Cuba bajo la piel

Por: Manuel Roblejo Proenza

He estado en La Habana solo una decena de veces, y nunca he visitado Pinar del Río. De hecho, conozco muy pocas provincias cubanas, sus municipios, calles y vericuetos. Tampoco he convivido con matanceros ni cienfuegueros en ninguna ocasión, la vida me ha ido llevado por caminos que solo conducen a Santiago de Cuba y a su gente, de bellas sonrisas moradas.

Así que puedo decir que conozco, en realidad, muy poco de Cuba, hablando por mis ojos distraídos y desde la más estricta geografía del viajero.

Sobra decir que nunca he puesto un pie en una tierra diferente, más allá de nuestro mar. Y yo soy solo uno entre tantos. Yo quisiera viajar, y aunque no sea posible, aunque sea un egoísmo de un cubano que se piensa que es el centro del mundo, sigo queriendo ver por mí mismo lo que otro, con una perspectiva más cosmopolita, sigue empeñado en traerme en su equipaje, como su infalible asimilación de la verdad.

Para mí Cuba, cuando pienso en ella como lugar común, como mi lugar, en el que me tocó nacer entre miles posibles, es un pequeño trozo de Bayamo. Un pedazo de historia que ardió en el tiempo, como un fénix eterno, y se quedó atascada en algún recóndito paraje romántico y misterioso, que nos mantiene bajo sus alas de madre protectora.

Cuba es mi calle, mi barrio, mi gente; y no la gente desconocida que viene una vez al año a explicar cómo van las cosas del otro lado, y que allá no todo es color de rosa o todo lo es; sino la vieja del maní, el socio de la jamonada, la muchachita nueva del pre, que le va robando la vista a medio barrio. El explote de la esquina.

A diario veo cómo nuestras estrategias de inclusión se muestran en programas, potencialidades, periplos, políticas y muchas palabras con P. Sin embargo, en mi Cuba, en mi pedacito, sigo viendo jóvenes desentendidos de la paciencia que nos acompañaba no hacía tanto tiempo, de esa esperanza y ese orgullo por un tiempo mejor que estaba loco por llegar, de ese camino lleno de trabajo y sacrificio, de lealtades y convicciones, que solo podía conducir al hombre nuevo y a la Patria nueva, y a la nueva Cuba.

Veo muchachos que quieren las cosas ya, ni siquiera mañana, las quieren ya. Internet y discotecas; celulares y carros; tolerancia y felicidad; esperanza y más esperanza; espacio. Para ellos son cosas, no son conceptos. Van todos en fila india a la escuela y regresan en el más absoluto alboroto, convencidos que hoy los profesores les han dejado tantas piezas dentales sobre la mesa como el día anterior.

En mi Cuba los muchachos dejan la escuela antes de tiempo, no porque no asistan, sino porque ya no se interesan más en una opción de vida que necesita una constancia que no heredaron, por mucho que trataron de modificar su genética. Prefieren irse a trabajar a una cocina, a hacer de mula de algún pasaporte español, o a sentarse en la esquina, a ver qué cosa cae. Nunca cae nada, todo necesita ser robado.

Muchos ni siquiera se salvarían con un concierto de Silvio —yo me salvaría—, y eso es tanto decir, que da miedo. Pero es así.

A esos muchachos, que no me voy a atrever a decir que son la mayoría, hay que dedicarles el mundo.

Esos que nos ven desde allá arriba, que han viajado, comparado, visto y regresado con la convicción de que no hay otra opción mejor que la nuestra, les toca dedicarles el mundo; como Silvio les dedica sus canciones.

Y, sin embargo, hace unos días todos esos muchachos ojerosos vienen llorando porque Cuba perdió en el clásico. Necesitan que Cuba gane; “make Cuba great again”, diría un confundido. Necesitan ser parte, no de un pundonor que no vieron forjarse, sino de una realidad que, muchas veces, les es hostil si no transitan por la fina línea que nos han trazado a los más dóciles y a los más viejos.

Ellos llevan a Cuba en alguna parte; por eso regresan. Siempre. Bajo la piel solo esconden un alma lista para ser amada, por una tierra que, estoy seguro, tiene un corazón más lujoso que cualquier boleto de avión.