Nos queda el pueblo


fidel-santiagoPor: Javier Gómez Sánchez

Hacía tiempo que Cuba no se movilizaba de la manera en que lo hizo para despedir a Fidel. Estos días han tenido todo el valor que les ha dado la espontaneidad. Eso que habíamos perdido y que ya casi ni recordábamos. No significa que no hubo organización, pero por un lado lo inesperado del suceso, el respeto decente, el sentido común, y pienso que especialmente una mentalidad sabia de algunas autoridades políticas, supieron disponer las cosas para que ese valor lo dominara todo.

Sin embargo durante el paso de los días un temor se mantenía dentro de mí y al hablar con los amigos supe que era compartido. El temor de que pasado el primer momento, las muestras de dolor y de apoyo popular a la causa fidelista fueran secuestradas.

Agarradas por los elementos menos auténticos dentro de las estructuras políticas creadas por la Revolución y convertidos en pura propaganda. Que mancillaran ese amor con torpes intentos de ¨consignismo¨ simplista, de eventos ridículos y forzados, de querer ser más papistas que el Papa.

Algo de eso hubo, pero cualquier intento fue arropado por el pueblo. El amor del pueblo fue tan grande que superó con creces cualquier ¨organización¨. Porque el pueblo superó a las Organizaciones.

Si hubo disciplina; si hubo, no como dicen nuestros enemigos, una seguridad mínima ante las multitudes, fue por la dignidad del pueblo. Los que pensaron que este era un pueblo con un dolor disminuido por que no se lamentaba a gritos, porque la gente no se tiraba sobre el cortejo cuando se detenía, porque no intentaban tocar la caja funeraria, habría que recordarles que la educación y la formación cívica, incluso aquella que echamos de menos en el día a día pero que aflora cuando debe porque está ahí, es la que hace que una masa gigante actúe de esa forma.

Otros pueblos han tenido un proceso diferente y surge entonces el chiste burlón, para quién lo conoce, del funeral de los ricos y el de los pobres.

Fue la cultura de conducirnos en acto colectivo que aprendimos con la Revolución la que nos ha hecho así.

El civismo que no hubo en Miami, lo hubo en Cuba con creces.

Sin embargo no deja uno de pensar que Fidel era sobre todas las cosas un agitador político y que practicó esa agitación incluso con su muerte. Esta movilización ha sacado nuevamente ese fervor dormido en los cubanos. Esa pasión orgullosa ante los que son huérfanos de pasión.

Nos elevó por encima del temor al ridículo, por encima de lo cool, por encima de la Espiral del Silencio.

Estos días serán recordados por eso. Cualquier otro momento de menor valía será olvidado. Uno de eso momentos probablemente sea el deslucido acto de Santiago. Aunque no por los santiagueros que fueron con todo el brillo de ese pueblo y se congregaron en una masa heterogénea y fervorosa.

Puede intuirse que el acto de La Habana fuera de un carácter internacional, por donde pasaron con su palabra varios líderes y mandatarios. Donde los cubanos tuvimos la oportunidad de escuchar a Alexis Tsipras hablarnos de la búsqueda del socialismo y de cuánto habían aprendido los griegos de los cubanos. De un namibio gigante cuya emoción en las palabras superó la barrera del idioma. Del orador iraní, que hablando en una lengua tan lejana logró incluso conectarse con el público. Muy especialmente, la única mujer, presidenta del Parlamento de Vietnam, que nos recordó tantas cosas en ese gesto purísimo que fue levantar su brazo con el puño apretado, sonriente.

Lo que unos olvidan y ridiculizan es mantenido vivo y limpio por otros.

Qué distinto fue el acto en Santiago. Uno hace un esfuerzo para tratar de buscar explicación, y entonces se dice a si mismo que era un acto evidentemente nacional, con los dirigentes políticos de las organizaciones cubanas…Precisamente.

Es entonces que ese momento gris toma cierta utilidad. Porque debemos fijarnos bien en él, analizarlo bien, reflexionar como revolucionarios, y se convierte entonces en la más reciente lección del complejo proceso de la Revolución.

Uno tras otro pasaron los dirigentes de las organizaciones políticas y de masas, como se les dice de un tirón. Uno tras otros fueron los discursos vacíos, leídos siempre, repetitivos, previsibles ya. Una tras otras las obesas figuras y el pueblo indiferente.

Porque el pueblo siente las cosas.

El acto nos recordó los tiempos torpes de la Batalla de Ideas, concepto secuestrado, minimizado, dejado atrás. Rescatado con conciencia por algunos hoy en su verdadero sentido. Con las homogéneas banderitas, recurso visual de aquel tiempo pensado para los canales extranjeros, que quitaban el audio de los ¨vivas¨ y los aplausos en sus noticieros cuando hablaban de Elián González. Astutas banderitas antes, recurso simplista hoy.

El pueblo siente la demagogia aunque no conozca la palabra.

Qué pena, me decía un amigo, que pena con Lula, que pena con Dilma, que vinieron de tan lejos. Cuántas veces habrán encendido ellos a las multitudes, como tiene que hacerlo Maduro, como tiene que hacerlo Evo, porque ahí si hay que mostrar carisma, ahí si hay que llegar al corazón de las masas para llegar a las urnas. No basta con hacer propaganda, hay que hacer política.

Como no basta con decir aquí ¨amor¨, ¨libertad¨, ¨revolución¨, hay que hacer sentir amor, hacer sentir libertad y hacer sentir la Revolución.

El pueblo sabe mucho.

Esa noche en Santiago el pueblo se aplaudió a sí mismo.

Fidel ya no está, nos queda el pueblo.

Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com