Crónicas de la emigración: Danza con tiburones

danzas con tiburonesPor: Yunielis Moliner Isasi

A veces siente el agua subiendo por sus piernas. En otras ocasiones le magullan las rodillas y el dolor se hace insoportable hasta gritar despierto.

La cara se le congestiona, una expresión de horror asalta sus facciones. Jamás esgrime una lágrima delante de nadie, pero llora como un niño en el baño.

Shirley, su esposa, insiste en que vea a un psicólogo.

¡Cómo se ve que no nació en Cuba! exclama Yoan. Ahí nadie está en esa bobería. Si total, el doctor esta tan loco de problemas como los pacientes.

A diario se repite lo mismo, la paranoia de su mujer comienza a cansarlo.

Al principio ella pensó que era algo pasajero, pero quince años de matrimonio la vuelve una experta en las anomalías.

Su esposo nunca quiso llevar a Anthony a la playa, ni mucho menos compartir esa función paternal tan delicada como enseñarle a nadar.

Sin contar las excusas del viaje a la Isla. No es justo para los niños, ellos deben conocer sobre su tierra, sus ancestros y pensar como quieran sin que nadie les implante las ideas.

No fue un tío del norte quien reclamó a Yoan. Esa mentira piadosa se la vendió al subconsciente de Shirley.

Él era joven y cuando se es joven no se tiene miedo. Se embulló con los muchachos del barrio y comenzó a recolectar cámaras de carro.

En silencio, no quería que los vecinos supieran nada y menos su vieja.

Salieron de noche en una barca improvisada, todos amarrados por cuerdas. Noventa millas no son nada, siempre fue pésimo en Geografía.

La alegría los motivo buena parte del camino, pero cuando no se veía nada en el horizonte, dos se arrepintieron y la tormenta hizo lo demás.

Solo quedó Yoan y los tiburones. La esperanza se desvaneció, imploraba a los santos y a Dios.

Pero los jodidos tiburones seguían incansables como si fuera la única presa en la infinitud marina.

No tenía motivos políticos para irse, y realmente en la cuadra aparecía un trabajito de albañil, de cuando en vez, que convoyaba con la electricidad.

Los aires norteños lo cegaron y el slogan de un happy end lo puso a merced del peligro.

¡Malditos yanquis! musitaba mientras el ardor en los labios y las quemaduras de tercer grado empezaban a doler.

Sus brazos estaban débiles y le inquietaba la sensación constante de sed cuando paradójicamente lo rodeaba el agua.

Se amarró una cuerda en la cintura y se encomendó al más allá o al estómago de un depredador.

Por suerte lo recogieron los guardacostas norteamericanos y sus compatriotas lo recibieron como a un héroe.

Sentía asco por ser un diluyente político, lloraba por los demás, esos que no volvieron a ninguna de las dos costas.

Al final, Shirley lo obligó a viajar. Lo invade una alegría indescriptible. Su familia y los amigos lo esperan tras casi dos décadas.

Sin embargo, cerró los ojos desde que montó el avión, evita mirar el mar. Siente, en lo más profundo, que su danza con los tiburones no terminó.