Cuando Bonifacio Byrne le pida a Nicolás Guillén recitar “Tengo”

relaciones_cuba_estados_unidosPor: René Fidel González García

 Estaba en Santiago de Cuba cuando se produjo el anuncio del 17 de diciembre del 2014. Ya para las 9.00 de la mañana a la ciudad se la estaba tomando una marea humana que dislocó su vida cotidiana sorprendiendo de paso a las autoridades que nada tuvieron que ver con aquel despliegue.

De hecho, los titulares de la Universidad de Oriente, del Gobierno y el Partido de la Provincia, estaban en ese momento en una de las brevísimas sesiones de la Asamblea Nacional.

No se me olvidará nunca la cara de asombro de dos motorizados de la policía que se antepusieron estruendosamente a la marcha que salida de la Universidad de Oriente, había interrumpido y congestionado por kilómetros el tráfico de una de las principales arterias de la ciudad ¨¿quién manda aquí?¨ – preguntó uno de ellos con un gesto hosco. ¨El pueblo, ¿no lo ven?¨. ¨Ábrannos pasó, hay que despertar a la ciudad¨, les dijo un profesor que se hizo oír en medio del estruendo de una conga que se aferraba al asfalto al ritmo de un coro áspero y pegajoso. Los motorizados obedecieron.

La marcha iba a ratos precedida por una antigua profesora de biología de preuniversitario que ahora, elegantemente vestida y extraviada en las brumas de una senilidad anticipada, gritaba de vez en vez consignas contra los yanquis que eran coreadas risueñamente por los más jóvenes cuando aquella mujer llenaba los pausas de la conga con sus gritos.

El coro conguero más popular de la jornada decía: ¨Obama ya me los diste, ahora quita el bloqueo¨. Hacía referencia a Hernández y a Labañino, que intercambiados sigilosamente esa madrugada eran el motivo de la alegría popular, para enseguida exigirle al Presidente Obama el fin del bloqueo.

Ese día, por lo menos en Santiago de Cuba, aunque la televisión nacional no lo reportase, fueron miles las personas que se abrazaron, lloraron,aplaudieron y se quedaron afónicas en lo que alguien, metafóricamente, llamó ¨incendiar la ciudad¨, y de alguna forma, y éste es un dato importante, muchos se redescubrieron, por un instante, como poder.

Un compañero, cuando aquella multitud se negaba a disolverse en los accesos del centro de la ciudad después de una cantada de himno nacional que a más de uno le pareció la más auténtica de todas en las que había participado, contó en uno de los grupos confusos de conocidos y desconocidos que se arracimaban en el Parque Céspedes, que alguna vez había visto a un cubano en la Calle 8 de Miami enarbolando muy sereno un cartel en el que pintado a mano aparecía el mapa de Cuba bajo la leyenda de Havamiami. Un joven que escuchaba preguntó, sin que pareciera venir al caso: ¨¿entonces ya somos amigos?¨

Hoy empezando el día, escuchando a un taxista que comentaba sobre la apertura de las embajadas, he pensado que muy probablemente de estar vivo, Philip Bonsal, que llegado en 1926 como empleado de la Cuban Telephone Company haría su debut diplomático en 1938 ya como un consumado conocedor de la psicología política cubana, tan solo para ser el último embajador estadounidense en Cuba antes de la ruptura de las relaciones entre ambos países, hubiese rumiado irónicamente a sus colegas, que más que con un gobierno revolucionario habían estado lidiado durante cincuenta años con un grupo de hombres nacidos para la conspiración.

Ya en la noche, he descubierto en mi buzón de correo el mensaje de un proyecto desarrollado por un grupo de valiosos intelectuales cubanos en el que ellos se comprometían por trabajar por el desarrollo de relaciones bilaterales positivas. ¿Me habré perdido de algo?

Aunque es indudable que la inflexión de la antigua política norteamericana es sobre todo un resultado de la ética de la resistencia de la población cubana y de la tozudez de una dirección política que ha apostado durante más de medio siglo por alcanzar el actual escenario, no hay que perder de vista algunas cuestiones.

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países y el fin del bloqueo por el que trabaja el gobierno cubano y grupos de intereses económicos de los Estados Unidos nos retrotraen de muchas formas también a la especie de parque jurásico en que se convirtieron, por lo abrupto de la ruptura, las relaciones económicas históricamente sostenidas entre ambos países. No hay que olvidar que fue precisamente el intentar cambiar esas relaciones en los primeros meses de 1959 lo que disparó el conflicto.

Detenido en el tiempo, ese nudo de contradicciones irresuelto permanece vital, ahora con el pesado lastre de más de medio siglo de enfrentamiento militar y económico, su profunda huella de deformación de nuestra economía, y nuestras propias contradicciones y yerros.

