Ironía de la ironía irónica


Lo que son capaces de entender los estudiantes universitarios cubanos

estudiantes_cubaPor: Dr.C. René Fidel González García

¨Seré muy claro. Los que suponen que estamos mercantilizando la educación están siendo, por así decirlo, otra vez, muy ingenuos. Nos ocupamos en primer lugar de las creencias e ideas. Carlos Marx, y nunca ciertamente algunos de sus mediocres discípulos, lo hubiese comprendido de inmediato. Nos ocupamos de las ideas y creencias porque estas deben evolucionar para satisfacer las necesidades de las clases dominantes. No hacerlo, es el primer paso al abismo. Nuestro cometido es, y se los digo con absoluta franqueza, moldear conscientemente la ideología para que nuestras ideas continúen siendo las creencias dominantes de nuestra época, si es que queremos seguir disfrutando del capitalismo en el siglo XXI.

Por eso es tan urgente ocupamos de la educación. A los que piensan que hemos sido exitosos hasta hoy en su manejo, les podemos afirmar que hemos estado enfermos de éxito. Cuando miramos al pasado, y recordamos como en el siglo XVIII logramos organizar las universidades, los institutos y centros de investigaciones como espacios donde legiones de privilegiados pensadores, escritores y profesores, seducidos con generosos estipendios, salarios y espacios de socialización, preparaban exclusivamente a nuestra élite, no podemos menos que sentirnos nostálgicos.

Por desgracia, haber decretado accesible, obligatoria y gratuita la educación primaria, tan solo para inculcar nuestros valores al resto, seleccionarles y prepararles en nuestro provecho, y darles los recursos espirituales para poder soportar estoicamente una vida entera como obreros asalariados, acabó por jugarnos una mala pasada. El demos, contradictoriamente, concluyó que nuestras ideas sobre igualdad, libertad, y búsqueda de la felicidad, eran también para ellos.

Debemos reconocer, y ese es el problema de las ideas, sean buenas, o malas, como en este caso, que ellas, las ideas, son difíciles de erradicar. Pero cuando vinimos a darnos cuenta, lidiábamos además con grandes revueltas en África, América del Sur, y Asia, y teníamos que vérnoslas con un grupo de individuos particularmente críticos, comprometidos y capaces. Uno de ellos, iconográficamente una auténtica pesadilla hasta hoy, llegaría a hablar de un hombre nuevo. Tenía razón, pero se trataba de nuestro hombre nuevo, no del suyo.

Uno de nuestros gurúes, el Profesor Milton Freeman, nos diría más de una vez: hay que repetir una idea por más inadmisible que parezca políticamente, si la sostenemos durante suficiente tiempo, acabará siendo políticamente inevitable. Ilusamente, Domingo Sarmiento había afirmado un siglo atrás que las ideas no se mataban, nosotros demostramos que si se podía, por lo menos durante el tiempo necesario. En tierras de influencia del krausismo, de la Escuela Libre, y de expansión de la perversa Reforma Universitaria de Córdoba, barrimos ¨a sangre y fuego¨, con tres generaciones completas de intelectuales latinoamericanos en menos de 30 años, tan sólo para ensayar, por primera vez, cómo desarmar la sociedad y convertir sus partes en piezas del mercado global a que aspirábamos. Hoy, como en aquel entonces, se trata de ser racionales. No podemos estar orgullosos de todo lo que hicimos para lograrlo, pero si satisfechos. Los Chicago boy lo sabían: en las universidades estaba el enemigo. Eran el obstáculo, y lo superamos.

Luego, cuando los 90 nos trajeron la buena nueva de que los comunistas probaban, por primera vez, la vieja receta marxista de que todo era dialéctico, comprendimos que había llegado el momento de hacer las cosas de un modo diferente. Lo primero fue cambiar los paradigmas. Partimos de sembrar una idea novedosa y sencilla, bella, se pudiera decir: La sociedad no existe, sólo existen los individuos, ergo, se puede reducir la ética social a una ética individual. Esto es: privatizar el homo sapiens. Sustituir al ciudadano por el consumidor. Disolver la individualidad en egos estereotipados desde y para el consumo, hasta hacer posible que todos a escala planetaria se sensibilicen con la historia de un diminuto pez payaso llamado Nemo, perdonen la digresión, y no con el drama de un padre que busca regresar a su hijo a una diminuta y pobre isla antillana.

