Esa Cuba me da miedo

Por: Vincenzo Basile

Cuba (la digital) se ha convertido en un espectáculo de teatro con tonalidades grises (como las del triste Quinquenio) y grotescas (como las de una risible caricatura). En una orgía de vergüenza e indecencia, bandos de activistas, blogueros y/o periodistas juegan a lanzarse acusaciones y descalificaciones de todo tipo. Es un juego de suma cero: quien gana, gana todo; quien pierde, puede perderlo todo, hasta un trabajo o un permiso residencia.

A unos se les acusa de manchar la imagen de la Revolución con algún que otro objetivo oculto. A otros se les tilda irremediablemente de oficialistas (léase censores) si se atreven a criticar la crítica de quienes critican. Algunos, los estalinistas digitales, mandan a la mierda los canales legales y pretenden montar tribunales revolucionarios 2.0 para exigir que caigan cabezas. Otros, los descarados, se visten de camaleones y van por el mundo – o mejor dicho, por las embajadas del mundo – inventando causas y cambiando color, según más le convenga, conscientes de que, al fin y al cabo, darse y quitarse una etiqueta es la cosa más sencilla de ese mundo.

Una crítica argumentada, un llamado al diálogo o al respeto al pensamiento ajeno pueden costarte la estigmatización digital. Denunciar la brutalidad del tono y de las ofensas por parte de una de las facciones, puede automáticamente colocarte en el otro bando, aunque no quisieras estar. La razón se vuelve trinchera. La denuncia se vuelve ofensa. La ofensa se vuelve arma legítima. La voluntad de callar al otro es el ganador de la contienda; la ley y el respeto se convierten en los grandes ausentes del espectáculo aberrante y grotesco. Grotesco porque, en ese jugar a la Revolución a son de insultos y descalificativos, lo único que se ve, lo único que hay, lo único que emerge, son – nada más y nada menos – conformistas cazando oportunistas, y viceversa. Conformistas que tapan la crítica y buscan la justificación para sentenciar la inmoralidad de todo mensajero. Oportunistas que critican lo que mejor les convenga según el momento histórico.

Mientras tanto, los que se podrían considerar revolucionarios de verdad (en el sentido más pleno del término), se quedan al margen. Sus ganas de plasmar la realidad les hacen detestar las etiquetas y los llevan a querer superar un enfrentamiento que no quieren presenciar. Quisieran ser naturales y espontáneos, ejercer su única e irrepetible herejía. Sin embargo, una fuerza centrípeta, incómoda e indeseable, los atrapa y los condena a quedarse en el lugar de la indefinición. Muchas veces les quita las ganas y los lleva a preguntarse para qué gastar tantas energías si aquello no cambia, si sólo quedan conformistas y oportunistas; y muchos, demasiados, jóvenes brillantes, a falta de oportunidades y alternativas, se ven obligados a dejar el país y a decir, entre amargura y decepción, que aquel no es el lugar donde quieren pasarse toda su vida, no con aquellas reglas y condiciones.

Desde el pasado, casi a gritos, resuenan los escritos del Che sobre los intelectuales, las magistrales definiciones de Fidel sobre la idea de Revolución, y los más recientes llamados de Raúl a la crítica: se han convertido en letra muerta, folios olvidados en gavetas.

¡Qué ningún cubano se sienta ofendido por estas palabras! No me gusta el catastrofismo. Tampoco considero que esta sea la imagen de toda Cuba. Pero es la única que me llega, es la única imagen a la que puedo acceder a unos no-sé-cuantos miles de kilómetros y un océano que me separan de aquel país que tantos ensueños y pasiones me ha despertado, y sigue despertándome, pero que hoy me amarga profundamente.

No tengo más remedio que asumir esta perspectiva de la realidad cubana. Y de ahí se me despiertan sensaciones y temores. Anhelo el progreso y veo el retroceso. Deseo la participación espontánea y veo el oportunismo más descarado. Quisiera ver una nueva generación formada, informada y creativa, y veo a una masa de potenciales emigrantes. Me siento disgustado, decepcionado y desanimado. Más que eso, tengo miedos, muchos miedos. Sobre todo, tengo miedo a formular(me) una pregunta y me aterra (darme) una respuesta.  Como revolucionario y extranjero, como defensor de lo indefendible y crítico de lo incuestionable, ¿es esta la Cuba donde quisiera vivir?

Tomado de: Desde mi ínsula