Cartas y papelitos

papelitosPor: Javier Gómez Sánchez

Una de las experiencias más impactantes que he tenido en mi vida fue la oportunidad de vivir de cerca las elecciones presidenciales en un país latinoamericano. Una nación muy similar a Cuba en lo geográfico y demográfico, pero por supuesto con historias y sistemas políticos muy diferentes.

Especialmente el día en que pude presenciar el paso de una caravana partidista. En un acto típico en Latinoamérica, se cierran las calles y avenidas en determinada zona de la ciudad, se montan tarimas llenas de banderas con enormes bocinas y bailarinas vestidas con los colores del partido de marras. Gente con micrófono vocifera consignas y anima a los seguidores.

Arranca la caravana y lo primero que llama la atención es el lujo de los automóviles, en el más grande va el candidato, con su vicepresidente, en el siguiente su esposa con sus hijos y luego un séquito casi interminable de aspirantes a funcionarios en orden decreciente.

A su paso se agolpa la gente del pueblo, y choca a la vista el contraste entre los ricos que van en los autos y los pobres que corren tras ellos, alargando los brazos, para estrecharle las manos. O al menos pensaba yo que era para eso, para saludar al futuro presidente, pero no. Cuando uno se fija más de cerca se percata de cuál es el objetivo de los que son empujados por los guardias de seguridad de la caravana.

La verdadera intención es pasarle, si logran llegar hasta él, un pedazo de papel. Pequeño, estrujado, casi nunca en un sobre, arrancado de una libreta de rayas muchas veces, escrito con letra infantil, casi a duras penas.

Ahí le piden de todo, cuanta cosa debería proveer un Estado a sus ciudadanos y no ocurre: un medicamento para sus hijos, una operación para poder caminar, un tratamiento contra el cáncer, una beca para estudiar, un trabajo, una vivienda que no se inunde, una silla de ruedas gratis, una prótesis, un marcapasos, una vista recuperada.

El candidato va pasando los papelitos a un ayudante que va detrás, especialmente para eso.

Y la gente se va con la mínima esperanza de que al menos logró darle el papelito.

Una vez que es presidente, o al que lo era mientras, o al anterior y al próximo, y al anterior del anterior y al próximo del próximo le seguían y le siguen dando papelitos.

En Cuba nadie entrega papelitos.

Cuando la gente se acercaba a Fidel o se acerca a Raúl es para simplemente darle la mano, un beso o quedarse mirándolo.

¿Cuantos brazos vimos estirados, los que rozamos los 30 años, tratando de darles un papelito? Ninguno.

Eso no significa que en la historia de Cuba no existieron épocas en que la gente daba papelitos a los políticos, a los presidentes, a los alcaldes, a los concejales. Esa costumbre se arraigaba en la República, donde al igual que en sus hermanas, el político, tan amable, tan en contacto con el pueblo, con las masas, tomaba sonriente los papelitos.

Todavía al principio de la Revolución, en el 59, en los tempranos 60, el pueblo mantenía la costumbre de pasar papelitos a los dirigentes de la Revolución. Ahí están las fotos de Camilo Cienfuegos o del propio Fidel Castro, con los bolsillos de las camisas verde olivo llenas de peticiones.

¿Y después que pasó? ¿Acaso dejó la gente detener problemas o de necesitar ayuda?

No, pero se crearon mecanismos para recibir todas esas solicitudes. Con instituciones para atenderlas, a veces con insuficiencia, porque no hay forma humana de hacer el milagro de los panes y los peces.

La Constitución de 1940 ya mencionaba este derecho pero era muy difícil que en un país con altos índices de analfabetismo y poca escolaridad un derecho como ese pudiera ser ejercido en toda su magnitud.

La gente más necesitada aprendió a escribir y escribieron. No en un papelito estrujado, no en una hoja de libreta sino en una carta, con un sobre, con remitente y destinatario, con cargo, sello de timbre y por correo. Y por si fuera poco con copia de recibido.

Y por supuesto no sobre las mismas cosas que antes se mencionaban, porque esas se consideraron elementales y fueron en lo posible nacionalmente satisfechas. También para emitir todo tipo de quejas, sobre instituciones, funcionarios, y empresas estatales.

La Constitución vigente de 1975, ya en un nuevo contexto social, señala en su artículo 63: ¨Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuestas pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley¨

En Cuba cualquiera dice: ¨Voy a escribir al Municipio, y si no me resuelven, me quejo a la Provincia, y si no me atienden, voy al Ministerio, (y de paso a un par de periódicos) y si no me hacen caso, le escribo a Raúl¨

No digo que no exista ante determinadas circunstancias una posible percepción de no solución, e incluso de cierto desamparo o inacción institucional, pero en Cuba es muy diferente a la magnitud en que eso se vive en Latinoamérica, donde esa sensación de desamparo para quienes la conocen, es aplastante.

Si bien es cierto que se debe crear una mejor comunicación pública y de imagen institucional de la Presidencia (en nuestro caso el Consejo de Estado) y demás órganos ministeriales, existe una abismal diferencia entre el ejercicio de la ciudadanía que se hace con un papelito que el que se practica en las condiciones que se conciben en Cuba.

Habría que recordar la imagen Hugo Chávez recibiendo papelitos en la Venezuela del 2000 o de Rafael Correa, o Cristina Kirchner.

Aun cuando los detractores furibundos de su nación y el efecto trasformador de la Revolución Cubana, no quieran o no puedan verlo. Solo ven las manchas en el sol.

O los que apremiados por el día a día y sus dificultades no vemos esas cosas que están ahí, mejorables es cierto, pero que no están por obra y gracia, sino porque se crearon. Los cubanos que aspiran de una Cuba mejor y viven hoy en esta Cuba de las cartas y no en aquella de los papelitos.

Para contactar al autor: javiergosanchez09@gmail.com

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