A los treinta


Breakout Dinner en Atlantic Dialogues. Foto: GMF
Breakout Dinner en Atlantic Dialogues. Foto: GMF

Por: Harold Cárdenas Lema

Sobre un viaje a Marruecos, un taller de periodismo y una nueva década, todo mezclado en unos pocos días.

Creo que la primera gran pelea con mi madre fue aprender a comer con cuchillo y tenedor. En el sistema educacional cubano del Período Especial la cuchara era reina indisputable pero de alguna manera María logró pulir mis modales. Imaginen entonces mi cara en un restaurante de Marrakech cuando tengo 7 cubiertos desfilando frente a mí y una veintena de personas me están mirando porque se supone que les cuente sobre Cuba.

Hasta ese momento pensaba que la peor cena era la primera con los suegros, en la que siempre sirven un plato incomestible pero igual toca decir que es exquisito. En fin, son los primeros días de noviembre y me han invitado a uno de esos eventos donde se decide la suerte del mundo tras bastidores. Todavía lidiando con el complejo que provoca llegar hasta ahí, es evidente que soy el único joven latino de izquierda. Aun en esa desventaja numérica, tengo de mi parte el sentido común y el respeto que no pocos sienten por Cuba. La cena será interesante.

En el Atlantic Dialogues aparecía yo como panelista pero no decía por ningún lado el panel donde estaría. En la noche todo se vuelve más claro, es algo llamado breakout dinners que son cenas off the record por invitación. En la mesa conmigo están empresarios curiosos de invertir en la isla, diplomáticos de países caribeños y africanos, académicos sobre Cuba y antiguos funcionarios del Departamento de Estado. La mejor parte de la noche para mí será interrogar a estos últimos sobre la historia del reciente acercamiento entre países. La mejor parte para ellos debió haber sido interrogarme durante dos horas sin mucha clemencia.

O quizás lo mejor fue la comida, no sabría decirlo porque los platos iban y venían sin poder tocarlos por lo intenso de la charla. La investigadora argentina sentada a mi lado me hacía señas para que comiera pero con profundo dolor desfilaban inmunes a mi daño. Comida siempre habrá después, oportunidades para marcar alguna diferencia, no estoy seguro. La inmensa mayoría de los presentes apoyó la “normalización” de relaciones y reconoció el valor que tiene la soberanía. Algunos tenían compromisos antiguos con los sectores más extremos que hacen política contra el gobierno cubano, así que alguna discrepancia era inevitable, pero el diálogo fue siempre respetuoso.

Me despedí de Marruecos despegando por el aeropuerto de Casablanca mientras me sentía Humphrey Bogart, con mi afición cinematográfica eso era inevitable. Allá traté de hacer lo que me gustaría hicieran otros también, generar simpatías hacia un país que necesita derribar los clichés que sobre ella circulan, así como impulsar un acercamiento con Estados Unidos que es inminente poner en un punto de no retorno. A pesar de que algunos amigos en la isla me advertían que cada viaje se convierte en arsenal para mis críticos sin importar lo que haga (algo así como aquello de darle armas al enemigo) me prometí que al regresar escribiría sobre la experiencia.

Cada persona tiene un mecanismo de autorregulación, el mío es escribir sobre lo que pasa alrededor. La confianza que tengo en la inteligencia colectiva de amigos cercanos y desconocidos es suficiente para valorar éxitos y fracasos, la luz del sol es también el mejor desinfectante para hacerles el trabajo más difícil a los críticos. Eso, sumado a la dosis de realidad que me espera siempre en mi edificio soviético de la Habana, son buenos mecanismos de autocontrol y valoración de los breakout dinners.

Llegando a Cuba celebré mis inevitables treinta años, de los que estoy más que orgulloso. Sin esta edad no hubiera conocido la dignidad de mi familia en la crisis de los noventa, o el sentimiento terrible de ver romper el único pantalón en mi primer año de universidad. Treinta años que se celebran impartiendo un taller de storytelling en la mañana, participando en un panel sobre descolonización en la tarde y una noche en la que me hacen tremenda fiesta sorpresa muchos amigos. Al otro día un concierto de Buena Fe me recibe en esta nueva década cantando en primera fila. Ya la vida enseña a disfrutar desde el público y no entre bastidores, porque es en la multitud donde están tus amigos, y ninguno me va a presentar 7 cubiertos.

(haroldcardenaslema@gmail.com)