Territorio libre de analfabetismo digital

Foto: Roberto Suárez

Foto: Roberto Suárez

Por: Javier Gómez Sánchez

Una vez me contaron sobre cómo surgieron los Joven Clubs de Computación. Cuentan que por la década de los 80 le mostraron a Fidel una de las primeras PC que llegaron a Cuba. Según se dice, ocurrió más o menos el siguiente diálogo:

Fidel: Chico ¿Y eso que es?

Uno ahí: Una ¨personal computer¨, Comandante…

Fidel: Ahh, ¿Y qué hace?

Otro ahí: De todo, Comandante.

Fidel: ¿Y cuánto cuesta una personal computer?

Los otros: Como mil dólares…

Fidel: Coño, que bueno sería…pero aquí la gente no tiene mil dólares ni…, vamos a ver cómo hacemos para que a la gente sepa lo que es esto aunque no tengan ese dinero.

Y así se crearon los primeros Joven Clubs de computación. Nacidos del deber elemental de un gobierno socialista de proveer a sus ciudadanos, por encima de las leyes de mercado que discriminan entre los que tienen y los que no tienen.

Pasaron los años y en buena parte del mundo, una computadora personal dejó de ser algo raro. Se abarataron, incluso podían comprarse a menores precios de segunda mano o por ser un modelo anterior.

Cuba atravesaba el Periodo Especial y los cubanos enfrentaban la carencia de los más elementales recursos de subsistencia. A pesar de eso los Joven Club siguieron estando ahí y todo aquel interesado en la computación podía ir.

Pero el tiempo siguió pasando y el país salió de aquella crisis terrible. Una parte cada vez mayor de la población comenzó a disponer de recursos, por su trabajo o por remesas de familiares emigrados, para algo más allá de lo básico.

Pero cuando intentaban a inicio de esa década de los 2000, comprar una PC, chocaban con que vivían en un país donde las tiendas tenían prohibido vender computadoras. Y no solo computadoras, también reproductores de VHS y de DVD.

Cuando algún ciudadano intentaba traer alguna del extranjero la Aduana tenía instrucciones estrictas de quitársela.

Mientras eso ocurría, la TV mostraba conmovedoras imágenes de policías norteamericanos impidiéndoles a los Pastores por la Paz traer computadoras a Cuba.

Pero en los salones de los aeropuertos cubanos no había cámaras de TV.

Llegó a crearse un absurdo mecanismo burocrático en el que los ciudadanos, si trabajaban en un organismo del Estado y el viaje era de trabajo, pedían una carta a su ministro permitiéndole traer la computadora. Y allí iban los ministros cubanos a distraerse de los problemas del país, para firmar cartas permitiendo entrar una laptop o un DVD.

Hasta que llegó el 2008 y se permitió que en Cuba se vendieran las primeras computadoras. Eran modelos ya obsoletos y vendidos a precios muy altos, pero la gente hizo cola para comprarlas.

Se permitió la entrada de computadoras, aunque bajo un fuerte pago de impuestos que tuvo un efecto casi igual de prohibitivo.

Aun así florecía un comercio informal, y los cubanos pudieron acceder masivamente a la informatización encontrando ofertas en páginas como Revolico y otras similares. El Estado actualmente no vende PCs ni apenas piezas pues es imposible competir con la dinámica de precios del mercado callejero.

El pueblo ha encontrado el modo, y una gran cantidad de hogares poseen una o varias computadoras. Los Joven Clubs siguen estando ahí, facilitando el uso y ofreciendo cursos para aquellos que aún no pueden comprarlas.

Pero en algún momento de este proceso hubo una gran confusión, una terrible y costosísima  confusión cuando se perdió la idea de que los Joven Clubs podían ser la alternativa para quien no tuviera 1000 dólares o 500 o 300. Se estableció que tenían que ser la única posibilidad de que un cubano accediera a una PC y se cerraron todas las demás.

El slogan de los Joven Clubs: ¨La computadora de la familia cubana¨, se intentó imponer en un sentido macabro. La falta de visión de futuro, en el que una computadora personal seria precisamente un objeto doméstico y no una simple herramienta para labores de trabajo, combinada con el temor a un manejo abierto de la información por los ciudadanos, provocó una mentalidad de ¨infoparanoia¨, con la que los funcionarios desconfiaban del uso libre de la tecnología.

Los medios de comunicación, más de 20 años después de creada la computara personal y otros dispositivos, seguían llamándolos ¨nuevas tecnologías¨, lo que intentaba mantener la idea de que se trataba de algo lejano y exclusivo.

