el pacto político que tanto costó a otras generaciones, de promover el discurso cómodo sobre el que no teme arriesgarse.

La vanguardia en la Cuba de hoy se encuentra en casi todas partes. En el Partido y la Juventud hay parte de ella pero no todos lo son, fuera de las instituciones políticas está la otra parte, que no requiere un carnet para serlo. La condición básica es ser de los que construyen un futuro mejor, rompiendo los límites impuestos desde dentro y fuera de nuestras fronteras. Por supuesto, me refiero a la vanguardia política, se puede ser un emprendedor famoso, un desarrollador de aplicaciones móviles avanzadas, una figura pública de relevancia y no ser vanguardia en absoluto. La condición de vanguardia hay que ganársela, sería válido un ejercicio de autorreflexión y ver cuánto estamos haciendo para ello.

A menudo cuesta discernir quién lo es y quién no, en particular con nuestros funcionarios, que prácticamente nunca sabemos cómo piensan y qué proponen en concreto, a pesar de que su cargo sea público, muchas veces la gestión no es pública. La falsa homogeneidad, la cortina de humo que invisibiliza el funcionamiento de nuestros representantes para protegerlos de peligros reales e irreales, termina por generar desconfianza, perjudica a los que hacen bien su trabajo y va fracturando el consenso. Entonces se hace imprescindible una nueva forma de hacer política si de veras queremos salvar el proyecto socialista, porque si vamos a conformarnos con lo alcanzado y comenzamos a comportarnos más como poder en sí que como poder político, no es difícil saber el resultado.

Además, la vanguardia con frecuencia es depurada e imposibilitada de asumir responsabilidades de importancia, podría enumerar muchos jóvenes y no tan jóvenes que debieron adaptarse a su contexto o ver cómo otros con menos condiciones eran promovidos en su lugar. Porque ser políticamente correcto sigue ofreciendo más garantías que ser inquieto, creativo, transformador.. en definitiva, revolucionario. El socialismo para tener éxito no tiene otra salida que ser democrático, como señalara Rosa Luxemburgo. No tiene otro camino que no sea la inclusión de todos aquellos que no sean sus adversarios, como señalara Fidel. Y su vanguardia no tiene otra salida que buscar la unidad entre quienes lo componen, porque su denominador común es un estado mental y una práctica que no distingue de carnets ni acápites constitucionales. A ver si logramos que sean los herejes, los rebeldes y los revolucionarios, quienes señalen el rumbo.

Para contactar al autor: haroldcardenaslema@gmail.com

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