Semana laboral ¿40 o 44 horas?


códigodetrabajo2014

Por: Juan C. Nistal

Dijo Plutarco del difuso Licurgo en Vidas Paralelas, casi 3 milenios ha: “Porque de las cosas buenas y envidiables que Licurgo preparó a sus ciudadanos fue una, la sobra de tiempo no permitiéndoles que se dedicasen en ninguna manera a las artes mecánicas, y no teniendo que afanarse en allegar caudal, cosa que cuesta mucho cuidado y trabajo, por haber hecho la riqueza inútil y aún despreciable”. Ese ocio cómodo y punible, a costa de los ilotas, estuvo en el foco de grandes conflictos en los tiempos modernos. Disminuido por la rapacidad del capitalismo incipiente, con 16 horas diarias de duro bregar sin días de descanso, la pujanza obrera post revolución industrial logró un balance anhelado entonces, «ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa». Cada festejo del primero de mayo recuerda esa victoria del movimiento obrero y su martirio.

Sin embargo, el aumento del ocio, de la sobra de tiempo griega, anda por el mundo y nosotros casi no nos hemos enterado. En Wikipedia puede leerse: “La extensión de una sociedad de consumo que requiere tiempo para las compras y el gasto en ocio ha generalizado en buena medida y en todo el mundo la semana laboral de 5 días; de lunes a viernes en los países de tradición cristiana y judía (fin de semana el sábado y domingo); de domingo a jueves en la mayoría de países musulmanes (fin de semana el viernes y sábado)”.

“Desde posiciones neoliberales se demanda el aumento del tiempo de trabajo como condición para la prosperidad -aun cuando no resuelva el problema del desempleo-; desde posiciones sindicales se demanda una reducción de la jornada de trabajo, el reparto del mismo y la consideración del tiempo trabajado total por el conjunto de la sociedad o comunidad.”

“La semana laboral habitual en la mayoría de países y trabajos se desarrolla de lunes a viernes, estableciéndose un período de descanso denominado fin de semana que comprende sábado y domingo.”

“A partir de los años 80 del siglo XX se comenzó a consolidar la jornada laboral de 5 días, tanto en el sector privado como el sector público. Siguen siendo muchos los países y trabajos donde la semana laboral es todavía de 5 días y medio, 6 días e incluso de 7 días (fundamentalmente en el trabajo clandestino, trabajo infantil y trabajos a destajo, todos ellos normalmente relacionados con la economía sumergida)”.

En negrita los contendientes, neoliberales y obreros. Parece fácil acá, falta un bando, suerte de no tener los neoliberales, la semana de 40 horas es un simpleza para nosotros, un plumazo. Error, a partir de una propuesta anterior al congreso de la CTC y del nuevo código del trabajo, se ha generalizado la semana de 44 horas o 40 horas con descuento. Los que no trabajábamos los sábados no nos sentimos aludidos, no creímos posible la generalización. Tal vez la visión corta, el exceso de localidad de los comisionados, no les permitió explorar el contexto externo y se enfocaron en las 44 horas semanales como “la mejor jornada posible”, si acaso susceptible de reordenamiento. Quizás no conocieron de otros países, mucho más arriba en la imperativa escala económica, Francia y Holanda entre ellos, con 40 horas y menos. Nadie pensó en el resultado ominoso de alargar la improductividad una hora más, sin respaldo, en virtud de una ortodoxia rancia y vana. O en el artículo 46 de la constitución: Todo el que trabaja tiene derecho al descanso, que se garantiza por la jornada laboral de ocho horas, el descanso semanal y las vacaciones anuales pagadas.

No establece ni fija la ley de leyes pero menciona, gracias a la ambigüedad de la ley, tan propicia para reinterpretaciones y reelaboraciones creativas, casi siempre del lado de quien más puede. La generalidad será necesaria pero no siempre; y a veces es improcedente. Entonces queda a la vera de la duda si de lunes a jueves estropeamos la constitución al estirar la jornada laboral hasta 9 horas. Sería bueno acudir a las enmiendas, copiar de nuestro vecino ahora es menos ominoso, y en terreno movedizo, transitorio, las enmiendas habrían de aumentar su protagonismo, para hacer las cosas más dinámicas y mejorar nuestra capacidad de reacción, siempre tarda.

