Un saco de azúcar con derechos humanos

Foto: Alpha 2008 (Flickr)

cuba_amanecerPor: Ariel Montenegro

Hoy se va. Cuelga los guantes que nunca se puso, pero con los que durante años miró de reojo sin saber si entrar o no al cuadrilátero enrejado que es intentar labrarse un futuro en Cuba.

Habían crecido pequeños dolores entre nosotros, juicios. Los dolores no son más que lejanías y por eso habíamos dejado de vernos. Supongo que es como si ya hace tiempo no estuviera.

Lo bueno es que cuando regrese, será como si nunca se hubiera ido.

Ahí va otra de las buenas. Brillante, aguda, apasionada. Con unos espejuelos que eran como las ventanillas de los aviones (del otro lado, infinito). Para mí nunca ha estado buena, pero lo está.

Para mí, es la confirmación de un vacío que ya tenía. La inevitabilidad de un hueco que nunca me preocupé en llenar porque de todas maneras, ya habría tiempo.

Para otros, será otra joven que no presta su vientre al crecimiento poblacional, que no presta sus brazos y su cerebro al crecimiento económico. Para alguien será una que prefiere irse y vivir mejor que quedarse y luchar por su país.

¡Tanto que se ha gastado el país en ti…! Le dirá alguien. Y engrosará la enorme lista de gente que se va cada año entre los gritos de buena suerte y los enjuiciamientos entre dientes de traidora (al menos, y gracias al tiempo, ha cambiado el orden de los factores).

Y tal vez haya cada vez menos gente que le vean mal que migre, pero sigue habiendo muchos que no lo ven bien. ¿Qué va a pasar con este país si los jóvenes profesionales se siguen largando?

Desde cierto punto de vista, llevan razón. Cuba depende, ya se sabe, de la exportación de servicios, de gente como ella. Muchos se van: llegan a Venezuela y terminan en Estados Unidos, se montan en una balsa y terminan en un McDonald’s, se buscan una beca y terminan con un contrato, se van a ver a su madre y terminan con marido.

A algunos no les importan esas historias. Les importa el magro crecimiento del PIB y hablan de mi amiga como si fuera un bien de exportación.

Es la otra cara de nuestra moneda. Si bien la otra cara del dólar son las universidades inaccesibles para los desposeídos y los hospitales en los que te mueres sin seguro, la del CUC es que lo único que se ha producido en pos del bien común, el bien superior, y el bienestar humano es gente preparada. No alimentos ni tecnologías de alto valor agregado, sino gente.

Y yo entiendo a veces. Si el petróleo venezolano, o el acero chino, o los teléfonos coreanos se montaran solos en los barcos y se fueran a Estados Unidos o Europa la economía de esos países se tambaleara.

Pero mi amiga no es un saco de azúcar (que dejó de producirse porque no daba negocio). La economía cubana tiene un problema ético que se convierte en riesgo impredecible: su principal producto de exportación tiene conciencia propia, libre albedrío y derechos; y ya se sabe que la gente suele tirar más de esas cosas que de la conciencia colectiva, las normas y los deberes.

Incluso si mi amiga entiende la situación, lo que algunos ven fríamente como sus años laboralmente activos para producir, ella lo ve como su juventud para vivir.

Yo la voy a extrañar. Muchísimo. Voy a extrañar su abrazo lleno de costillas y su parpadear nervioso cuando discute de política. Me quedo echándola de menos, viendo cómo se van otros e intentando salir adelante en un país cuya pequeña economía solo debe crecer un dos por ciento en 2016.

Tomado de: Western Congrí