¡Dame un peso!


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Portada de la edición gratuita de la Fundación Imprenta de la Cultura. República Bolivariana de Venezuela 2015

Por: Gleydis Sanamé Chávez, estudiante de Periodismo.

Así escuché, pero no pude ver. ¡Dame un peso!, repitió a los tres segundos y fue cuando me percaté de aquella personita que estaba a mis espaldas. Impactó un poco, pero fue bueno.

Una mirada suplicante era más locuaz que el propio verbo intermitente que albergaba la misma frase. El ómnibus último que me había trasladado desde la Catedral dejó a mi bolsillo unos billetes de cinco y tres pesos, puesto que el pasaje fue a dos, era el resto de unos diez.

No había moneda suelta, ya no podía cumplir su deseo, un deseo que se transmuta en un pedazo de pan, un refresco o una botella de alcohol, pero… ¿quién sabe?, quizás no tan interno y sí para trasladar a un familiar enfermo en la próxima guagua local. ¡Dame un peso!, inquirió. ¡No tengo un peso pero te daré cinco!, le dije, y su rostro no pudo ser más brillante; los tomó y yo continué el camino.

A diez pasos el ambiente fue feroz. Aquel hombre de tamaño diminuto, botas hoyadas y cubiertas de fango, camisa sudada y con mugre, y una especie de saco amarillento que me trasladaba a la figura de Jean Valjean en su primera visita a casa de los Thernardier, fue espantado a gritos y patadas de un grupo de personas alineadas en una cercana parada.

No sé por qué las almas inmundas siempre intentan seguir a la chusma, compartir acciones, apartar la autenticidad y ser partícipes hasta de lo más oprobioso. Las almas inmundas carecen de positivos designios, padecen la austeridad y comprenden lo incomprensible.

Esa es la mayor de las miserias, hacer creer que son miserables los cuerpos hambrientos y piadosos cuando no hay más severidad y bajeza en los seres que el rechazo y la burla a quien carece de lo necesario y suplica por tenerlo.