Crónicas de la emigración: del otro lado del mar


Por: Yunielis Moliner Isasi

¡Ese es Albertico, el nieto de Ofelia! Mira qué bonito es, bueno, la verdad que desde chiquito era así.

Alberto jamás se esperó ese recibimiento, un montón de caras arrugadas pretendiendo familiaridad.

Salió de esta “Isla maldita”, como gustaba musitar su padre, con apenas tres años. Analiza que a esa edad es difícil decidir, pero también extrañar, aferrarse a algo propio.

Regresó, es cierto, pero ya no reconoce adonde vuelve. Su mente le juega una mala pasada y el mapa se desvanece para recomponerse en olores.

Una casa común lo espera, a primera vista demasiado simple. Tras la puerta un jolgorio de cuadros, su primera bicicleta, una foto navideña, una instantánea de su team beisbolero y hasta de él en su graduación.

Parece que 90 millas y años de política se fragmentan en esa pared.

Una lágrima asoma y escucha, por primera vez en tantos años, a su abuela cantándole una canción.

Se siente espectador de su propia película y observa a un chiquillo deambular por los pasillos, jugar con las lagartijas, embarrarse de mermelada.

¡Cómo le hubiera gustado “mataperriar” y hasta robar los mangos del vecino! Quizás, maldecir en medio de un apagón y enamorar en la esquina a una muchachita.

Comprende la facilidad de destapar un baúl de recuerdos y respira hondo para no aguarse por lo que fue y no es.

Ahora entiende porque la abuela nunca viajó y es benevolente con la actitud recia de sus padres de no volver.

Sin embargo, desde pequeño lo persigue la triste idea de estar en tierra de todos y de nadie. Su vida impostora nunca se acomodó a los moldes norteños, tampoco cree que lo hará aquí.

Regresó para cumplir una promesa y visitar la tumba de Ofelia. Sin suponer que un zarpazo de nostalgia y cubanía lo desnudaría.

Sonríe ante las caras extrañas, pretende conocer a los vecinos, responde a las preguntas y se sienta en la acera a fumarse un cigarro como si fuera una acción habitual.

Hoy, Alberto, del otro lado del mar se sumerge en los pensamientos, en este sitio tiene una historia, pero en Cuba siempre lo espera un hogar.