Nosotros, los constitucionalistas


Por: René Fidel González García

La Revolución no nace en un día, pero se inicia en un minuto” Abel Santamaría Cuadrado
Ese es el arraigo de Ulises, no puede prescindir de su patria” Pilar

Desde el siglo XIX en Cuba, cada vez que se ha soñado la soberanía, la independencia, la democracia, la igualdad, la justicia, la libertad y el bien común para el hombre y la mujer cubana, incluso tortuosamente, ese sueño ha tenido como nicho la Constitución.
Creer en ella, fue una suerte de religión ciudadana que los republicanos reivindicaron desde el principio en nuestras tierras. En esa creencia irreductible se puede encontrar la genealogía más exacta de las revoluciones y los revolucionarios cubanos de todos los tiempos.
Cuando apenas era un adolescente, leí una biografía del dominicano Francisco Alberto Caamaño Deñó. La encontré en aquella biblioteca trashumante y turbulenta que crecía – todavía hoy lo hace – alrededor de la austera existencia de papá. Aquellas páginas, para mí deslumbrantes, porque acaso sin proponérselo destilaban palabra a palabra la historia de un hombre que en una encrucijada histórica de su país se había descubierto como revolucionario, fueron también mi primera comprensión de lo que era sentirse constitucionalista.
Caamaño lo era, y defendiendo la Constitución de su patria de un golpe de estado ejecutado para impedir su vigencia, dejó atrás lo que una familia de larga tradición militar en la era trujillista le había legado, y quizás también todo lo que él mismo había soñado alguna vez como su destino. Fue asesinado en 1973, con poco más de cuarenta años de edad, ostentando ya el singular mérito de haber enfrentado sin pudor la invasión estadounidense de 1965. Cuando leí aquel libro no podía sin embargo intuir hasta qué punto la identidad y el sentimiento constitucionalista había sido siempre parte de nuestra historia.
Muy poco se pueden entender las actitudes, las contradicciones y afanes, el pensamiento de Varela, Agramonte, Céspedes, Maceo, o de un Moralitos y la pléyade de los que todo lo sacrificaron por Cuba a menos que se asuma el valor, la importancia y las funciones que ellos le asignaron a la Constitución; o a un José Martí, cuya última jornada en Dos Ríos fue rendida en realidad intentando llegar al Camagüey para acordar y resolver allí la Constitución de la República en Armas que permitiría enfrentar lo que después vendría; o a los más radicales del 30, que marcaron en su urgente y desesperada hoja de ruta, la realización de una constituyente que el conservadurismo y la traición vio siempre como el gran peligro; o a la otra generación, aquella minoría preciosa y lúcida que se lanzó al vértigo y el peligro de una sublevación contra la arbitrariedad y el despotismo en la década del 50 del pasado siglo, en defensa de los valores de la Constitución de 1940, que aún maniatada, invocaba el poderoso y subversivo aliento de la Revolución y la decencia ciudadana.
Constitucionalista no fue nunca en Cuba nadie a menos que hiciera de los principios y valores de la Constitución el eje ético transversal de su propio comportamiento público. Ni catedráticos, ni políticos, ni aquellos que las ensalzaron o interpretaron, los que buscaron en ella resquicios o lagunas, defectos e influencias, en las escuelas de Derecho, o en los tribunales lo fueron, a menos que creyeran en su contenido íntegro como el dogma cívico de la noción de la República. Y es que para ser constitucionalista no fue necesario nunca ni siquiera haber oído de Licurgo, o de Kelsen, – o más modernamente de Haberle – , sino sentir por la Constitución una devoción sagrada, y estar dispuestos en la búsqueda de la justicia a enfrentar todo y a todos, por uno, o por los demás, invocando tan solo esa acrópolis de las libertades, la dignidad y los derechos del ciudadano que la ley de leyes debe ser en la República.
Nunca ha sido fácil para nadie, es cierto, sostener una idea en la complejidad, las encrucijadas y los dilemas de la vida. Demasiadas veces el deseo de éxito, la ventaja, el miedo, o la mediocridad más canija rebajan a la condición de fardo cualquier convicción largamente proclamada, pero de eso trata, como con cualquier otra idea en la que se cree auténticamente, ser constitucionalista.
Varias de las generaciones que viven en Cuba vieron a Hugo Chávez Frías jurar sobre una Constitución – que él llamó moribunda – servir al pueblo de Venezuela que lo había llevado a la presidencia, lo vieron también, luego, hacer de una nueva Constitución la racionalidad del ejercicio de auto emancipación y realización política popular más original y exitoso que jamás se haya hecho en Revolución alguna.
Cuando pregunté por qué sus adversarios habían desaparecido de las calles en los días siguientes del golpe de estado que le propinaron a inicios de los años 2000, la respuesta fue que Chávez, con su prédica constante y sincera sobre el texto constitucional, había hecho de los venezolanos todos, simpatizantes o adversarios, un pueblo de constitucionalistas,­ y que los miles de personas que habían sido por sus antipatías, preferencias, odios y enconos los sustentadores populares de la asonada, le retiraron su apoyo al ver, perplejos, a Carmona derogar de facto la institucionalidad y derechos que establecía la carta magna venezolana: ¨me pareció – me dijo uno que hasta hoy es un furibundo enemigo de la Revolución bolivariana- que ellos eran peores que él¨.