Seré aún más sintético, de nuestra óptica, las universidades ya no pueden ser más aquel lugar bucólico para enseñar, aprender, pensar y realizar un trabajo académico a un ritmo pausado. Ahora es, porque eso estamos logrando, un potente negocio, complejo, demandante y competitivo que requiere inversiones continuas y de gran escala. Es necesario entenderlo. Para ello hemos analizando, a través de numerosas investigaciones en el mercado de trabajo, cuáles son los requerimientos y las competencias profesionales que necesitan las actuales organizaciones empresariales, y hemos adaptado sus planes de estudio, en duración y contenido, y sus métodos de aprendizaje, a ese catálogo de competencias.

Es imposible dejar de comprobar que la gratuidad de la enseñanza superior, y algunas de sus maratónicas e inútiles carreras, por sólo citar algunas, literatura, lenguas, historia, no aportan nada al mercado. Estas soluciones, que empezamos a ensayar en el contexto europeo con el Plan Bolonia y el proyecto Erasmus, han sido especialmente útiles para diseñar recetas para el desarrollo económico y la atracción de inversiones extranjeras en Asía, Oceanía y América Latina, también para ampliar nuestras capacidades para captar, seducir y comprar a los más talentosos profesionales de todo el orbe. Es difícil resistirse al embrujo de modernidad, eficiencia y solvencia financiera que ello implica.

De modo que si me preguntan hoy si esa es la razón por la que estamos intentando ¨mercantilizar la educación¨ les puedo decir que no. No intentamos mercantilizar la educación. Lo hemos mercantilizado ya todo, incluso lo que no existe. Nuestra antigua fórmula del pasado mediante el cual se podía entender que eran los nacionalistas los que creaban el Estado, y no el Estado el que engendraba a los nacionalistas, ha sido reactualizada completamente, el mercado crea a los consumidores, y los hace rehenes para siempre.

Las malas noticias son otras en realidad, si queremos mantener los mismos niveles de consumo y crecimiento, tal como nos ha advertido recientemente una minuciosa y espeluznante investigación desarrollada por Dale Allen Pfeiffer, tan sólo en los Estados Unidos deberemos reducir la población a 92 millones de personas, el resto del mundo deberá deshacerse en los próximos años de 4,320 millones de seres humanos, que resultan ya superfluos. Esta necesidad no empezará a plantearse seriamente hasta en el 2020, y en el 2050, llegaremos a un punto crítico cuando empecemos a experimentar hambrunas, guerras por el agua, las tierras fértiles y la incapacidad de incorporar nuevos consumidores en que hemos basado nuestro modelo. Lo que intentamos hacer es preparar el mercado para una nueva generación de consumidores, y viceversa, preparar al 1 % de la población mundial para un nuevo y privilegiado mercado, y para eso necesitamos la educación, especialmente la educación superior.

En el pasado reciente ya fuimos exitosos, apoyados por batallones de psiquiatras y psicólogos, en privatizar los conflictos sociales, pero eso ya no es suficiente, necesitamos esterilizar a las universidades, y realizar una conquista no tradicional por medio de la creación de opiniones y la imposición de una nueva hegemonía cultural que explote el deseo del deseo hasta el punto de anular la razón, de hacerla irracional. Imponer disciplina, controlar y castigar, y en caso necesario eliminar a los que se resistan. Debemos crear una ética de la incertidumbre global hasta extinguir completamente la perniciosa y recurrente noción política de la ciudadanía. Eso es lo que intentamos, y no otra cosa

Juro que leí éste discurso apócrifo en un teatro atestado de estudiantes cubanos y ellos lo entendieron. En Cuba, a propósito de la reforma de la educación superior, muchos más deberían entenderlo, tal como lo hicieron ellos, y no como aquel funcionario que preguntó en voz alta por qué aplaudían.