Contigo en la distancia

corea_del_nortePor: Rafael Ángel Salazar Martínez

En una de sus frases más celebres, el demócrata Franklin Delano Roosevelt, trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos de América, se refirió en los siguientes términos al artífice de la dictadura nicaragüense derrocada en 1976 por la Revolución Sandinista del comandante Daniel Ortega: “Tal vez Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Nosotros, los países que construimos el socialismo sobre las bases del marxismo, también tenemos nuestro hijo de puta: el gobierno de Corea del Norte.

A tal convencimiento, por supuesto, no llegué de la nada. Luego de alguna que otra esporádica y siempre cuestionable información escrita, la primera referencia sólida sobre ese distante país no la tuve por medio de un “Iguales y diferentes”, sino por un documental que seguramente muchos de ustedes habrán visto. Su título: “Amarás al líder sobre toda las cosas”. Su país de origen: España. El director: Jon Sistiaga. Año de realización: 2007.

En algunas críticas que leí sobre el documental antes escribir este post, se le tilda de tendencioso, imparcial y manipulador, e incluso se acusa a su director de hacer uso de datos sin contrastar, de fuentes dudosas o poco fiables, o directamente inventadas. Ciertamente, algo de eso puede haber en el contenido de “Amará al líder…”. Pero ahí están, irrebatibles, la imagen y la voz del camarada Pak, secretario general de relaciones culturales norcoreano, que desde el primer minuto del audiovisual nos dice que sus líderes (Kim Il Sun, ya fallecido, y Kim Jon Il, igualmente fallecido, pero al momento de realizarse el documental presidente del país) nunca se equivocan. Es el mismo funcionario que junto a otros dos acompaña, vigila y mantiene a raya al director del rodaje en su travesía periodística a través de un país solo concebible en las páginas de 1984, la novela de George Orwell. Precisamente es este uno de los tantos libros ausentes en los estantes de la Biblioteca Nacional de Norcorea, cuyo director, entrevistado en el documental, afirma que el fallecido líder Kim Il Sun ha escrito la friolera de 18 000 libros diferentes, y encima nos dice que se los ha leído todos.

Aparte del disparate de los 18 000 libros, que no resiste el más sencillo análisis matemático, en la primera monarquía comunista de la historia no se permite darle de espaldas a ninguna de las imágenes de Kim Il Sun ante cuya gigantesca y divinizada estatua (hoy acompañada por una de su hijo Kim Jon Il, levantada luego de la muerte de este en 2011) de 30 metros, ubicada en la colina Mansudae de la capital norcoreana, se han postrado la inmensa mayoría de los norcoreanos, una práctica a cuya obligatoriedad no escapan los pocos visitantes que cada año entran al país, a quienes solo se les permite una estancia de siete día, que se reduce a tres si son de nacionalidad norteamericana.

Existen inmensas carreteras por las que transitan prácticamente solo bicicletas, junto a unos pocos Mercedes-Benz pertenecientes al aparato estatal. También existe un extravagante museo que alberga y exhibe los más de 200 000 regalos recibidos durante 50 años por Kim Il Sun y Kim Jon Il, entre los que figura algún que otro presente enviado por nosotros. Igual de extravagante es el Museo de las Flores, donde se encuentran dos ejemplares genéticamente modificados, bautizados con el nombre de kimilsunias y kimjonilias, en honor a los líderes. En el documental se ven unas burdas estatuas que el gobierno norcoreano presenta a los visitantes como patrimonio de la humanidad, presuntamente certificadas por la UNESCO. Los libros oficiales norcoreanos dicen, sin el menor pudor, que son capaces de construir una casa en 4 minutos y 54 segundos y apartamentos para 200 familias en un día (deberíamos pedirle asesoramiento en la materia, para ver si solucionamos nuestros problemas de vivienda). En los periódicos norcoreanos, redactados en inglés, el nombre de Kim Jon Il aparece en todas las portadas y en prácticamente todas las noticias. El hermetismo infocomunicacional y cognitivo es tal, que una de las “sacerdotisas” de la ideología Juche, versión norcoreana del marxismo, le pregunta, en inglés, a Jon Sistiaga: “En tu país, por ejemplo, ¿todo el mundo tiene derecho al voto? ¿Pueden presentarse a las elecciones?” Porque en Corea del Norte, por inverosímil que parezca, cada 5 años se celebran elecciones, con la peculiaridad de que las boletas contienen un solo candidato elegible para cada distrito, cuidadosamente seleccionado por el aparto de gobierno. Abstenerse en dichas elecciones es literalmente considerado crimen. Y como el voto no es secreto, los votos en contra de ese solitario candidato, tienen que depositarse en una urna especial: ¿quién se atreve? Hasta aquí la parte pintoresca

