No busquemos más afuera


juventud_cubanaPor: Carlitos

Internet (y el paquete), la reforma migratoria y el 17D dieron un giro de 180 grados al escenario político cubano: se acabó la burbuja. Los cubanos accediendo a todo tipo de noticias y productos culturales, viajando a ver a sus familiares, los familiares viniendo con sus reales o fingidas historias de éxito, y los turistas desembarcando en masa para, en el contacto people to people, mostrarnos las maravillas del american way of life.

No sabemos si de manera consciente o no, pero estas tres medidas (necesarias y quizás retardadas) cambiarán y están cambiando la vida de los cubanos, mucho más que los Lineamientos. Más aún, si la implementación de estos no se apura o actualiza, serán letra muerta en un escenario completamente distinto al del Congreso del Partido de 2011, abriendo cada vez más el abismo entre la sociedad real de la gente (que ahora tiene muchos medios para hacer su vida con independencia del Estado) y la sociedad virtual (aquella que pintan los medios de comunicación y alguna parte del discurso político).

Ante esta realidad muchos se movilizan para alertar de que los tiempos políticos cambian y es necesario estar preparados para una lucha ideológica mucho más fuerte.

Pero, mirando las cosas desde otro ángulo, lo que verdaderamente ha ocurrido es que pagamos el precio de no percibir desde hace mucho tiempo los retos de la lucha ideológica en un mundo globalizado. La política norteamericana, torpe y arrogante, en ocasiones sirvió como coraza para esconder nuestras flaquezas. Nosotros, mientras, en vez de cambiar a otras formas de hacer política y hacer conciencia sobre debilidades ideológicas, nos regodeamos en un discurso triunfalista. Las señales eran inequívocas, pero nadie hacia caso: la sangría de jóvenes al exterior, las desactivaciones de la UJC, los expedientes perdidos, la resistencia a asumir cargos políticos, la inexistencia de los CDR, el aburrimiento de los sindicatos, la marginalidad, la proliferación de tribus urbanas, etc. Hubo alarmas, pero siempre se veían las causas en factores externos: la labor del enemigo, los problemas económicos, la irresponsabilidad de la gente, la falta de exigencia de los cuadros, etc. El catalejo funcionaba a la perfección.

Ahora que un gobierno americano con los mismos intereses hegemónicos juega a una política inteligente (el llamado smart power), queremos correr. Una vez más cediendo la iniciativa, y en la lógica de responder al ataque del enemigo. Pero el reto, precisamente, no es percibir que todos salieron con el disparo y nosotros nos quedamos parados en la línea de arrancada; el reto es asumir (no importa si tarde) que los métodos que hemos estado utilizando para hacer política no solo son inefectivos, sino contraproducentes.

Hemos reconocido la necesidad de producir riquezas para poder redistribuirlas, pero nos hemos quedado paralizados en el terreno ideológico. Y no hay proyecto socialista (o anticapitalista) solo con crecimiento económico. Sin proyecto político definido, sin espacios de participación, si no se hace de una cultura alternativa un modo de vida, tendremos nuestra añorada “mejora económica” (quizás), pero nada más. Y entonces, ¿por qué luchamos?

Hace un tiempo Esteban Morales advirtió que el principal reto de nuestra política exterior es nuestra política interna. Si gozáramos de liderazgo, consenso y organización políticas reales, proyecto ideológico definido, y referentes culturales renovados, nadie temería a una avalancha de americanos paseando por nuestras calles o a cubanos yendo a visitar el mundo. En todo caso nos temerían a nosotros. Tanto es así, que la inercia de tantos años de Revolución (que es muy fuerte) ha creado una masa cultural sui generis a la que muchos políticos americanos temen con el people to people.

Podemos seguirnos regodeando en las fortalezas de la Revolución y en pintarnos la sociedad que no somos, podemos movilizar a los militantes y a los cuadros apostando a un voluntarismo pueril, podemos seguir buscando las causas en nuestra falta de combatividad o en la indolencia social, pero parece una senda segura al fracaso, no solo como proyecto político, sino como proyecto de nación. Siempre he preferido ver las cosas como son (incluso aunque pequemos de exagerar un poco) y, desde la percepción del caos, fundar todos una nueva Revolución dentro de la Revolución (porque una revolución que se “reforma” no es suficientemente revolucionaria).

Tenemos historia, tradiciones y (aunque dispersa) una vanguardia política real de izquierda. No busquemos más afuera. La bronca es aquí adentro.