Más allá de la inmediata oxigenación de la economía cubana que supondría el fin del bloqueo, sobre todo en lo relativo al comercio y el acceso a fuentes de financiamiento internacional, las antiguas metas de independencia económica del país se mantienen intactas en el planteo de lo que serán las futuras relaciones con los Estados Unidos.

Bastaría revisitar el cuerpo de ideas de Guiteras, Jacinto Torras, Ramiro Guerra, Carlos Rafael Rodríguez, o el propio Fidel Castro, y el cada día más subversivo y desafiante Guevara, por sólo citar una parte del pensamiento crítico que definió la ausencia de soberanía económica como condición genitora de la neocolonia, y se tendría un inventario completo – también absolutamente actualizable – de los mecanismos por los que se lograba y afianzaba dicha dominación, tanto como de parte de los problemas que enfrentaríamos nuevamente como país subdesarrollado que somos en las relaciones con los Estados Unidos, ésta vez en un contexto mundial caracterizado por la emergencia de bloques regionales y una economía cada vez más financiera.

Si en el pasado parte de este pensamiento fue insuficiente para evitar que muchas de esas estructuras de dominación y dependencia se reprodujesen en las relaciones económicas sostenidas con la ex Unión Soviética, con más razón parece muy llamativo que la sociedad cubana se adentre en el restablecimiento de relaciones económicas con los Estados Unidos – ese es el principal contenido del fin del bloqueo – sin asumir y debatir públicamente el carácter político de las mismas, y sin definir una agenda ideológica que le permita sortear exitosamente, hasta donde le sea posible, ese enorme desafío pospuesto.

Tomando nota de las alucinaciones significantes, o las intenciones más o menos encubiertas, de algunos, que desde el gobierno o fuera de él intentan postular los modelos chino, vietnamita y últimamente el singapurense como posibles paradigmas para la nueva época que supone el restablecimiento de las relaciones con los Estados Unidos, no puedo evitar subrayar y advertir el alcance y peligrosidad de la visión caricaturesca y pueril del capitalismo que en el mejor de los casos, inculcó la vulgata seudomarxista en generaciones de dirigentes, economistas y de ciudadanos en general.

Valdría la pena, además, revisar los planes de estudio de las carreras de economía y contabilidad, entre otras, y la formación posgraduada, para descubrir desde cuándo y cuánto del pensamiento neoliberal más salvaje se ha infiltrado, travestido de modernidad y eficiencia, entre lo que pensamos hoy y aquella antigua ingenuidad dogmática de los manuales rusos.

Es imposible ignorar, por otro lado, que el haber resistido estoicamente el duro castigo que sobre la población cubana recayó por defender y sostener un proyecto político que hizo de la justicia social y la igualdad su meta fundamental, no impidió que, desquiciado por años de una muy escasa capacidad adquisitiva de alimentos y otros productos y servicios, sectores muy importantes – acaso todos – acabaran siendo unos consumidores potenciales extraordinariamente intensos e ingenuos, preparados, como probablemente habrán soñado alguna vez los gurúes del marketing, para aceptar el mercado.

No hay que ser discípulo de Marx para comprender perfectamente que el capitalismo no produce la pobreza como un subproducto. Cuba es, aunque apenas explorado y cubierto, un mercado relativamente pequeño de consumo. Cubierta esa expectativa inmediata que ahora fascina a la mayoría de los inversionistas, caerán sobre la enorme y puede que excepcional riqueza acumulada aquí en materia de desarrollo humano y profesional, saqueándola hasta agotarla y descarrilar su papel como factor de desarrollo interno, si no se le impide a tiempo.

En medio de lo banal que pueden parecer estas cuestiones para el país oscuro que tratará de alzarse sobre el país profundo uno puede preguntarse: ¿Habrá llegado la hora de empezar a levantar un monumento a esos símbolos de la resistencia cubana que son el fongo y al picadillo de soja? Para sorpresa de muchos lectores, en el caso del segundo, cientos de miles de cubanos le buscan aún como una fuente principalísima y crucial de proteínas de su dieta semanal. Otros ni se enteran de su existencia. Puede que en el fondo todo se trate de eso. Es un dato importante: el otro existe.

El agosto pasado fletó la bandera estadounidense sobre su antigua embajada en una ceremonia solemne – histórica, dirán prosaicamente algunos periodistas – al trasmitirla por la televisión cubana, la CNN y Telesur. En toda Cuba, esa mañana como hasta hoy, se izó con orgullo la bandera nacional hasta lo más alto del mástil para luego ser arriada unos centímetros. Quedará por delante la entrega del territorio ocupado de Guantánamo y el fin del bloqueo con los enormes y variados desafíos que para el país entraña.

Estoy seguro que allá donde estén, Bonifacio Byrne de seguro seguirá sospechando del pabellón ajeno, y quizás le pida a Nicolás Guillén recitar su hoy ya casi olvidado Tengo. Ese olvido, es también un dato importante.