Señales en casa

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Club Náutico Internacional de La Habana

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)  

Cuba está en un gran momento internacional, cosechando lo que sembró durante medio siglo de costosos sacrificios. Ahora todos miramos a nuestra relación con Estados Unidos pero mientras tanto, hay señales preocupantes en casa.

La mayor isla del Caribe ha conseguido más victorias políticas en este semestre que en la pasada década. La reciente Cumbre de las Américas ha sido un reflejo de esa circunstancia, con actos de patriotismo y vergüenzas incluidas. Por estos días se escribirá mucho al respecto, empezando por los protagonistas que asistieron y pueden dar mejor testimonio. Podemos ver cómo ganamos el reconocimiento internacional que tan caro nos ha costado pero mientras utilizamos nuestro catalejo político, pasan cosas en casa.

Como buen cubano de provincia y amante de la historia, descubrir La Habana se ha vuelto un lujo de los últimos tiempos que suelo compartir con los amigos. Como verdadero “cubano de a pie” (aunque joda un poco el uso que le dan a la frase) no me resulta común tener un auto a disposición pero esta invitación de sábado a tomar un café viene sobre ruedas y aprovecho la oportunidad: “a la Marina Hemingway”.

Existe una Cuba heredada del período capitalista que solo es accesible para quien pueda costeársela, a menudo en lugares apartados y discretos, pero que no por ello deja de ser nuestra. Lugares que a menudo pagan nuestras escuelas y hospitales, pero por muy loable que sea el objetivo, debemos tener cuidado de no venderle el alma al diablo en ellos. La Marina Hemingway es uno de esos lugares.

Construida entre los años 1956 y 1957, mientras nacía la lucha guerrillera contra el dictador Fulgencio Batista, cuentan que su hijo (simbólicamente) participaba en la construcción de esta Marina. Al compás de los disparos contra el movimiento armado en la Sierra Maestra y las torturas a los jóvenes en las ciudades, los constructores le ganaban al mar unos 600.000 m2. El primero de enero de 1959 heredamos entonces la marina más tradicional de Cuba, que no requiere visado ni reservación previa para disfrutar de sus servicios.

Aprovechar la oportunidad para llegar allí y contemplar los cuatro canales de navegación conversando sobre lo impublicable, es un mecanismo de desahogo necesario. Llegar entonces al Club Náutico Internacional de La Habana, entrar y saludar respetuosamente al barman, fue lo más ingenuo del día. Debí haberlo previsto porque tuve varias pistas, las palabras “club” e “internacional” ya eran mal presagio.

Desde antes de llegar nuestra suerte estaba echada, lo vi en los ojos del barman que en segundos miró nuestro aspecto haciendo una radiografía y nos etiquetó rápidamente: “este lugar es solo para miembros”. Nos miramos desconcertados, afuera llovía y el lugar estaba totalmente vacío. “Amigo, solo queremos sentarnos a conversar un rato, no vamos a molestarlo”. Pero no habría entendimiento alguno.

“Es imposible sentarse acá porque hay que ser miembro del club para entrar aquí”.

Mi capacidad de negociación comenzaba a sustituirse por la incomodidad, una picazón que todavía evitaba tomar el camino político porque demasiado a menudo la Revolución paga los platos rotos de la incompetencia y la mediocridad. Mi amigo le respondió: “yo he venido antes en varias ocasiones” mientras observaba la lluvia que nos esperaba fuera. “Pues eso habrá sido antes, no se molesten pero acá ahora solo pueden estar los miembros del club, deben salir”.

Esas palabras fueron suficientes para mí que lamentablemente estoy acostumbrado a cosas así que no deberían ser normales pero lo son. Mi amigo no era tan fácil de convencer: “yo tenía entendido que la Revolución se hizo para eliminar esas reglas de exclusión.

¿Cómo se explica que no podamos entrar acá a estas alturas?”. La respuesta del barman quedará para la historia: “Sencillo, esto es un club, pertenece a la sociedad civil y no pueden entrar”.

Ahí si salí disparado por la puerta. El hombre que nos prohibía el acceso quizás estaba haciendo su trabajo y esas son realmente las reglas del lugar, excluyente no solo geográficamente sino en la práctica. Una escena sacada del período republicano que es bueno experimentar a cada rato, para recordar por qué luchamos hace medio siglo contra un sistema elitista donde si eras pobre, negro, o sencillamente no pertenecías a “ellos”, quedabas fuera del Club.

También nosotros éramos pecadores en Tierra Santa. Nuestras ropas eran normales, el auto en que llegamos no tenía chapa diplomática o era de una marca ostentosa, no teníamos aspecto de regalar grandes propinas y lo peor, no éramos parte del Club. Recuerdo que mientras salía me vino a la cabeza George Carlin comentando irónicamente que “es un Gran Club, y nosotros no estamos en él”. La diferencia es que Carlin se refería así a los dueños de los Estados Unidos y yo vivo en la Isla que quiere construir un futuro socialista.

Nos fuimos a otro lugar cerca, me decidí escribir al respecto mientras veía los yates gringos en el agua burlándose de mí, sus dueños posiblemente sí sean parte del Club. El sábado quería un paseo por la historia de Cuba y ver los vestigios del capitalismo republicano, lo logré. Espero no ser el único preocupado con estas cosas que ahora están ocurriendo, quizás sea un hecho fortuito y no un síntoma. Me preocupa que nos apuntemos victorias internacionales y mientras tanto, se nos vaya el país por otro lado.