La rudeza de los tiempos

Por: Juan Carlos Ramírez Sierra

Todo cuanto se diga para denigrar, cuestionar o ensalzar su imagen tendrá como consecuencia inexorable, el engrandecimiento de su estatura. Mas el silencio desprecia a quienes en cólera, llanto o pasión se quedan mudos, y por causas innobles o justas prefieren oponerse al verbo, al mismo que nos dio luz y existencia corpórea. No es digna la vida cuando por miedos pasajeros se frena la libertad de crear, de pensar, de decir sin tapujos. La suya fue digna de ser, pues más que oportunidades, derechos o garantías, dejó la huella indeleble de la posibilidad real de realizar la vida en decoro, más allá de cualquier síntoma reproche o gratitud.

Irremediable costumbre la de los hombres de santificar o anatemizar a sus congéneres. Tal parece que no pueden vivir sin dioses, sin demonios, sin las historias que hacen y deshacen las cosas de este mundo, como si la creación se remitiera inevitablemente al acto de construir narraciones no solo para impedir que se borre la memoria que tenemos sobre nosotros mismos, no solo para evitar el olvido de lo que somos o aspiramos a ser, también para garantizar el futuro que se niega a llegar en estas circunstancias. Una especie está en peligro de extinción, ¿otra?, no era noticia, las especies aparecen en el concierto de la existencia, todavía sin muchas noticias de sus orígenes verdaderos. En algo más que un abrir y cerrar de ojos desaparecen, se extinguen y solo queda de ellas la memoria y alguna que otra evidencia en museos, documentales o libros.

Un estadista discursando en torno a la naturaleza, ¿dónde se habrá visto? ¿Acaso no hay problemas más importantes a que dedicarle el tiempo? Posiblemente así pensaron, así se refirieron quienes reducen la política al exiguo cúmulo de objetos de naturaleza cuasi exclusivamente política. Pero al entender el alcance que esta actividad había adquirido en la modernidad y contemporaneidad, pues no existe hoy un problema humano que no esté vinculado, próximo o relacionado de algún modo con la política en sus causas más profundas y sus efectos más evidentes y terrenales, enfocaba el problema fundamental y más urgente de la política hoy, el sujeto de la política –el ser humano, el único posible- desaparece e ignora que  produce y reproduce en su actuar cotidiano las condiciones necesarias para su extinción.

No se trataba de una especie más, sino de la especie que contiene en sí misma, en su propio acontecer natural, la historia del universo, desde su génesis –todavía inexplicable para sí– hasta su más elevado producto. No es casual que tanto creacionistas como darwinistas coincidan en un mismo criterio, es el hombre la razón misma de toda existencia. Todo lo existente creado o increado se consagra a una misma finalidad, todo cuanto es tiene su punto más enaltecido, su fin último en la especie humana y esta existe solo para sí. Pero esta relación no es unívoca. La existencia para sí explicita la condición sine qua non del entorno indispensable para que garantice su bienestar y permanencia.

Pierde sentido toda deidad que no se prefigure en un código o en un conjunto o sistema de ideas en las que se plasmen sus imperativos morales –categoriales- vinculantes; carece de sentido vital toda institución con poder sobrenatural omnímodo, omnisciente y omnipotente sin una historia autoconstituyente de su devenir en tanto demostración real de sus potencias ilimitadas hechas actos; no es posible la existencia de dioses sin el despliegue institucional de cultos que proclamen su gloria y ensalcen su figura. La única que detenta la facultad practicar una moral –venida del cielo o las profundidades de la tierra-, la capacidad para elaborar narraciones que ilustren su propio devenir, o el de otros, y por último la posibilidad de hacer instituciones de cultos, formales o informales, es la especie humana.

Dios necesita históricamente de los hombres, sin su existencia finita e irrepetible se trunca la esencia teológica de Dios, pues su mayor realización se encuentra en la especie que no solo es creada a semejanza suya, sino también la que garantiza su existencia en tanto moral, historia, y culto. Por su parte, cada especie se ve reflejada en la propia evolución particular del ser humano, desde que se origina hasta su fin.  En ambas teorías el ser humano constituye el punto o eslabón más alto y acabado. La mejor de las políticas, cualquiera que sea su teoría del origen u orientación ideológica, es aquella que sitúa en el hombre y la mujer su razón de ser, el móvil primero que orienta todos sus medios y sus fines.

En su realización, el ser humano busca afanosamente la perfección que no tiene en sí, de la que si es contentiva, pues las encuentra en sus ideas. Sin embargo, también su obra lleva de forma explícita e implícita su semejanza, una igualdad consigo mismo. El ser humano crea conforme a su existencia y a los caracteres que configuran su identidad. Como este es incompleto, finito e imperfecto, su obra también será incompleta, finita, inacabada e imperfecta. Por eso el sensible y perenne genio del siglo XIX insistía en resaltar las luces, las virtudes, pues la maldad la llevamos todo como una marca inextinguible que siempre nos acecha bajo el aspecto de manchas y torceduras que se evidencian en el quehacer  individual, no importa la ideología, época, creencia o cultura.

Como un disparo de nieve llegó, irrumpiendo, haciendo lo que a la vista de la prudencia era inapropiado, desacertado, imposible. Pero el dolor de la nación ensordecía a todos aquellos que llevaban dentro una porción de patria, de esclavitud y se resistían a echarse y morir por la rudeza de los tiempos. Era preciso romper, buscar, morir todos los días. Su voluntad férrea, fue como la de todos los que lo acompañaron y fundieron en su imagen sus voluntades y espíritus, que supo llevar hasta la muerte con dignidad. Fidel Castro Ruz ha muerto. Toca ahora a nosotros hacer todo cuanto humana y moralmente podamos hacer.

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