De ratones, gatos y de una constituyente

gatos_ratones_cubaPor René Fidel González García  (renefidel1973@gmail.com)

Que un jurista inteligente y crítico, junto a otros, entienda que la solución del dilema constitucional cubano pasa por la realización de una reforma de la Constitución, es tan sólo una de las notas distintivas de un debate que intenta salirse de la sordina de la actual agenda gubernamental cubana, e irradiar a la sociedad política en su conjunto. En realidad, desde el año 2008, el conjunto de reformas económicas que ha introducido el gobierno cubano en el declarado interés de viabilizar la economía nacional, no sólo han repercutido en las dinámicas económicas y sociales que experimenta el país de formas muy complejas y contradictorias, sino que también han tensionado enormemente a la Constitución.

Desconocida por la mayoría de los cubanos, pero contenedora de buena parte de las aspiraciones y metas civilizatorias que se gestionaron de diferentes formas y con distintos grados de éxito a lo largo de los más de 30 años de su vigencia, la Constitución es hoy un límite fundamental a la implementación de muchas de esas reformas. Inexorablemente, ellas han impactado el tejido social cubano, diversificándolo material e ideológicamente, creando, o potenciando, también, un catálogo de exigencias, aspiraciones y conductas que entran dentro de la ética de lo que el ex Canciller alemán Helmut Kohl llamaba aprender a cuidarse por sí mismo.

Curiosamente hace muy poco tiempo escuché a un importante académico cubano decir con esa suerte de impunidad disociadora de la realidad que confiere la esgrima teórica, y mientras disertaba de una de las zonas más sensibles que involucran las reformas: la trasmisión de la propiedad, que ¨la tierra no es de quien la trabaja, sino del propietario¨. En sentido contraria, Ángel Bueno, un militante comunista y cuentapropista cubano, interpelaba a la dirección de la última Conferencia del Partido Comunista, preguntándole si la nueva modalidad de contratación por parte de personas naturales no contradecía la letra de la Constitución cubana, en clara referencia al mandato constitucional que proscribe la explotación del hombre por el hombre.

Aunque la ingenua hilaridad que provocó la afirmación del académico entre muchos de los que le oían, tanto como la respuesta de Marino Murillo a Ángel Bueno cuando afirmó que ¨se han hecho y se harán las modificaciones que sean necesarias a las leyes, pero que hay una frontera a todo: el sistema socialista es intocable.” puedan ser para muchos perturbadoras por la manera que simplifican el valor de la Constitución, sus valores y contenidos fundamentales, o por la increíble arrogancia de poder que desbordan, o acaso tan sólo por la perplejidad que puedan provocar, la cuestión de fondo es otra.

Una reforma de la actual Constitución cubana sería en términos políticos la antítesis de una constituyente. Supone una intención de superar únicamente lo coyuntural y ello coloca entonces en el centro de atención cuáles contenidos serían modificados. Parece obvio que si su propio articulado constituye un límite a muchas de las transformaciones económicas que integran la llamada ¨reactualización del modelo económico¨, cualquier reforma que se haga colisionará directamente contra muchos de los principios que ella establece desde una comprensión anticapitalista de la sociedad, aunque es seguro que servirá también, ésta vez como parte de las necesidades de la transición política generacional que ocurre en Cuba, para modificar artículos muy sensibles al funcionamiento del sistema político.

Por otro lado, parte de los criterios que hasta ahora se manejan en relación a cómo realizar la reforma de la Constitución marchan en paralelo con lo que han sido nuestras prácticas constitucionales anteriores, por lo menos en el periodo de la Revolución en el poder. Plantean la integración de una comisión, la incorporación a ésta de especialistas y una muestra representativa de la sociedad civil cubana, que proponga a la Asamblea Nacional un anteproyecto de las reformas, la que luego de haberlo discutido con la población, lo aprobaría seguido de la realización de un referéndum.

Por algunos trascendidos, una comisión de especialistas (¿cuáles?, ¿quiénes? ¿dónde?) estaría laborando ya. ¿Por qué un modelo tan contenidamente democrático? En la otra orilla de esa posición, se razona, se defiende, la conveniencia y oportunidad de una constituyente que logre más que niveles cuantificables de participación un salto cualitativo de reconexión de la ciudadanía con lo político y lo público, su empoderamiento y la retroalimentación democrática del proyecto cubano sin la cual ninguna alternativa sería viable.

Existe una comprensión muy clara del papel que han jugado los procesos constituyentes en la legitimación y consenso, pero también en la ideación colectiva, de los procesos de cambio implementados en las últimas décadas en América Latina por proyectos políticos revolucionarios. Pero una constituyente habla en primer lugar de un proceso democrático de elección de los constituyentes, de la formulación y discusión social previa de proyectos e ideas acerca de casi cada aspecto medular de la sociedad, de la deliberación y el juicio, de la aprobación autónoma, mayoritaria y popular de los resultados del texto resultante. Ese esfuerzo es realmente auténtico y emancipador sólo cuando está impulsado y sostenido por un proceso social.

Para muchos, en Cuba, el momento actual es crucial en un pulseo que implicará necesariamente o la posibilidad del perfeccionamiento y la democratización de ese proyecto, o una lenta restauración capitalista. Entre ambas posiciones se juega la trascendencia de un proyecto político que como el cubano, por sobre deformaciones políticas, sociales y económicas, no ha perdido aún la capacidad de liderar la concreción de la justicia social. Pero ese es un capital político que se conserva sólo políticamente.

Aunque dentro de la lógica de un modelo de estabilidad a corto plazo que puede estar desarrollando el gobierno cubano no parezca factible la realización de una constituyente, entre otras razones, quizás, porque asumir la complejización del escenario político cubano y espacios para la enorme diversidad de tendencias y corrientes políticas que ya se expanden como comprensiones de la realidad no parece ser una opción dentro de la apretada y tensa hoja de ruta política que se ha propuesto, no puedo dejar de pensar en aquella fábula de los ratones y los gatos contada por Tommy Douglas.

Ella describía la tierra en que los ratones elegían cada cuatro años un parlamento de gatos negros, que naturalmente dictaban leyes que convenían a los gatos, no porque fueran malos, no lo eran, sino sencillamente porque eran gatos y veían por los intereses de los gatos y no de los ratones, leyes que dictaban la velocidad de huida de los ratones y la redondez y el tamaño de la entrada de las ratoneras, hasta el día en que los ratones, cansados de ellos, votaron por los gatos blancos, que hablaron de una nueva visión para la tierra de los ratones, y dictaron leyes en las que la entrada de las ratoneras deberían ser a partir de ese momento cuadradas, y el doble de grandes de las anteriores redondas, y cuando las cosas fueron peor para los ratones eligieron gatos con pintas blancas, gatos con pintas negras, y nada cambio, hasta que finalmente llego un ratoncito que tuvo una idea: compañeros ¿por qué seguimos eligiendo un gobierno de gatos? ¿por qué no elegimos un gobierno de ratones?

Cualesquiera que sean las salidas a ese nuestro dilema constitucional, entre la reforma y la constituyente, en Cuba valdría la pena tener muy en cuenta quienes las llevarían a cabo. Eso lo saben los gatos, deberían no olvidarlo los ratones.

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