Los buenos

Por: Manuel Roblejo Proenza

Como adjetivo, la palabra “humilde” se emplea, según el diccionario que tengo a mano, para hablar de alguien que no hace ostentación de sus virtudes.

Si da clic derecho ahora mismo sobre la palabra en el Microsoft Word, y va a la opción de sinónimos, aparecerán: sumiso, obediente, dócil, rendido, manso, etc. Es mejor creer en lo primero, ¿verdad?

O mejor aún, ir al latín, a filosofar, como siempre hacemos cuando perdemos la perspectiva de casi todas las cosas.

La palabra humilde proviene del latín humilitas, que significa “pegado a la tierra”; y se cita en algunos textos esclarecedores como una virtud moral, contraria a la soberbia, que posee el ser humano en reconocer sus debilidades, cualidades y capacidades; y aprovecharlas para obrar en el bien de los demás, sin decirlo. De este modo, como sugiere la génesis de la palabra, se mantienen los pies en la tierra, y se es capaz de ser digno de confianza, flexible y adaptable.

Es curioso entonces que humilde sea tan usado para darle inicio a la mayoría de nuestros currículos o autobiografías, para hablar de nuestra procedencia o de nosotros mismos, cuando tiene un significado tan profundo.

A veces decir simplemente “pobre” sería menos “ostentoso”. Porque, evidentemente, humilde y pobre no son exactamente sinónimos.

Entonces, si ser humilde es tan complicado, no serlo es muy fácil.

Podría pensar yo, que vivo en un barrio de escala naranja, que no estoy rodeado de gente humilde, si no de vagos, delincuentes o simplemente, pobres. Suena duro, pero podría pensarlo. No hay por qué enaltecer a alguien que no se lo merece, por muy pobre que sea.

Puede existir alguien extremadamente pobre que sea lo más alejado de un ser humilde, y viceversa. Encasillar a los que no tiene como buenos y a los que sí como malos es la causa de muchos malos entendidos.

Todos los pobres de la tierra no son todos los humildes de la tierra, aunque con ellos echemos nuestra suerte, porque su pobreza tampoco es su culpa; y la pobreza es el peor de los males.

¿Sería entonces justo decir que solo los humildes son buenas personas?

No sé, ¿un escritor, sumamente creído, ególatra e indolente, que gana alrededor de 400 pesos al mes sería mejor persona que un reguetonero que obtiene 100 mil por una sola noche de actuación?

¿O un cuadro del partido, con carro, casa y dieta disponibles, vendría a ser peor persona que el que defiende a la Revolución también, de gratis, desde un blog de mala muerte?

¿Quiénes son los humildes para los que trabajamos?

Y a los que Fidel les prometió la Revolución.

¿Quiénes son los verdaderos pobres de la tierra?

Los de Martí.

¿Quiénes son los buenos?

Creo que es tiempo de abandonar las sospechas y montarse sobre el lomo de la unidad para desentrañar el asunto. No es cuestión de cuánto ganan y a quién les pica; ni de a dónde viajan y a quién les duele. Es cuestión de cuánto hacen por el bien mismo, y por ende en su capacidad de reconocer el bien. Es cuestión de con quiénes está verdaderamente su corazón.

Cuando el orden de todas las cosas parece declinar por la vejez de la espera, hay que juntarse y emancipar a la verdad.

Y la verdad, no lo duden, está con los buenos de la tierra.