Las barras, las estrellas y la estrella solitaria (I)


bandera_usaPor: Javier Gómez Sánchez

La idea del gobierno norteamericano de influir en el pensamiento de los cubanos a través de programas de estudio e intercambio en los Estados Unidos no es nueva. Data de su primera intervención en la isla.

Recordemos que luego de la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana la isla de Cuba, que no llegó a nación independiente, pasó de manos de un imperio a otro. Como es lógico, los neocolonialistas norteamericanos implementaron el funcionamiento en el país de estructuras más acordes a su mentalidad, diferentes en gran medida de las de la vieja metrópoli española.

Se limitó el papel casi absoluto que la Iglesia Católica tuvo en la educación y la salud bajo el dominio español y se creó un sistema de escuelas públicas manejadas por el nuevo aparato administrativo, así como nuevos hospitales que se sumaron a los que la Corona se vio obligada a mantener para asumir los miles de enfermos y heridos que le significaron las guerras de independencia.

Indudablemente hubo una modernización en muchos aspectos de la vida y la infraestructura pública. Algo ante lo cual la historiografía cubana tiene el lógico prejuicio de nuestro conflicto histórico con los Estados Unidos y que comparto personalmente. Es muy difícil tener la frialdad de pensar que hubo beneficio con la Intervención, cuando esta nos quitó y pospuso el mayor proyecto que hemos tenido los cubanos: la verdadera independencia de Cuba.

Más importante que una calle asfaltada, más que pabellones hospitalarios, más que un nuevo malecón, hubiese sido haber construido esas cosas nosotros al volver de distante ribera y no porque bajo un imperio los caminos fueran de fango y bajo otro los caminos fueron de asfalto. Ambos se construyeron para que nos condujeran a Roma.

Gran parte de la propaganda norteamericana en la isla estuvo orientada a crear en la mente de los cubanos neocolonizados la relación de los Estados Unidos con todo lo moderno, lo nuevo, lo mejor y a España con todo lo viejo y atrasado.

De paso se instalaron en Cuba varias iglesias protestantes para contrarrestar la fe católica que en su mayoría profesaba el pueblo cubano, aunque muy deteriorada en los independentistas por la filiación de la Iglesia con la Corona.

Esta campaña se extendió por las dos décadas iniciales del siglo XX para influir en la primera generación de cubanos en esa centuria. Por supuesto, Estados Unidos con su industria unida a las nuevas tecnologías tenía todas las de ganar. Los cubanos vieron radios Made in USA, automóviles Made in USA, aeroplanos Made in USA, como antes habían visto acorazados Made in USA destruir a los obsoletos buques españoles.

Si para muchos padres y abuelos criollos, España más allá de ser o no el enemigo, era la Madre Patria por nexos familiares y culturales, a la nueva generación de cubanos se le sembró no solo un nuevo referente sino un paradigma supremo: Los Estados Unidos de América.

Tampoco podemos juzgar desde este siglo XXI la significación que tenía la nación americana para el mundo del siglo XIX y principios del XX. Había que tener en ese entonces capacidad especial de ver, como la tuvo Martí, cuando viviendo en Nueva York, admiró sin dejarse impresionar la enorme capacidad norteamericana.

Supo ver más allá y sabía también lo difícil que sería luchar en la mente de los cubanos nuevos con la idea de la maravilla estadounidense. Incluso en la de muchos independentistas en la cual Estados Unidos era donde se fabricaban los fusiles Winchester y las ametralladoras Gatling. Donde había partidos, elecciones y parlamento pero sin un rey con poder sobre ellos. Era el país que había nacido de la primera revolución independentista en América.

Enfrentar esa idea en la mente futura de los cubanos sería más difícil que enfrentar a España en el campo de batalla.

Como parte de la campaña de influencia el Gobierno norteamericano implementó en los primeros años de la neocolonia un programa de estudios en ciudades de los Estados Unidos para maestros y maestras cubanos. Grupos de profesores de primaria y secundaria viajaron para conocer el sistema de enseñanza norteamericano y los valores de su sociedad.

La idea era que al ser maestros estos trasmitieran a sus alumnos en Cuba la admiración por la América estadounidense.

En su mayor parte, el programa fue un rotundo fracaso.

Muchos profesores con esa oportunidad, precisamente luego de conocer profundamente a los Estados Unidos, se convirtieron en fervorosos defensores del amor por Cuba y dedicaron su magisterio a inculcarlo en sus alumnos.

No me avergüenza reconocer que los Estados Unidos, como pueblo y como país, han logrado por lógica un ejercicio de la libertad, de la defensa de derechos y de la práctica de la ciudadanía mayor que nosotros los cubanos. La razón es que ellos son una nación independiente y una república desde 1776, cuando aún éramos una colonia cañera destinada a enriquecer a un imperio y a un grupo de colonos. Faltaban casi 100 años para que se iniciara nuestra primera guerra de independencia y ya ellos habían tenido el primer triunfo de la suya. Cuando nuestros padres fundadores se reunieron en Asamblea, ya ellos llevaban electos una buena cantidad de presidentes y décadas de debates en su Congreso.

Ni siquiera era lo mismo la influencia del pensamiento filosófico inglés en el Imperio Británico, que de la Inquisición bajo el Imperio Español. Hay que entender que cada cual se desarrolla a su tiempo y según sus circunstancias.

Si ellos producen la tecnología que utilizamos y no a la inversa, fue porque se nutrieron de la migración de ingleses, alemanes, rusos, ucranianos, polacos, italianos, irlandeses y ellos cultivaron la industria, las ciencias y las artes.

Los cubanos de hoy no podemos temer a nada que venga del conocimiento.

Muchos cubanos que fueron a estudiar a la Unión Soviética y a otros países del campo socialista volvieron conociendo de los errores que allí se cometieron. Otros que han trabajado en Venezuela han visto lo difícil que es hacer una revolución sacando a un pueblo de la ignorancia que implica la pobreza. Son muchísimos los que estudiando y viviendo en la rica Europa han apreciado lo que se hace en un país pobre como Cuba. O los que viajando por Latinoamérica aprendieron a apreciar el proyecto de la Revolución Cubana.

Uno solo de ellos con capacidad de ver, vale más que veinte ciegos.

Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com