Crónicas de la emigración: cicatrices del alma


scarsPor: Yunielis Moliner Isasi

Annia aprieta el pasaje entre las manos. El bullicio y las caras nostálgicas la hipnotizan. Espera pacientemente su turno, lo importante es no levantar sospechas, parecer lo más natural posible. Aunque, su rostro desmaquillado asoma una palidez petrificante y el susto se le refleja en la mejilla. No es el temor casual de un simple vuelo, los miedos se le amontonan.

No hay ningún conocido a la vista. Camina despacio hacia el avión, esta relativamente feliz. Recuerda una película y gira lentamente como para capturar las últimas imágenes, no sabe si volverá. Nadie la despide, nadie sabe nada. Annia se fue de Cuba por las vías legales. Con un pasaporte en la mano como si fuera un boleto al paraíso. Necesitaba cambiar de vida a la misma velocidad de un flash. Tuvo muchas alternativas, prefirió el camino más fácil.

Primero intento irse por Varadero, pero la bajaron del avión. Recogió las maletas como quien recoge sus penas y al tercer día se marchó por el Aeropuerto Internacional José Martí. Para los vecinos no era extraña la partida de Annia, sino el cómo pudo salir.

Su rubiantez atrevida caldeaba los ánimos. Una sonrisa arrolladora hacía juego con su ropa que enseñaba todo y a la vez no mostraba nada. Quizás, ese era su problema, demasiado sensual, muy provocativa. Y comprendió con avidez cuánto se puede ganar vendiendo el cuerpo. Para ella era demasiado duro vestir cómo las demás o comer aquella comida que solamente el estómago cubano, en pleno Periodo Especial, podía digerir.

Quería ser reina, prostituirse no iba ser para siempre. Pocos hombres realmente la conocieron, a pesar de las derrotas podía salir a la calle, falsear una sonrisa e impostar una actuación. ¡Esta muchacha es la perdición! gritaba su abuela. Hasta que un día se casó con un alemán. Jamás su barrio vivió unos festejos tan emocionantes. Pero Karl, llamémosle así, nunca regresó. Y cuando el cansancio y el asco se hacían visibles conoció a John. A ese no le importaba su pasado, solo Annia. Y miren si el destino es del carajo… días después estaba en la prisión.

Por eso siempre va ser extraño el viaje por vía legal de una mujer que cumplía libertad condicional. Hoy, Annia, mira su rostro en el espejo. La sonrisa juguetona se mantiene, pero más disimulada. Su vientre es liso como una quinceañera. Nunca pudo tener hijos. Los incontables abortos perforaron sus trompas y el corazón. Aún sus caderas detienen vehículos. El clima frío norteño no estropea como el calor.

Regresa a Cuba como una reina, la salvadora de un hogar. Ya no es más “sabrosura” ni “cosa rica” es una lady. Tantos años fuera de esta tierra le hacen temblar y cuando quiere romper en llantos, respira profundo, tiene que volver a falsear una sonrisa. Si el pasado se pudiera cambiar…igual Annia se iría. Sin embargo, el tiempo dejó sus huellas, al menos las externas, las cicatrices del alma no se ven.