Reclamos decentes


Por: Manuel Roblejo Proenza

Buscar alternativas, dicen; hacer más con menos —lo que es, según mis modestos estudios, físicamente imposible—, dicen; nuestra meta es… seguir, dicen. “Es verdad que todavía tenemos algunas dificultades…”

La gente que está ocupada en conformar al menos un menú en el día para su mesa no tiene tiempo para ser engañada. A esa gente no se le puede mentir. Son los humildes que cada día le dan otra oportunidad a nuestro proyecto. Y otra, y otra, y otra. Cada día y sin derecho a vacaciones.

Y no se le debe mentir a esa gente. No mentirle jamás sí debe ser nuestra meta. Casi todos se desentienden de lo que sucede en Siria o en Colombia, y tal vez tengan una vaga idea de lo que pueda significar que el presidente de los Estados Unidos sea Trump ahora; conformada, en su mayoría, por lo que escuchan en el noticiero, si es que no prefieren poner un poco de música a esa hora, para olvidar las penas del día.

A esas personas hay que hablarles con hechos. No se les puede pedir más conciencia, ni paciencia, ni sapiencia. Hay que resolver el bombillo de la esquina, que hace cinco años vienen reclamando; el desagüe para las aguas albañales; la guagua nueva que solo pasó el primer mes.

Hay que cambiar lo que necesita y debe ser cambiado, no remendarlo con urgencias; porque las urgencias encomendadas casi siempre caen en manos de oportunistas, que las aprovechan para escalar a través de ese esfuerzo que casi nunca trae una solución que dure más de una semana.

Existen mecanismos que están obsoletos, organizaciones que perdieron su razón de existir, dirigentes que han saltado más que una pelota en un mal terreno de béisbol. Uno creería que la gente se acostumbra, que es boba, incluso que es ingrata si alguna vez protesta: pero hay que ponerse en el lugar de los que solo piden el oído respetuoso y el dedo salvador.

Todavía estamos a tiempo. Estas personas, lo famosos “de a pie”, que son la mayoría, todavía están de nuestro lado. Es aconsejable mantener las cosas así. Esa correlación de fuerzas es la única que puede salvar la Revolución y preservar el Socialismo. Miremos en su dirección, ayudemos y hasta mimemos si fuera necesario; creo que a estas alturas no se puede escatimar, si aún eso significara humillarse para que ellos vean que en verdad lamentamos no haber sido mejores.

La realidad para ellos está lejos de ser la que te encuentras por 1.50 CUC en un mundo que les es totalmente ajeno.

La realidad para ellos está en una esperanza que todavía no ha muerto, en un precio que sí se puede bajar, en un salario que sí se puede subir, en un bloqueo que amerita un remate con más potencia.

La realidad para ellos está en sus hijos y en lo que sus hijos les cuentan de la vida. A sus hijos les creen ya, porque se han dado por vencido en la cuestión de tratar de convencerlos de que las cosas son como los mayores dicen.

La vida les ha demostrado que no hay una alianza más genuina que la que se hace con los que les calman el dolor, y luego se olvidan de que lo han hecho, así, porque hay deudas que son de un reclamo indecente.