Chávez encarnó en nuestro tiempo el arquetipo de estadista revolucionario que, incluso en las peores circunstancias, no dudó ni por un momento que las metas de emancipación del hombre y la mujer que siempre pretende la Revolución, o la angustiosa conservación del poder para hacerla, no pueden lograrse a costa de sacrificar los valores, principios, y las libertades ciudadanas que proclama su propia Constitución. Por eso, a su espíritu y sus límites, se apegó hasta su último aliento.
Antes de finalizar este año el sistema gubernamental y político cubano empezará a exteriorizar y a dar curso a la reforma de nuestra Constitución. La decisión de implementarla fue de seguro tomada a partir de objetivos y necesidades muy específicas del actual equipo de gobierno que desestimó la posibilidad de una constituyente, pero ello no significó – ni significa – la inexistencia de alternativas, expectativas y opciones diferentes, también de dificultades y complejos asuntos teóricos, normativos y políticos a resolver, dado que el núcleo duro de la misma es previsible se interne sensiblemente en las características ideológico-constituc­ionales del sistema económico, político y social cubano, que son especialmente protegidas en la rigidez de su cláusula de reforma constitucional, y están particularmente conectas a las exigencias políticas, sociales y económicas y la gobernabilidad de importantes sectores de la población.
De modo que el propósito de reformar la actual Constitución tiene el desafío de que ese proceso sea capaz de involucrar y activar políticamente a la mayoría de población – y a las diferentes estructuras de la sociedad civil del país – como protagonistas de su realización. Aunque capital, no es el único, tampoco el más grande de los desafíos que enfrentamos ya como sociedad, pero ese empeño necesario y revolucionario de modernizar nuestra carta magna que, más allá de otros intereses, hace consenso entre muchos hoy dentro de la esfera pública nacional, carga de antemano con la insidiosa herencia de ser lo constitucional el eslabón perdido, la zona menos desarrollada y periférica de nuestra actual cultura política.
Habrá que pensar además – en una reflexión colectiva y urgente que espolee a lo gubernamental de la andadura paquidérmica, insonorizada y peligrosamente impolítica con que prepara la reforma constitucional – sobre el papel que en el proceso de cambio de la carta magna puedan jugar, en la medida que logren infiltrarse y estar presente, la conquista de los imaginarios sociales que pretende y logra hoy el capitalismo en la vida cotidiana, la tecnocracia y su impune tendencia economicista que puja por legitimarse en silencio y sin oposiciones como un acético estándar de modernidad y eficiencia, y nuestra incapacidad para poder evitar en un momento crucial, que los cambios que se introduzcan, o se refrenden, impliquen resultados perversos o inesperados.
No hay que olvidar que lo que se modificará es fundamentalmente el texto constitucional que produjo para realizar y garantizar su obra, en derechos e instituciones, bajo la advocación de con todos y para bien de todos, la primera de nuestras revoluciones victoriosas, y que por tanto, en esa consecuencia histórica es, nada más y nada menos, que su santuario jurídico, pero también su más tangible patrimonio ético y su legado político más perdurable y concreto como proyecto político.
Quizás muy pronto pueda contar públicamente los episodios que desencadenaron haber regalado un ejemplar de nuestra Constitución hace ya algunos años a una persona, pero lo que me importa señalar, por ahora, es que haber entregado, antes y después de ese momento y hasta hoy posiblemente cientos de sus ejemplares a estudiantes de Derecho y a personas de todo el país, fue – y es – parte de un esfuerzo de otros muchos compañeros e instituciones para que en Cuba el conocimiento popular de la Constitución, como del de aquella antigua cartilla de la alfabetización que llevaron en sus mochilas los cubanos de la década del 60, fuere la espada y el escudo de los ciudadanos contra la probable arbitrariedad y la injusticia, y el hábito oscuro del servilismo y la obsecuencia que nace del desconocimiento de los derechos, la ignorancia y el ejercicio de poder sin límites.
La noción de una Patria Constitucional, su búsqueda y concreción como un resultado de la cultura política que nazca del constitucionalismo ciudadano cubano por el que trabajamos, quizás sea la inspiración del próximo estadío civilizatorio de nuestra sociedad por el que luchan sin ingenuidades los que creen que el dilema de nuestra generación es conservar y ampliar la libertad y democracia sin retroceder en lo ya logrado, pero para ello debe ser sobre todo la pedagogía política de los que no quieren ser oprimidos y excluidos por un orden social y económico, o por élites de privilegiados, solo así alcanzará su plenitud emancipadora.
Un compañero y amigo entrañable ha llamado en un reciente artículo al 2017 el año de la Constitución. Ambos compartimos sin vergüenza, como otros muchos aquí, el credo republicano y la fe en el Socialismo, por eso estoy seguro que coincidirá conmigo en que éste, y los que vienen, por lo que está en juego ya, deben ser sobre todo los años del pueblo cubano, o sea, de nosotros, los constitucionalistas.