La expansión de internet, el email, y las redes sociales que convirtieron la informatización además de un intercambio de contenidos, en una vía inmediata de comunicación, vinieron a aumentar el rechazo. Internet ofrecía lo que hasta entonces estaba limitado a los periódicos, a la radio y la televisión: difusión masiva.

En las universidades cubanas se publicaron compilaciones de textos de profesores y académicos ¨satanizando¨ Internet, cual si se tratara del invento de los Lumiére un siglo antes.

Se llegó a acuñar el pensamiento de que ¨Internet debe ser para quién lo necesita¨, haciendo una sectorización discriminatoria de la sociedad en oposición al uso general. Se creó una gran confusión entre las limitaciones impuestas por las posibilidades económicas, estranguladas por el bloqueo, y la teoría de definir ¨quién necesitaba¨ su uso y quién no. La segregación del acceso llegó a aplicarse fanáticamente incluso entre el personal de los centros de trabajo.

Cuando en 1999 ocurrió en Estados Unidos la Masacre del Instituto Columbine, los medios cubanos de entonces resaltaron que los adolescentes homicidas navegaban con frecuencia en Internet y ahí habían visitado páginas que los incitaron a cometer el crimen.

En ese mismo año ocurrieron grandes protestas contra la cumbre de la OMC en Seattle. Las manifestaciones se convocaron a través emails masivos y luego se organizaron con mensajes y llamadas de celular. El celular otorgaba un recurso que hasta entonces en muchos países solo había estado en manos de las autoridades: la comunicación móvil.

Estos elementos matizaron la mentalidad cubana oficial hacia las nuevas tecnologías sumados al de por si terrible obstáculo del bloqueo estadounidense. Los ladrillos del bloqueo se cementaron con la mentalidad política.

Todavía estamos pagando el costo histórico y generacional. Incluso aún no nos hemos librado completamente de aquella época.

En Cuba, siendo un país con un alto índice educativo, es alarmante y paradójico el elevado nivel de analfabetismo digital.

No olvido la pasmosa experiencia que viví con un médico, especialista brillante, que en el 2016 no sabía lo que significaba Internet Explorer. ¿Cómo quedaría ese médico cubano formado por la vocación educativa y científica de la Revolución, en un congreso internacional, compartiendo en un círculo con colegas de todo el mundo?

La informática se ha expandido, a las computadoras de escritorio se sumaron las laptops, las tablets, los celulares inteligentes. Pero en Cuba sigue siendo más caro e inaccesible que en el resto del continente.

Actualmente se puede comprar en barrios pobres de Latinoamérica una PC de uso sencilla por unos 150 dólares o menos. Aquí la misma puede costar más de 300 cuc. Algo similar sucede con las tablets y celulares.

Es cierto que aquí la gente no tiene que pagar renta, ni seguro médico, ni educación. Pero urge solucionar el hecho de que el acceso a la tecnología es dos o tres veces mayor que en Latinoamérica.

Las soluciones existen: Eliminar los impuestos de los equipos informáticos para abaratar su entrada al país, algo que ya se hace en otras naciones. Permitir la importación sin límite numérico. Autorizar el comercio privado o cuentapropista, como quiera llamársele, de equipos, partes y piezas. Que no solo haya talleres de celulares y laptops, si no también venta de estos. Y finalmente permitir de una vez la importación privada. Que quién se agencie la manera de traer un contenedor de computadoras de un país cercano, que lo haga, que page servicios e impuestos, que aporte a la economía y al abastecimiento del país.

Debe entenderse definitivamente que el Estado no puede arrojarse la tarea exclusiva de abastecer un país de todas sus necesidades y menos someter a la población solo a lo que este puede hacer. Tampoco usar recursos monetarios recaudados por el Estado para importar productos que pueden llegar por capital particular. Esos recursos del Estado merecen un mejor uso social, verdaderamente social, que para eso son estatales y no el de usarlos para comprar un contenedor de chancletas o memorias flash.

¿Cuánto vamos a tener que esperar para esa Conceptualización en mano? ¿Al 2018? ¿Al 2025? ¿Al 2030? ¿Nuestros hijos y nietos seguirán viviendo en un país así?

Yo aspiro a que esa Cuba futura  sea socialista, pero también un país en que se haya superado todo esto.

Que para entonces siga habiendo Joven Clubs donde se ofrezca gratuitamente la tecnología nueva y no el oasis permitido de estas.

Solo conocer y recordar la historia nos salvará de repetir la Historia.

Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com