El sectarismo en Cuba


Por: Harold Cárdenas Lema

La batalla trascendental en Cuba siempre ha sido revolución versus contrarrevolución, pero es posible que hoy no sea la más peligrosa. La pugna entre distintas corrientes de pensamiento dentro de las fuerzas revolucionarias no solo es un hecho sino tradición, la homogeneidad solo existe en la mente de los ingenuos y la mala propaganda. Son estas diferencias, dirimidas con respeto y justeza, las que permiten unidad consensuada entre todos. Así nació esta Revolución, uniendo los grupos que lucharon contra Batista y poniendo a un lado sus diferencias por un bien mayor. Desde entonces una enfermedad amenaza este delicado equilibrio: el sectarismo político.

Se puede ser muy trabajador, defender nuestro país en todos los escenarios y aún así estar equivocado en cuestiones fundamentales. Creer que una interpretación particular sobre la lucha política es la correcta, imponerla al resto y marginar aquellos que no comulgan con ella, solo conduce al aislamiento y el fracaso. Al inicio de nuestras guerras de independencia, el regionalismo y el caudillismo amenazaron la unidad entre los mambises. Varios jefes militares creían saber cuál era el camino correcto a seguir, pero incluso desde esa profunda discrepancia táctica, se respetaban unos a otros.

Durante el capitalismo republicano el fenómeno se agudizó hasta convertirse en corriente política. El Partido Socialista Popular (PSP) se caracterizó por privilegiar más las orientaciones de la Internacional Comunista y la política exterior soviética, que responder a las necesidades reales del país. Esto provocó graves contradicciones en la revolución del treinta y fue la semilla para que en el futuro algunos de sus elementos buscaran aventajar al resto de las fuerzas revolucionarias del país. Con el tiempo hubo diferencias entre quienes combatían a Batista en el llano y la montaña, entre el Directorio Revolucionario y los antiguos comunistas, incluso el Movimiento 26 de Julio se vio implicado.

Quien dude de los efectos nocivos del sectarismo en grado extremo y el daño que este provocó, tomemos un ejemplo. Uno de los grandes crímenes durante la lucha contra Batista fue el asesinato de Humboldt 7, Marcos Rodríguez había delatado a sus compañeros ante Ventura, uno de los peores esbirros de Batista. En su interrogatorio al confesar los motivos, explica: “yo era un gran sectario (…) mis convicciones partían de un solo punto. Todo lo que no era nuestro, no servía”. Al ver que la táctica empleada por un grupo de jóvenes era distinta a la suya, la consideró errada y dañina, entregándolos a la muerte. Así murieron Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, José Machado y Juan Pedro Carbó, sobrevivientes hasta entonces del ataque a Palacio Presidencial. Su delator fue protegido durante una década por altos dirigentes del PSP, sectarios también.

En el quinto aniversario del ataque a Palacio, el primer ministro Fidel Castro, criticó duramente a los sectarios que en la lectura del testamento de José Antonio Echevarría, omitieron una alusión a Dios. Trece días más tarde, Fidel vuelve a denunciar esta corriente política por su nombre ante la radio y la televisión, fue un intento de controlar el poder por encima del resto. Era evidente que había una lucha intestina entre dos fórmulas de país: el estalinismo tropical y el socialismo autóctono, una lucha que no ha terminado.

Aníbal Escalante era considerado un revolucionario, trabajador y sacrificado como nadie, ejemplo de militante comunista, hasta que su sectarismo comenzó a aislarlo en esta primera denuncia hecha por Fidel, y no lo fue más. Escalante aprovechó su posición de organizador al frente de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) para favorecer a quienes pensaban como él, se equivocó grandemente y hubo que hacer una organización nueva en su lugar. Como si fuera poco un llamado de atención de esta magnitud, siguió conspirando en las sombras durante varios años hasta su eventual arresto en el caso conocido como Microfracción. La batalla contra el sectarismo se ganó, hasta ese momento.

El intento de construir un modelo de socialismo autóctono en Cuba chocó con un contexto adverso a finales de los sesenta. La muerte del Che en Bolivia, el mayo estudiantil francés, la intervención soviética en Checoslovaquia, la Ofensiva Revolucionaria del 68 y el fracaso de la Zafra del 70, postergaron parte de la autonomía del proyecto. Cuba debió ingresar al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y con él regresaron conceptos sectarios a nuestro país, solapadamente. Muchos de nuestros padres y abuelos estudiaron en la URSS, a menudo bajo fórmulas de todo o nada, conmigo o contra mí, donde se privilegia la disciplina por encima del pensamiento. Lo que al inicio fue un fenómeno aislado de algunos comunistas, con el tiempo fue instalándose en el lóbulo frontal de los que no podían ver más allá de su circunstancia, y nunca fue un fenómeno generacional sino de mentalidad.

Permitir hoy que elementos sectarios se apoderen de las instituciones o las usen a su antojo en función de interpretaciones o agendas personales, sería institucionalizar aquello que Fidel derrotó en el pasado. Creer que su fracaso eventualmente dará la oportunidad a otros de hacerlo mejor, es desconocer el peligro de que estos arrastren la Revolución consigo y su derrota sea la de todos.

El sectarismo no es un fenómeno exclusivo de Cuba, en los movimientos comunistas y de izquierda del mundo entero, somos testigos de luchas internas que dividen las fuerzas revolucionarias y les impide alcanzar el poder político. La imposición de una fórmula determinada, el silenciamiento de las distintas opiniones dentro del Partido en función de una falsa unanimidad, la imposición de una línea de pensamiento sobre el resto, son amenazas peores que la presión extranjera o el mercenarismo interno. Si terminamos en manos de individuos autoritarios que no generan empatía, protegidos bajo un manto de invisibilidad que no permite saber en su gestión cuáles son sus aciertos o sus fracasos y consideran inservibles aquellas ideas que no sean las propias, el sectarismo habrá ganado.

Pero, ¿cómo identificar a un sectario? Les gusta hacer las cosas a su manera, la manera correcta. Su mayor rasgo es la incapacidad de escuchar, aceptar o tolerar, una opinión distinta a la suya. El sectario de por sí se considera poseedor de la verdad, no cree que sea posible otra alternativa y si alguien la propone no solo la considera errada sino que esta le hace el juego al enemigo. Termina marginando de las fuerzas revolucionarias a todo aquel que no lo siga al pie de la letra, a diferencia de la doctrina inclusiva que expresó Fidel en Palabras a los Intelectuales.

Se puede ser muy trabajador, defender nuestro país en todos los escenarios y lamentablemente ser un gran sectario. Como diría un amigo, estos son los bueyes que hay y con ellos también debemos arar el futuro, ya no tenemos un águila de vista larga que indique el camino. Sin la impedimenta no se sostiene un ejército, pero creer que esta es la vanguardia, darles cargos de relevancia e influencia en la ideología nacional, es un precio que todavía estamos por descubrir.

Para contactar al autor: haroldcardenaslema@gmail.com