El futuro por asalto

Hace seis décadas se hizo historia en Cuba. Un grupo de cincuenta hombres asaltó el Palacio Presidencial para ajusticiar el mayor tirano de la historia nacional. Apenas si pudieron llegar a la tercera planta, el comando debía contar con el apoyo de un centenar de hombres en los edificios aledaños, que nunca ocurrió. Batista terminó escapando ileso por una escalera interior. El asalto no fue un éxito militar pero sí un catalizador en la armada contra el tirano. Los jóvenes que protagonizaron esta acción, tenían claro quién era el enemigo, cómo defender a su pueblo y tuvieron el coraje de hacerlo, nosotros tenemos su legado de ejemplo. Mucha sangre valiosa se perdió ese día, líderes preciados para el movimiento revolucionario como José Antonio Echeverría, presidente de la FEU y fundador del brazo armado de dicha organización. Un año después de su muerte, Carilda Oliver Labra le dedicó su poema “A quien le dieron nombre Manzana”, que reproducimos a continuación:

Sangre que está moviendo todavía
su cortada paloma
por nuestro cielo como un signo.
Sangre con la centella,
con todos los silencios
que asume la muerte cuando es bárbara
y no mata.
Sangre en este pan que nos comemos.

¿Dónde te pongo así para que crezcas,
sobrio clavel;
donde te siembro
para que vuelvas a nacer como fortuna
de la patria?
Aún tienes esa fuerza,
ese bendito rayo,
ese perfume de los hombres;
ese tu amor, tu amor, que no se acaba.

¿Dónde te entierro,
dime, 
dónde fundo
tu corazón para que dure?

¿Dónde te pongo así
para que vuelvas otra vez como verano,
como raíz
que no se pudre,
alta,
rebelde,
fiel,
multiplicada?

¿Dónde te pongo, ángel,
fiera,
a quien le dieron nombre de manzana,
y y a gobierna más que el paraíso
entre estudiantes y proclamas?

Serás el viento que arrulla entre las hierbas
y rebeliones armas,
serás esa presencia de la aurora
cuando la noche parece más sórdida y más larga,
serás ese misterio de la vida
saliendo en la palabra;
serás el cáliz,
la multitud que ejerce la justicia,
ese muchacho
enternecido, augusto,
que la muerte ha mandado a su pizarra.

Te conocí la entrega
a una misión de luces
misteriosa;
te conocí el oficio de eternidad
debajo de los parpados,
la sombra donde te germinaban sueños y tareas.
En esa boca no hubo despedida
sino arenga,
esos ojos no se cerraron nunca
sino que miran para adentro
donde estás preparando barricadas.

Vuelves
armado de tu lápiz,
haces tu posta en los amaneceres
subiendo como un sol La Escalinata:
¡que no te asesinaron nunca,
que no pueden contigo los cobardes,
que no te han hecho nada!
porque nadie ha sabido detener el alba;
y regresas cantando
de nuevo hacia la lucha,
y animas los fusiles en la sierra,
poderoso,
absoluto,
vivo ya para siempre,
en una carcajada de combate
que se deshace en balas.

(13 de marzo de 1958)

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