En Corea del Norte se encuentra plenamente documentada la existencia (admitida por Pak) de campos de concentración y trabajo forzado, eufemísticamente llamados de reeducación política. Allí van a parar, junto a sus respectivas familias (e incluso vecinos, por faltar al deber ciudadano de denunciar), aquellos que osan emitir una opinión crítica (considerados disidentes), sobre la calidad de la comida, por ejemplo. Son recluidos, además, los que intentan huir del país y resultan capturados. Quienes lo logran (y esto ya lo supe por otro documental del 2010: Corea, el precio de la libertad), tienen por lo general como destino final a Corea del Sur, luego de una larga y peligrosa travesía a través de China, ocasionalmente Mongolia, siempre Tahilandia, pasando por Laos: elíptico trayecto que se debe a la impensable posibilidad de cruzar con vida el paralelo 38, militarizada línea que separa las dos Coreas. Muchos norcoreanos, sin embargo, optan por hacer vida en la igualmente fronteriza China, cuya floreciente economía la ha convertido para ellos en el nuevo “El Dorado”. Se instalan en Yanbian, región bautizada como la tercera Corea, donde la cantidad de refugiados norcoreanos se ha convertido en un problema para el gobierno chino, que ha colocado carteles donde se prohíbe brindar ayuda a los nuevos arribantes, eventualmente devueltos a un incómodo aliado que intuyo debe ser algo así como el díscolo y sanguinario gobierno de Israel para los demócratas de EE.UU.

Del 2007 hasta la fecha la situación en Cora del Norte no parece haber cambiado mucho. Hoy cuentan con otro presidente, Kim Jon Un, que para variar, es hijo de Kim Jon Il y nieto de Kim Il Sun. Alejandro Caos Benós, español que hace las veces de embajador no oficial de Pyonyang ante occidente, concedió en 2013 una entrevista a Rusia Today en la que declara con orgullo la inalterable continuidad de la tradicional política norcoreana.

En 2014, la ONU publicó un voluminoso informe en el que se plantea lo siguiente (la traducción es mía): “las autoridades de DPRK han cometido y han estado cometiendo crímenes contra la humanidad en campos de prisión política, incluyendo exterminio, asesinato, esclavitud, tortura, violación y otras igualmente graves violencias de tipo sexual, así como persecuciones políticas, religiosas y de género” (pág. 323).

Tal vez lo único legítimo que exista en Corea del Norte sean las armas nucleares, un derecho que, siempre que se use como mecanismo de disuasión, creo yo le asiste a cualquier país amenazado por otra potencia nuclear como EE.UU., cuyo arsenal supera con creces el de cualquier otra potencia.

Todas estas cuestiones sobre nuestro distante aliado seguramente son conocidas por el Ministerio de Relaciones Exteriores, razón por la cual el personal diplomático de nuestro país tiene a Corea del Norte en el primer lugar de su lista, entre aquellos a los que nunca quisieran ser enviados, algo que, por supuesto, nunca reconocerán públicamente.

Paradójicamente, un país así se hace llamar democrático (República Popular Democrática de Corea, es su nombre oficial); democrático al igual que la Kampuchea Democrática de Pol Pot y sus jemeres rojos, esa a la que Fidel se refirió en los más duros términos en el libro nacido de sus conversaciones con Ignacio Ramonet.

Me gustaría que, a la par de “esa vergonzante corriente de socialistas arrepentidos con quienes no podemos confundirnos”, mañana podamos también poner como ejemplo negativo a esa Corea cuyo sobrenombre de democrática resulta más vergonzante aún, al menos para todos aquellos que creemos que esta condición se encuentra indisolublemente ligada a la mejor tradición del pensamiento marxista, y por extensión a cualquier sistema sociopolítico que pretenda erigirse sobre la base de él.

Para contactar al autor: rafaelangelsalazarmartinez@gmail.com