El disimulado camino del empobrecimiento en Cuba

trdPor: Javier Gómez Sánchez

El país parece dispuesto a considerarse fuera de esa situación que significó el Período Especial. Una completa superación de esa época implicaría no solo condiciones objetivas distintas sino que estas creen una visión subjetiva igualmente diferente.

Algo difícil cuando seguimos arrastrando cosas que fueron concebidas bajo la óptica de la supervivencia de los años 90.

Si bien estamos aún demasiado cerca en el tiempo, estamos ya lo suficientemente lejos como para mirar atrás y ver una época de transición entre la profunda crisis y el momento actual. Esta transición puede verse del año 2000 al 2010 para quién prefiere una rígida ubicación cronológica. Otra opción es entre el inicio de la Batalla de Ideas y la elaboración de los Lineamientos.

Incluso hay más variantes de principio y fin. Lo importante es que ese lapso define un túnel que nos condujo de la crisis absoluta al arribo a un estado más favorable, si bien no ideal.

Algo en lo que se están dando pasos importantes es en la solución al tema de los bajos salarios, el pobre poder adquisitivo de la moneda nacional, y la eliminación definitiva de la doble circulación. Recientemente se han implementado con mayor o menor impacto y celeridad, aumentos salariales en aquellos sectores que reciben inversión extranjera o dan un aporte al presupuesto nacional como los servicios de salud.

Es de esperar que de continuar esta política en un futuro cercano el poder adquisitivo de una parte de los cubanos sea mayor.

Pero hay un fenómeno que se mueve en dirección contraria.

Ese fenómeno es el encarecimiento que han tenido productos que inciden notablemente en la calidad de vida, el bienestar y el acceso al desarrollo. Se trata de los llamados electrodomésticos de primera necesidad.

Si bien la mayoría de los productos y servicios estatales han mantenido los mismos precios e incluso recientemente algunos alimentos han tenido controvertidas rebajas, las cantidades a pagar por refrigeradores, televisores, cocinas, etc en pocos años se han más que duplicado.

Un refrigerador mediano en el 2006 costaba entre 400 cuc y 600 cuc con varias opciones, hoy cuando se encuentra un equipo similar como única opción cuesta entre 700 y 900 cuc.

Un televisor de 21 pulgadas en el 2002 iba desde un Daytron por 260 cuc hasta un Sony Trinitron por 640 cuc, con un abanico de marcas y precios entre ellos. Con la irrupción del Atec Panda como opción exclusiva, el precio para adquirir un televisor saltó hasta 450 cuc. Con el tiempo bajó a 300 por el Atec y 330 por un Panasonic.

En esta época de televisores LCD y LED, en el Tercer Mundo todavía se venden televisores de tubo de pantalla a menor precio, entre 150 y 200 dólares. Aunque los televisores modernos se abaratan cada vez más, muchas personas pobres que no pueden comprarlos al menos disfrutan de la TV en uno tradicional.

Pero en Cuba esa lógica no existe y los televisores tradicionales de tubo de pantalla han desaparecido. Ni siquiera para combinarlos con las cajas decodificadoras de televisión digital. Las empresas estatales solo importan televisores LCD o LED y recientemente se ha comenzado la fabricación nacional de estos bajo las marcas KONKA, Soyea y ATEC.

El resultado de esto es que una persona que quiera ver televisión está obligada a pagar 399 cuc por uno HD de 32 pulgadas y 1080 p sin tener absolutamente otra opción. Porque ni siquiera los hay más pequeños.

Es como obligar a entrar por la fuerza al siglo XXI a un país que en muchos aspectos aún anda atascado por sabrá Dios dónde en el siglo XX.

Con las cocinas el caso ha sido más impactante, adquirir una con horno hace unos años implicaba el gasto de unos 250 cuc mientras hoy las tiendas exhiben solo modelos de más de 400 cuc.

¿Cómo puede comprar una familia cubana uno de estos equipos? ¿Ahorrando ahora más del doble de lo que tenía que ahorrar antes? ¿Qué a los que tengan familiares emigrados les envíen más del doble? ¿Qué los que ya se corrompían antes roben ahora más del doble?

La realidad es que este fenómeno nos está haciendo cada vez más pobres en medio de una ilusión de aires acondicionados, televisores de 50 pulgadas y piscinas inflables.

En los supermercados de países cercanos, templos del capitalismo que tanto criticamos, se pueden encontrar opciones para que personas de distintas economías compren, con rebajas incluidas. Quienes, viviendo en cerros y favelas, quedan por debajo incluso de ese rango, van a tiendas de barrios o de segunda mano y ahí compran una cocinita, un refrigeradorcito o un pequeño TV para ver telenovelas. No dejo de reconocer que millones, es cierto, no pueden ni siquiera hacer esto.

Pero en Cuba no hay abanico alguno, no hay niveles, no hay más opciones que las que las tiendas estatales imponen. Junto al monopolio de la insuficiente importación, el Estado impone la exclusividad de la venta, y con ella la dictadura de los precios.

¿Acaso el bloqueo lo justifica? ¿Dónde está la política social, donde está explicación lógica, la moral en vender un simple refrigerador por 900 cuc?

No se puede achacar el aumento del costo de la vida solamente a la acción especulativa del sector privado, la de los vendedores agrícolas, de los transportistas o del ridículo espiral de precios de la gastronomía. El propio Estado promueve dinámicas que provocan el encarecimiento.

En el Período Especial era impensable pretender que una familia cubana pudiera adquirir con su trabajo y sus ahorros, ni siquiera a plazos, uno de esos artículos necesarios. Pero ya no estamos en el Período Especial. Por eso debemos ver las cosas en su justo lugar. Porque aquella excepcionalidad justificaba situaciones que ahora son injustificables.

El Estado cubano en su carácter socialista proporciona sin dudas muchas cosas, pero no podemos continuar perdiendo la perspectiva y la recaudación de fondos no puede seguirse haciendo en contra del acceso al bienestar del mismo pueblo al que se asiste.

No se puede en nombre del pueblo, esquilmar al pueblo.

Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com