Los cambios actuales en Cuba, ¿tienen una base democrática?

cuba_changesPor: Luis Emilio Aybar Toledo

En los meses anteriores al 7mo Congreso del Partido diversas voces reclamaron la realización de un proceso de discusión similar al que tuvo lugar en el 2011. El periódico Granma como es habitual no le dio cobertura noticiosa a este debate y solo lo mencionó en el editorial del 28 de marzo de 2016. Ahí se planteaba que no era necesario realizar un nuevo proceso de participación a escala de toda la sociedad, sino “continuar la ejecución de la voluntad popular expresada hace 5 años”.

A pesar de la discrepancia con respecto a la organización metodológica del 7mo Congreso ambas posturas compartían una mirada positiva sobre la discusión de los Lineamientos de la Política económica y social del Partido.

¿Cuán democrático fue realmente este proceso? La pregunta atiende al carácter mismo de las reformas que se han venido desarrollando desde entonces, las cuales fueron acordadas en aquel Congreso.

En primer lugar, es necesario decir que ningún proceso de participación puede valorarse al margen del contexto social en el que ocurre. El pueblo que llega a discutir los Lineamientos en el 2011 es un pueblo habituado a un modelo de participación rutinaria y pasiva, donde existe una amplia franja que ha dejado de involucrarse activamente en el pensamiento y acción sobre los problemas del país. Voy a utilizar como ejemplo mi propia experiencia personal en aquella coyuntura.

Cursaba el tercer año de Sociología en la Universidad de La Habana cuando tuvo lugar en mi aula la discusión de los Lineamientos. Al finalizar la lectura de la Introducción del documento solicité la palabra y manifesté mi desacuerdo general con la propuesta, a lo que siguió un profundo silencio. Me decidí entonces a utilizar las adiciones de lineamientos como oportunidades para argumentar más extensamente mi punto de vista, pero la profesora dirigente del Partido en la facultad que conducía la sesión me interrumpía: se trata solo de leer la propuesta de modificación y argumentarla brevemente.

Cuando se sometió a votación el 1er capítulo algunos compañeros se miraron unos a otros pero todos levantaron la mano. Fui el único que votó en contra, y mantuve este voto hasta el final. Lo interesante es que en la medida que iban avanzando los capítulos se iban sumando más personas al voto negativo, creo que no tanto por estar en desacuerdo con este o aquel capítulo como por descubrir la posibilidad de disentir.

La anécdota es expresiva de otra limitación del contexto: no se permite la difusión a nivel masivo de visiones contrapuestas a la política gubernamental, aun cuando se basen en principios socialistas.

Desde el 2006 se venía elaborando y difundiendo una sola propuesta de país que apareció ante nosotros bajo la forma de 291 lineamientos. El momento democrático consistía en modificar, adicionar o eliminar lineamientos que expresaban una visión que no construimos. Cierto que en el 2007 se convocó a un debate nacional, pero no tuvimos control sobre cuáles de estos planteamientos fueron incorporados a los Lineamientos. También podíamos no aprobar el documento, pero ¿dónde estaban las otras propuestas?

Diversos estudios comunicológicos han demostrado que existe una cierta correspondencia entre la imagen de la realidad que proponen los medios y las visiones predominantes en la sociedad. En otras palabras, quien hace las preguntas condiciona las respuestas, quien marca la agenda organiza las opiniones, quien hace las propuestas predispone las decisiones.

Los más activos no entraron en contacto con otras posibilidades y el resto quería llegar temprano a casa. Por otro lado, algunas de las medidas que afectaban la naturaleza del modelo (cuentapropismo, ajuste de plantillas) ya estaban tomadas, y la prensa nacional venía anunciando las restantes, de manera que la consulta era algo así como: “monta que te quedas”.

Mi intervención rompía con la organización metodológica del espacio porque entraba a cuestionar las concepciones que estaban detrás de la cadena de lineamientos.

El modelo actual se basa en la propiedad estatal como garantía del socialismo; sostiene que el principal problema de Cuba es económico; enfoca los mecanismos capitalistas como parte consustancial del modelo y deja intactas las estructuras que monopolizan las decisiones en los diferentes espacios sociales.

Mi propuesta busca estimular la apropiación efectiva de los medios de producción por el control popular de las decisiones económicas; sostiene que el problema de Cuba es político y cultural y se expresa en múltiples espacios, incluido el económico; enfoca los mecanismos capitalistas como un mal coyuntural por las insuficiencias de nuestra construcción; y promueve la transformación radical de las estructuras que monopolizan las decisiones.

Existen múltiples voces que sostienen argumentos similares, muchas de las cuales han jugado un papel cardinal en mi formación. Luego, ¿cómo lograr que entren en contacto con ellas los más amplios sectores, más allá del reducido círculo de lectores de La Joven Cuba, la revista Temas, la editorial Ciencias Sociales?

Con el monopolio de la esfera pública el Partido ha raptado el consenso nacional. Toda visión contrapuesta al programa de gobierno está condenada a ser minoría, y su condición de minoría sirve después para no difundirla, con el argumento de que no es expresiva del consenso social.

Por este camino solo se consigue reforzar la creciente legitimidad de la democracia capitalista, que ha desarrollado una enorme capacidad para generar la ilusión de que se discute algo.

Muy distinto sería el resultado si el pueblo pudiera contrastar las propuestas de algunas de estas minorías; si por ejemplo la Mesa Redonda hubiera invitado a exponer sus posiciones a quienes reclamaban el debate popular de los documentos del Congreso.

El problema sin embargo va más allá de la posibilidad de discutir los documentos entre las cuatro paredes de un centro laboral. De poco vale haber conquistado esa posibilidad si la definición es controlada por un funcionario de más arriba. Ello puede ser suficiente para quienes comparten el planteo de las reformas y proponen cambiar este o aquel aspecto, pero ¿y los que expresan una visión que cambiaría todo el documento? Como dijo Rosa Luxemburgo, la libertad es siempre libertad para los que piensan diferente, y pasa por la capacidad de argumentar públicamente sus puntos de vista en los momentos anteriores y posteriores a la toma de decisiones.

Creo que las demandas no deben centrarse en reeditar las consultas anteriores, sino en señalar las deficiencias de nuestro modelo institucional y promover un proceso de participación integral.

A mi entender, un proceso de esta naturaleza debe incorporar los siguientes pasos:

1. Disponer de una primera etapa de discusión de diferentes propuestas provenientes de las bases del Partido, las organizaciones de masas y otros actores de la sociedad civil, con amplia difusión de sus contenidos por parte de los medios de comunicación.

2. Encargar a un equipo integrado por representantes de los diferentes espacios la redacción de un documento con los principales consensos.

3. Discusión popular de este documento hasta alcanzar una versión definitiva.

4. Control popular en la fase de implementación.

5. Posibilidad en todo momento de que actores no satisfechos con el pacto alcanzado accedan a difundir sus puntos de vista.

Con la consulta popular evitamos que se eliminara la libreta de abastecimiento, atenuamos el proceso de disponibilidad laboral, y recordamos la importancia a las Ciencias Sociales, pero estos logros son insuficientes para una democracia socialista, y siempre van a depender de la bondad de los decisores.

Es necesario que el pueblo organizado tenga poder directo e iniciativa política para enfrentar el futuro.

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