Hablando del aborto


Por: Zaida Capote Cruz

Estábamos en un panel sobre el discurso político en uno de los “Último jueves” de la revista Temas y, en medio del intercambio final con el público, mencioné el aborto y la posición de vulnerabilidad de ese derecho conquistado hace tanto por las mujeres cubanas. Por un lado me preocupa la insistencia en la necesidad de estimular la maternidad como la clave del dilema poblacional que enfrenta Cuba, haciendo a un lado o considerando menos decisivos otros factores como la ingente emigración a los Estados Unidos —que debe haberse contenido un poco tras la revocación de la llamada ley de pies secos, pies mojados— o la inflación creciente y la reducción de los servicios sociales y prestaciones que, aunque existentes, en la práctica no están funcionando como se necesita.[1]

Mencioné además mi sorpresa ante un anuncio en la revista Palabra Nueva, de la arquidiócesis de La Habana, donde se desplegaba un llamado contrario a ese derecho constituido. “La nueva persona que se ha formado EXISTE Y ESTÁ VIVA desde el mismo momento de la fecundación”, rezaba, para proseguir con tres lemas más: “El aborto: destruye la vida”, “Él tiene derecho a vivir” y “no arranques de ti la vida que brota de tus mismas entrañas…”.[2] Tras la discusión se me acercó uno de los presentes para aclararme que no debía yo hablar del aborto como un “derecho”, sino como una “elección”. Cualquiera pensaría tal corrección razonable; sin embargo, ya sabemos cuánta capacidad de elección tienen las mujeres que deciden acudir a un aborto contra la voluntad de la sociedad, la familia o la pareja. En Cuba el acceso al aborto legal, gratuito y seguro es un derecho de toda mujer fértil, sea cual sea su situación social. Pensarlo como un derecho de las mujeres suma contexto, pues la elección es previa a la decisión, y es individual. Y en cada caso proviene de circunstancias distintas. Cuando una mujer decide abortar, ya hizo su elección. El derecho es, por el contrario, un bien colectivo, para todas por igual; nos iguala a todas en el acceso a la salud.

La disminución de la calidad de los servicios médicos y la morosidad en la atención primaria parecen complicar el proceso. No estoy muy al tanto de los datos. Pero la percepción de que un derecho conquistado corre peligro se confirma con el reciente premio a una cantante cubana, en Viña del Mar, por una canción de tintes evangélicos, contraria al aborto, coherente con lo más retrógrado del contexto político chileno.[3] La débil regulación del espacio público, la poca atención a los mensajes flotantes en el ambiente común, la lentitud en discutir con claridad los temas pendientes sobre cómo organizar nuestras vidas en sociedad (da lo mismo si se trata del Código de Familia o de la Ley de Cine), traen aparejados el afianzamiento de discursos sumamente conservadores y hasta contrarios a lo promulgado por nuestras leyes y nuestras prácticas culturales.

En el contexto latinoamericano, el caso de Cuba es casi excepcional. Salvo en Ciudad de México y en Uruguay, creo, donde el derecho al aborto fue legislado hace poco tiempo, en el resto de América Latina y el Caribe aún es ilegal y en muchos países incluso está sujeto a penalización. En algunos se lucha apenas porque se autorice el aborto terapéutico —no libre, seguro y gratuito—, y ni siquiera así han podido avanzar. Nuestros cuerpos son el territorio donde se dilucida el destino nacional, su apropiación por el Estado forma parte de la razón política del patriarcado y es difícil renunciar a ese poder, entender que las únicas derechohabientes sobre su cuerpo son (somos) las mujeres mismas. Un hecho como la revolución cubana consiguió horadar esa telaraña viciosa de sujeción de las mujeres a la biología y lo corporal, y en su apelación a la incorporación al trabajo regularizó la práctica del aborto libre, seguro y gratuito como parte del sistema de salud pública y contribuyó a la vivencia íntima del placer sin culpa, con la disponibilidad, además, de métodos anticonceptivos. La situación hoy es, cuando menos, preocupante.

Hace poco pasó por La Habana Mabel Bellucci y nos dejó su libro Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo, sobre la larga lucha por la legalización del acceso al aborto seguro, libre y gratuito en Argentina. Es un libro magnífico en su multiplicidad porque integra las voces de quienes protagonizaron esas luchas, compilando materiales de difícil localización, rebuscando en los recuerdos y los archivos de las participantes, reuniendo testimonios diversos y ofreciendo, asimismo, rutas para la solidaridad con el ejemplo de grupos de trabajo, apoyo y activismo que acompañan a mujeres que abortan fuera de la ley. El libro, que se lee como el relato múltiple de una experiencia común, compartida y sostenida a lo largo de varias décadas, comienza su registro en los años 70 del siglo pasado y funciona también como un manual de instrucciones que cada quien puede aprovechar para aprender o decidir cómo actuar en casos semejantes. A mí me alegró mucho saber que gente que quiero y con la que sin embargo nunca hablé del tema ha estado muy metida en esa lucha. Estoy segura de que cuando vuelva a Buenos Aires veré la ciudad con otros ojos, pensando en esa historia antes ignorada que el libro de Mabel nos pone ante los ojos.

Me hizo recordar un par de novelas de los años 20 en que aparecían sendas escenas de aborto ilegal, con toda su sordidez y, por supuesto, sus mortíferas consecuencias. En La gozadora del dolor (1922), de Graziella Garbalosa, y La gallega (1927), de Jesús Masdeu puede hallarse ese testimonio de época, porque el tema se discute desde hace mucho, desde que el primer aborto inseguro cobró su primera víctima. La legalización y el libre acceso al aborto seguro en el sistema de salud pública cubana es otra de las conquistas cuya permanencia depende de cómo gestionemos el espacio público y las intervenciones en él. Es preciso no olvidarlo.

[1] Véanse, a propósito, las recientes “Disposiciones jurídicas para proteger la maternidad de la mujer trabajadora”, publicada en la Gaceta Oficial de Cuba, número 7, extraordinario, el 10 de febrero de 2017.

[2] La imagen adjunta proviene de la página 17 del número 265, correspondiente a diciembre de 2016, de esa publicación.

[3] No conozco la canción de marras. Escribo a partir de la discusión del premio en https://paquitoeldecuba.com/2017/03/01/rapera-cubana-contra-un-derecho-de-la-mujer-chilena-y-con-el-aplauso-de-granma/

Tomado de: Asamblea Feminista