El debate sobre los salarios y la inserción internacional de Cuba (Tercera parte)


Por: Guillermo L. Andrés Alpízar

Estimados Roberto y Harold:

No caben dudas que su trabajo “¿Regalar profesionales bien formados?” por la amplitud de su contenido estimularía un análisis más amplio sobre los temas de la inserción internacional de Cuba y la política salarial. No obstante, con esta tercera contribución culmino los comentarios por ahora.

De la publicación anterior había quedado pendiente abordar la política salarial cuando el que contrata es una empresa extranjera, a lo cual nos dedicaremos a continuación, aunque valga la pena aclarar que la solución de la problemática salarial en Cuba pasa por atender el tema de la relación con el capital extranjero, pero no se restringe a ella.

Como ustedes plantean, en este último tema la lógica aplicada hasta el momento es la de una entidad intermediaria que suministre la mano de obra al inversor foráneo y negocie los salarios a cobrar a la contraparte extranjera. El monto de salario recaudado por este intermediario se ha ubicado tradicionalmente al nivel más alto posible, para lo cual se toman como referencia varios aspectos, entre los cuales se incluye el salario medio nacional, así como salarios internacionales, principalmente los de nuestra región.

Dichos mecanismos fueron refrendados con la aprobación de la nueva Ley de Inversión Extranjera. Por ejemplo, una de las resoluciones complementarias a la Ley determina que la empresa intermediaria puede apropiarse “hasta el 20%” de lo acordado en términos de remuneración al personal contratado. Además de los gastos de operación que se deben cubrir, se reconoce la posibilidad de obtención de un margen de utilidad.

Es evidente que bajo este principio, dicha empresa tiene incentivos para maximizar el nivel de salario a ser cobrado al inversor extranjero, lo cual eleva el “techo” de sus beneficios. En esos términos, obtener mayores ingresos por parte de la entidad intermediaria implica una disminución de la competitividad internacional de la mano de obra empleada.

El diferencial entre lo cobrado al inversionista y los pagos que finalmente reciben los empleados, continúan permitiendo que el Estado se apropie de una parte significativa de la remuneración, reafirmando el modelo donde priman las formas indirectas de redistribución de la riqueza creada en el territorio nacional.

No obstante, el asunto se complejiza a partir del ciclo que se produce por un salario que está establecido en pesos cubanos convertibles, se paga al trabajador en pesos cubanos (CUP) y finalmente termina adquiriendo bienes y servicios en CUC, proceso que resulta mediado por las diversas tasas de cambio vigentes en la economía. En esa metamorfosis se aplica lo que el colega Pavel Vidal llama un “impuesto cambiario” que reduce el salario real y termina incentivando la utilización de otras vías de remuneración en CUC por parte de los inversionistas extranjeros.

Los elementos expuestos han propiciado un debate en torno a las formas concretas en las que se realiza la distribución del ingreso. Como práctica, la intermediación ha demostrado que resulta extremadamente molesta para los propios trabajadores, y en ocasiones perjudicial en la relación con los empresarios extranjeros. ¿Cuánto nos constaría ensayar otro método?

En todo caso, el debate esencial se mantiene en qué parte de la riqueza creada termina en el bolsillo del individuo, contribuyendo al consumo personal, y cuál será recaudada para beneficio social, lo cual se perfila como un tema sin solución por el momento.

Por otra parte, como ya había planteado en el trabajo anterior, los salarios bajos de las economías subdesarrolladas siempre han representado un atractivo para la inversión extranjera, y nuestro caso no es la excepción. En las actuales circunstancias, Cuba puede ofrecer en cantidad considerable fuerza de trabajo calificada a precios bajos, lo cual le da un sentido especial a nuestra “oferta”. ¿Es posible aprovechar eso? Claro que sí, pero siguiendo la estrategia correcta.

En economía, suele decirse que el salario es el precio del trabajo, o el precio de la fuerza de trabajo, según la escuela de pensamiento que se trate. Aquí eso no va a ser relevante. Lo que sí va a ser relevante es el monto de ese precio que se fijará para ser cobrado a las empresas extranjeras que quieran contratar a nuestros trabajadores, en especial la mano de obra calificada.

Si como referencia se fija a los mismos niveles que otros países, por ejemplo, a los niveles de Costa Rica, nada impide que las nuevas industrias, maquiladoras o no, se vayan para Costa Rica. Se trata entonces de encontrar ese balance, donde se pueda ser competitivo frente a los países del área –en especial los que han firmado Tratados de Libre Comercio con los emisores de inversión extranjera-, y a la vez se mejore el nivel salarial de los trabajadores cubanos involucrados.

Sé que para algunos es difícil aceptar la idea de no maximizar el salario desde un primer momento, tal como se hace en los contratos para el suministro de fuerza de trabajo, pero lo que parece bueno en el corto plazo, no significa que lo siga siendo en el largo plazo.

Aunque no se puedan hacer demasiadas comparaciones, la experiencia en algunos casos exitosos de Asia demuestra que si bien se puede iniciar con bajos salarios relativos, establecer relaciones de interdependencia con las firmas extranjeras puede llevar a un incremento sostenido del salario real a lo largo del tiempo, y a la adquisición de capacidades productivas nacionales.

Esto, no obstante, no es un proceso automático en tanto requiere de una activa intervención del Estado con la aplicación de políticas industriales orientadas hacia el desarrollo económico. No adoptar esas políticas, equivale a que predominen los intereses del capital transnacional sobre el de la economía receptora, lo que a todas luces se debe evitar.

En síntesis, desde esta perspectiva el tratamiento salarial hacia los trabajadores cubanos frente al capital extranjero, implicaría la consecución de una rápida mejoría –aunque relativamente pequeña- en un breve período de tiempo, pero sustancialmente incrementada hacia el futuro.

Amigos, en estos breves comentarios de ninguna manera fue agotado el temario de aspectos sobre el que nos hicieron reflexionar. Al respecto queda mucho por debatir, como por ejemplo el hecho de que la empresa intermediaria, al ejercer una actividad “defensora” del nivel salarial, asume funciones que tradicionalmente corresponderían al sindicato. ¿Deben los sindicatos desempeñar un papel más activo en la determinación del salario de las empresas con inversión foránea? Les dejo por aquí la pregunta.

Asimismo, otros temas interesantes para profundizar pueden ser la distribución territorial de las inversiones y sus impactos sobre la desigualdad; la inserción de los trabajadores por cuenta propia como inversionistas, la generación de una infraestructura adecuada para las nacientes empresas –incluidas las telecomunicaciones-, las garantías jurídicas a la presencia del capital extranjero o del papel que debe desempeñar la política monetaria y cambiaria.

¿Regalar nuestros profesionales? Jamás. Comparto el principio inquebrantable que ustedes enarbolan. Pero aplicar las políticas adecuadas para aprovechar nuestras fortalezas, utilizando nuevos enfoques, siempre resultará la mejor opción.

Con afecto,

Guillermo