Lo que debe salvarse


Por: Manuel Roblejo Proenza

La historia de Cuba, nuestra Patria, está repleta de la pérdida de esos héroes, que resultaban presumiblemente imprescindibles para lograr, en un momento la independencia del país, su soberanía, la construcción de una nación, y finalmente su colocación en el centro del protagonismo mundial.

Se nos fueron Céspedes, Agramonte, Martí, Maceo, Rubén, José Antonio, Frank, Camilo, Che, Fidel. Sin embargo un factor común entre todos estos hombres, sin pecar de la ingenuidad que nos haga pensar que es fácil llegar a ser como ellos, o ser ellos, es que todos vieron a Cuba, a la Lucha, a la Causa y a la Revolución como algo más grande que ellos mismos.

Superaron rencillas personales, suspendieron duelos a muerte, se alejaron de la comodidad de la familia, del calor de una mujer en la cama; olvidaron sus propias vidas y al final las ofrecieron, por una causa que no parecía tener muchas posibilidades de triunfar, pero que era, y es, estoy seguro, la única vía para lograr tener, al menos la esperanza, de un lugar y un tiempo mejores para vivir.

Fueron, todos, más que enormes seres humanos: fueron algo extraordinario que nos pasó, como personas, como país y como nación.

Nuestro país nunca estuvo más comprometido con su historia que ahora mismo.

No necesitamos eruditos que se crean dueños de toda la verdad.

Ni alternativas para otras alternativas, que ni proponen nada concreto, y mucho menos resuelven nada.

Necesitamos un país interesado en construirse, no en entregarse para que lo construyan. Jóvenes valientes, que decidan lo que quieren hacer, y lo hagan, desde la verdad y el compromiso con ellos mismos. Estoy seguro que los ideales de todos los hombres que antes mencioné coincidirán, en algún punto, con los de ellos.

Necesitamos más que salud gratuita, más que educación, más que deporte y medallas olímpicas. Necesitamos una esperanza de mejoramiento colectivo, un proyecto que nos haga trabajar en pos de un mañana superior para nuestros hijos.

Es muy fácil adherirse a alguna corriente, con magnitud, dirección y sentido definidos, y luego crear nuestro propio apartheid voluntario. No seré yo quien me censure: que me censuren todos los demás.

No creo que haya que mirarse en el espejo de los que cayeron en desgracia, y aún con razón reclaman una disculpa. Después de ella solo quedará un vacío insondable.

Que se levanten todas las manos, y todas las voces.

Que escriba todo el que quiera escribir.

Que piense todo el que quiera pensar.

Al final lo que no es genuino, bueno y útil; lo que no proviene del verdadero amor a los demás, está destinado a fracasar como proyecto, incluso, como imposición.

Que los ministros abran sus cuentas en Twitter y que la gente tenga Twitter para seguirlos.

Eso propongo yo… habría que esperar a que vengan después los que ven sospechas por todas partes, a tratar de dividir, de buscar quintas patas, de repetir el grito de conquista de quien no quiere soltar.

Lo imprescindible es la revolución: la verdadera. Esa que cada cual entiende y hace suya, desde el compromiso y la virtud; o desde el otro compromiso y la otra virtud.

Que la libertad nació sin dueño… y quién soy yo para colmarte cada sueño.