Transporte privado: ¿Subvencionar o No Subvencionar?


almendrones-habanaPor: Javier Gómez Sánchez

Una de las cuestiones que sale a relucir cuando se habla de la actual situación del transporte privado en la Capital es el de si el Estado debe subvencionar o no el costo del combustible para los operadores de transporte público.

Teóricamente esto permitiría a los boteros bajar los precios del pasaje o mejor dicho mantenerlos como están, pues la reacción del gobierno no fue obligarlos a una disminución sino evitar un aumento.

Muchas veces se menciona con cierto aire de justicia y así llega a una parte de las personas.

Pero lo que casi nunca se hace es analizar si es justificable una subvención, por cierto en un país cuyo sistema ha sido ampliamente criticado precisamente por el exceso de subvenciones y el efecto que eso tiene en el funcionamiento eficiente de las cosas.

Hay que darse cuenta que ese subsidio, por su carácter, es muy distinto a un mercado mayorista para otras actividades privadas. Las dos ideas no tienen equiparación posible.

Seria por ejemplo que aquel que posea una licencia de operación de transporte privado de pasajeros, en vista a su importante e imprescindible labor y de la incapacidad estatal de un servicio público suficiente, le sea permitido comprar en los CUPET y ORO NEGRO el combustible con una rebaja del 50 %, así en vez de 1 cuc pagaría 50 centavos.

Imaginémoslo. E imaginemos sus consecuencias.

Eso provocaría automáticamente un nuevo espacio para el mercado negro pues cantidades de ese diésel subvencionado no se usarían para transportar pasajeros si no que se revenderían a otros automovilistas.

En caso de estar sin ejercer la licencia, o sea sin circular el taxi, esa compraventa constituiría una fuente de ganancia en sí misma. No dudemos que comiencen a solicitarse ¨licencias¨ con el único propósito de acceder a combustible más barato.

El disfrute de una hipotética subvención implicaría igualmente el cumplimiento de deberes. El subvencionado recibiría para todo el mes petróleo barato, pero nadie puede garantizar ni obligar a nadie a salir a botear, entonces se estarían subvencionando carros que puede que pasen varios días al mes en el garaje o rotos.

Habría que hacerse preguntas que se adentran más en el funcionamiento de ese mundo. ¿Cuánto gana un botero? ¿Cuánto le queda libre cada mes luego del costo del combustible, de pagar impuestos, de las reparaciones, del soborno a los policías?

Aunque la mayoría es reticente a hablar de cifras, por análisis que he podido realizar con grupos de choferes de distintas modalidades de transporte privado y con datos aportados por ellos mismos, el dinero a disfrutar, o sea la ganancia limpia mensual, no baja de 10 000 pesos.

Eso en un país donde el salario de un trabajador es de 400, 600, o en el mejor de los casos 800 o 1000 pesos, que ya se considera un salario ¨bueno¨.

Cuando la canasta de consumo básico de dos personas sin hijos, solo para una correcta alimentación y aseo, ronda los 3000 pesos. O sea un botero gana al mes más de tres veces la canasta básica del país. El más reciente intento de aumento del pasaje demuestra que ya no les es suficiente y aspiran a obtener más.

Hay que percatarse de en cuanto piensa un botero cuando dice lastimero o molesto: La cuenta no da… y cuál es su visión de lo que debe ser la cuenta.

¿Es justo que el Estado saque dinero del presupuesto nacional para subvencionar a un grupo social que ya obtiene al menos 8 veces más que un médico, 14 veces más que un policía y 16 veces más que un maestro?

¿Que el Estado deje de invertir dinero en el sistema de ómnibus públicos para que unos miles de personas sigan ganando más de 3 veces la canasta básica, o puedan ganársela más cómodamente 5, 8 o 10 veces?

¿En un país donde tanto se ha criticado los bajos ingresos de los profesionales universitarios, de los masters, de los doctores, a los que el Estado no puede remunerar adecuadamente por su aporte al desarrollo nacional, vamos entonces a subvencionar para mantener 10 veces por encima a un oficio, digno como todos, pero cuya capacitación solo exige una licencia de conducción?

Pero habría que preguntarse más: ¿A quién estaríamos subvencionando? ¿Al chofer que trabaja duramente 10, 12 o 14 horas en la calle, con el estrés del tránsito, del sol, del desgaste físico y mental de manejar el día entero o estaríamos subvencionando también a los propietarios que esperan cada día su ganancia sin aportar nada a cambio?

¿Tendría el estado que subvencionar esa cadena y el carácter socioeconómico de esa cadena para que no suban los precios o para que bajen? ¿Para que los boteros salgan a botear? ¿Para que no haya pasajeros acumulados en las aceras?

Eso es un chantaje.

Y el mismo gobierno que tantas y tantas veces ha pregonado que no negocia bajo presión, no pude ceder ante algo así ni jugando.

Si en algo tiene que usar el dinero el Estado es en subvencionar el transporte público, que gracias a eso cuesta 0.40 centavos. Usar el presupuesto nacional para comprar ómnibus y mantenerlos. Que es donde se trasladan los cubanos que menos tienen.

A los que usan a los boteros habría que recordarles que es con su bolsillo que ellos sostienen ese sistema y no que están recibiendo favor alguno, sino un servicio pagado.

Es entendible y estamos viendo las consecuencias de que el Período Especial, donde el ciudadano tenía cada vez menos y el Estado lo tenía todo, casi hizo desaparecer de la mente de los cubanos el sentimiento de que el dinero del Estado es dinero nuestro, de uso público y que es para que funcionen las cosas que son de todos.

Las rutas de transporte y los ciudadanos que pagan por moverse en ellas, es una fuente de empleo y riqueza que tienen las ciudades para quien desee trabajarla y no al contrario algo por lo que debe pagar. Es el transporte al servicio del país, no el país al servicio del transporte. Así debe verse.

Esa fuente no debe ser explotada ni bajo el libertinaje, ni ante la inexistencia estatal, ni bajo la oferta y la demanda. Sino bajo la regulación y la ley.

Que beneficie tanto a los que trabajan porque viven de ella como a los que la usen porque la necesitan y ante los dos inclinar la balanza del lado correcto, recordando a Jean Jacques Rousseau: ¨Entre el débil y el poderoso la libertad esclaviza, solo la ley libera¨.

Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com