Los culpables

culpablePor: René Fidel González García

(A Pilar, porque Gaudí desafía la línea recta)

Lo que más le gustó a Martica de la visita de Obama a Cuba fue ver a jóvenes de su edad manifestándose en Argentina contra la visita del mandatario estadounidense. Eso, y que Walter Martínez, ríspido, dejase ver en Dossier, la extensa huida verbal realizada por el ilustre visitante en ese país ante una pregunta de un periodista local. Me lo dijo hace unos días con ironía y quién sabe con cuánta amargura. Es casi imposible saberlo.

Me asalta hoy, con su aire de muchacha siempre despeinada, sonriente y me dice: viste, papá escribió. En su jerga, papá es Fidel Castro. Por la tarde, otra muchacha, Pilar, igual de despeinada y sonriente, pero desde muy lejos, interrumpe una clase de Sociología de la Democracia que comparto con mis estudiantes con una ristra de mensajes que llegan escandalosos a mi teléfono, luego llama. Les pido permiso a ellos. Me lo dan. Le explico que estoy frente a los muchachos y las muchachas, me dice que les salude, pero que acaba de leer lo que escribió papá, que ya era hora. En los mensajes dice más. Pilar no es cubana, comparte con Martica un código de la jerga de aquella. Ella, aunque quizá sin saberlo, acaso sea una extranjera en su propio país.

En Cuba históricamente, la Revolución ha tenido siempre sus puntos de repliegue, sus bastiones. Hija de una racionalidad del cambio y la política, ha sido siempre ética. Muy pocas veces reparamos en esos bastiones.  Yo que nací en ésta, siendo un adolescente, alguna vez le hice una pregunta a mi padre ¿quién hace los editoriales del periódico Granma?  No me supo responder. Compartió conmigo su sospecha de que una persona habría cuidado su estilo siempre. Acaso nunca lo sabremos, me confesaría.

Después, mucho antes de matricular en la Escuela de Derecho de la Universidad de Oriente, descubrí que aquellas declaraciones publicadas en nuestra prensa aparecían a veces firmadas por El Gobierno de la República de Cuba, otras, por El Gobierno Revolucionario. No puedo precisar ahora cuando fue que empecé a creer que la Revolución cubana sostenía una relación conflictiva con su propio Estado, y que la ficción de El Gobierno Revolucionario, no era una coartada gramatical para sus errores, sino una clave que definía lo que era ser revolucionario dentro del Estado de una Revolución.

Sería muchos años después, cuando mi propio hijo me preguntó ¿por qué casi nadie piensa como tú? , en que recordé a mi padre prohibirnos,  a los niños que aún éramos mis hermanos y yo en los inicios de los 80, asistir a los actos de repudio que en muchos barrios se hacían a las personas que abandonaban el país. Eso no es decente, dijo, y remató la frase, ininteligible para nosotros, con una mirada a mamá.

Papá era comunista en aquella época en que los militantes eran aún dentro de la lógica de la vanguardia muy pocos. Sigue siéndolo. Meses después de aquella advertencia paterna llegaría una carta del vecino que había sido despedido por aquel procedimiento en nuestro barrio. Se llamaba Rigoberto  y  su nombre se me quedó en la memoria, quizás porque en el sobre junto a la carta venía una hoja con una bandera cubana pintada con los brillantes colores de los plumones que no se conocían aquí, quizás porque escribió a la familia del comunista que no asistió a su repudiación y recibió y leyó la carta con asombro, quizás porque mi generación es memoriosa sin rabia, sin odio, pero memoriosa. 

Lo que Martica no sabe es que hace muy poco un articulista cubano trató de ultra revolucionarios a los que sintieron ganas de salir a las calles a protestar por la visita de Obama a Cuba y los amonestó con una larga cita de una alocución de Fidel Castro apropósito de los preparativos del recibimiento de Juan Pablo II. Lo que Pilar descubre, en lo que ve y aprende por sí misma, es que la Revolución cubana está viva cuando alguien dice lo que piensa.

Yo no sé si los que intentan establecer entre nosotros  lo políticamente correcto se percatarán de la relación existente entre la alegría de Martica y la contundencia y el significado del ejercicio de ironía política de un anciano revolucionario. Tampoco si perciben las muchas maneras en que se esteriliza una Revolución cuando se intenta establecer  un lugar, una forma y un momento adecuado para  pensar y decir lo que se piensa, sin darse cuenta que ese lugar, esa forma y momento conquistado, es esencialmente la posibilidad de ser revolucionario sin tener que pedir permiso.

Fidel reivindica ahora esa condición desafiante de un revolucionario dentro del Estado de una Revolución.  Una vez más. ¿Por cuánto tiempo más? ¿ cómo saberlo? No importa. Creo que ni siquiera a él le importe mucho, por lo menos en términos de vanidad personal. Hay tantas cosas que no sé.

Lo que sí sé es que en Cuba, por lo menos mientras la Revolución sea, los revolucionarios no serán culpados sin motivo, o ya no serán tales.

    

      

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