Un Fidel muy íntimo


13-de-agostoPor: Carlos Lage Codorniu

Mi niñez y mi adolescencia (como la de mis hermanos) estuvo marcada por la cercanía de Fidel. Eran los años “duros” del Período Especial y mi papá pasaba muchas horas con él. Al finalizar el día (o al empezar), sobre las 4am, Fidel dejaba a mi papá en la casa y allí seguía la tertulia como si fuera mediodía, en muchas ocasiones con mi abuela Iris.
A nosotros nos despertaron las primeras veces para saludar al Comandante, pero fue imposible después, por lo repetido. Cuando salíamos para la escuela y veíamos un par de vasos en la mesa del comedor decíamos: “en la madrugada estuvo Fidel”.
Esa relación llegó a ser familiar y muy íntima. Fidel admiró mucho a mi padre y nos trasmitió esa admiración a nosotros. Si no, no pudiera escribir lo que escribo. Y admiró profundamente a una familia que sentimos cómo hizo suya. En los primeros días de recuperación después de su operación, dedicó con letra ilegible un abrazo a la familia y a mi papá. El día que se nos fue la abuela Iris escribió una sencilla pero emotiva reflexión.
Fidel me dio mi diploma de preuniversitario, fue el padrino de mi primer matrimonio y el día en que me eligieron presidente de la FEU, cuando terminé mi discurso, me dio un fuerte abrazo que no supe si familiar o emotivo o comprometido o todas las cosas juntas. Después habló 6 horas y advirtió que al Socialismo solo lo podríamos derrumbar nosotros mismos. Era el 17 de noviembre de 2005.
La huella que más nos caló de esa relación fue su extrema sensibilidad.
Fidel trataba a sus interlocutores a la par, sin importar la edad o el nivel cultural. La gente lo trataba de tú, porque él no ponía distancia alguna. En la sala de la casa presenciamos intercambios simpatiquísimos entre Fidel y Olga y Julia, dos negras iletradas que criaron a mi papá y mis tíos antes de la Revolución y se quedaron en la casa hasta sus últimos días, como abuelas.
Y a cuanta cosa que un niño decía él prestaba atención como si se tratara de una cuestión de Estado. Cuando en la secundaria decidí estudiar la mitología griega, cuando empecé un círculo de interés en el zoológico o hice algún periodiquito para la escuela, Fidel indagaba con profundidad (y muchas preguntas) sobre todos los detalles.
Mi primer encuentro con Fidel fue a los 9 años. Mi hermano estaba recién operado de una obstrucción intestinal y mi papá se quedó conmigo en la casa. Fidel lo llama a trabajar y mi papá le explica la situación, a lo que él responde que me llevara. No sé dónde habrán quedado los asuntos de gobierno esa noche, porque yo recuerdo un interrogatorio de 3 horas sobre el estado de salud de mi hermano, la calidad del pan del barrio de mi abuela, mis asignaturas y actividades escolares, y mucho más.
Escenas parecidas se repitieron muchas veces. Él mandaba a llamar a la familia para acompañarlo a comer y ahí lo vimos desarrollar una idea hasta el final con una lucidez increíble. Hablaba de los problemas de Cuba, del Medio Oriente, de Estados Unidos, de nutrición o de nuevos descubrimientos científicos. Era un monólogo de muchas horas que resistimos las primeras veces (en otras no pudimos aguantar el sueño). En una ocasión, después de muchas horas en la mesa, Dalia le dice que los niños estaban dormidos, a lo que él respondió: “déjalos que duerman”.
Quizás el mejor ejemplo de esa sensibilidad de Fidel fue en un 26 de julio en Santiago de Cuba. Después de 6 horas de discurso fuimos a comer y ahí conversó por unas 3 horas más. Cuando ya parecía que íbamos a dormir, mi hermana (que tenía 7 u 8 años) y parecía que no oía la conversación, pregunta: “¿y qué es una póliza de seguros?”. Fidel paró en seco y le dijo: “espérate Cristinita que te voy a explicar”. Fueron unas dos horas más, en las que ponía ejemplos y le preguntaba a mi hermana en cada momento si entendía bien. A eso de las 6 de la mañana fuimos a la cama y no habían pasado dos horas cuando sentimos el teléfono: “bajen rápido a desayunar que el Comandante se va para la Habana”. Era un ciclón. En el desayuno estuvo conversando unas 3 horas más.
Fidel tenía una capacidad increíble para analizar la naturaleza de los problemas. Un día en que celebrábamos el cumpleaños de mi mamá en mi casa, me llama a una esquina y me dice: “¿es cierto que se hace fraude en tu escuela?”. Yo no lo podía creer (había un fraude masivo en mi secundaria del que yo era parte), pero no hubo regaño.
Al otro día mi mamá fue a la escuela a hablar con la directora y se repitieron los exámenes. Cuando concluí la primera de las nuevas pruebas, al llegar a la casa, tenía una llamada de Fidel: “¿cómo saliste? ¿viste que no te hacía falta?”. Unos días después, en un acto público en el Karl Marx, hizo una crítica muy fuerte del fraude, pero lejos de arremeter contra quienes lo cometían, lo hizo contra el tipo de evaluaciones y las condiciones que propiciaban que el fraude ocurriera.
El 12 de agosto de 1995 fuimos a comer a Palacio. Eran años duros y Fidel parecía mostrar en su celebración la angustia por la suerte de todos. La comida fue frugal: una sopa y unas croquetas, como se hizo costumbre en esos tiempos. A las 12 de la noche solo hubo una foto: Fidel, Felipe y su familia, mi papá y su familia, Eusebio, Chomy y la escolta (su familia más cercana). A aquellos fornidos de verde, en medio de sus caparazones, se les veía una inmensa y tierna admiración por el Comandante, al que habían entregado todos los minutos de su vida. Antes de dispararse el gatillo, Fidel me dice: “ve y tráeme el busto de Martí que está en mi escritorio”. Así celebró Fidel sus 69.
Creo que se me queda mucho. Creo que no es escribible esta relación (hay emociones para las que no existen palabras). Ese Fidel humano, ese Fidel íntimo es el mejor Fidel que merece conocer la gente. Afortunadamente es el que podré mostrar a mis hijos.
Si algo fue mi papá en sus responsabilidades fue humilde y desprendido. Por eso, no conocimos privilegios materiales. Y los que necesariamente tuvimos no lo valieron, al menos así lo apreciamos y así nos lo hicieron ver. Nuestro privilegio fue la cercanía de Fidel, un Fidel con virtudes y errores, gigante de cualquier forma.
Por eso no importa que haya hecho alguna que otra cosa que no compartiera, alguna incluso que fuera costosa, no importa que haya escrito alguna reflexión que no pueda entender de ninguna manera. Llevaré siempre un cariño bien íntimo y un compromiso con el proyecto humano que él (más que nada y que nadie) representa y por el que nos hizo soñar.
Por eso, cuando muchos preparan “planes de retirada”, sigo soñando con socialismos posibles, con cierta testarudez que desafía presentes difíciles.