El otro remarcado es la fecha del cambio: década de los 80, cuando los europeos optaron por las 40 horas, en pro de su sociedad de consumo, que para nosotros, alguien ha dicho “de sin – sumo”. No nos enteramos, nunca lo vi en la prensa. ¿Dónde estábamos? Bueno, en los 80 estábamos lactando. Éramos ya tarajalludos, nos habían salido hasta los cordales, pero estábamos lactando. Para mal, cuando la loba se sacudió no fuimos Rómulo y Remo ni levantamos algo sólido para los malos tiempos por llegar – si acaso, fuimos más remo. Y entonces, se disipó la modorra, se cayeron los dientes de leche y entramos en esa etapa infantil de los por qué. Y nos fijamos mejor en algunas interrogantes en las cuales no habíamos parado mientes o incluso, rechazado. Por qué el caballo blanco era blanco.

Por qué si son los neoliberales quienes piden más tiempo de trabajo y los sindicatos de allá, menos, no podemos los obreros de acá aspirar a la semana de 40 horas con salario completo, en la sociedad de los trabajadores. ¿Los sindicatos de acá no son de los obreros de acá? ¿sindicato y trabajadores es lo mismo o si sindicato y estado? O será lo mismo estado, sindicato y trabajadores? No, esto último no puede ser porque indica un estado idílico donde las cosas se anulan y perecen las divisiones, extraña entre los hombres, necesitados de contrapartidas. Fuera del idilio, la unidad de la diversidad puede llevar a parcializaciones o realineaciones naturales o forzadas, con la consiguiente indefinición e incuria de la funciones.

Hasta ahora, con destellos y particularidades, es cierto que el sindicato es el departamento de relaciones laborales de la administración ¿Nos representa de verdad a los trabajadores o nos interpreta – o malinterpreta- o suplanta? La diferencia clara entre esos términos no me esclarece si en las urnas me hago representar o suplantar; el mismo concepto de vanguardia juega con la suplantación si los esclarecidos no se codean con la impureza día a día. El sindicato, según los estatutos, puede representarnos, a los trabajadores. Aunque la semántica escolar y de rutina se diferencia de la legal, donde, por ejemplo, “aprobar” significa “modificar”, sinónimo no homologado por el diccionario, la intuición que para representar a alguien es necesario conocer su caso. Para representar a los trabajadores primero se ha de conocer sus aspiraciones; la organización es una asociación y no una tutela o gerencia. Si actúa por una noción o en el supuesto del mejor interés – de los trabajadores no de la administración –, sería interpretar; Y si se atiene a lo que conviene, lo correcto, sería una mera suplantación.

Entonces ¿qué ha pasado con la semana de 44 horas? Al parecer, hemos sido suplantados por el “sindicato del nivel correspondiente” y la organización obrera y según la semántica legal, eso puede suceder siempre. Porque la oposición al trabajo sabatino y a las 9 horas ha sido abrumadora. Muchos han preferido las 40 horas con descuento, sin éxito. La verticalidad impuso las 44 horas. Y el dilema no apareció en ninguna parte, ni siquiera en la mediotrónica o el órgano de los trabajadores; ha sido un acontecimiento nacional, sin eco, acallado tal vez por la discreción, gran y muchas veces, manido escudo. A pie de obra no existe la web, los blogs, y el clamor se diluye, fallo de nuestra sociedad, de su funcionamiento orgánico. El código de trabajo contempla las 2 variantes, 40 horas con descuento o 44 horas.

Pero se generalizó la semana larga, en contra de la voluntad general y para zozobra y martirio de quienes hacen la nómina. La estandarización se deshizo de la noche a la mañana, aumentó el trabajo manual – en las nóminas automatizadas -, la personalización, las variantes y los dolores de cabeza, clara evidencia de que no se asumió el cambio como un proceso integral y premeditado. ¿Para qué? El balance pronto nos lo dirá.

Pareciera una desfachatez pedir el mismo salario por menos tiempo. Pero en el trance actual de nuestra economía, debido a su propia estructuración, todavía con exceso de ocupación, en muchos objetivos es mejor cerrar que prolongar una jornada improductiva. Para una economía planificada parece más adecuado el trabajo a destajo bajo estricto control de calidad; en general, siempre hay respuesta positiva al cambio de productividad por reducción de tiempo de labor.

Por otra parte, ya se ha mencionado el estatus superior de otros con jornadas reducidas, hasta 36 y 30 horas y se ha demostrado la ineficiencia de trabajar durante tiempos prolongados, por el cansancio y la imposibilidad de concentrar la atención por largos periodos de tiempo. Además, nuestros salarios no son tan holgados como para resistir tijeretazos. Establecer la jornada de 40 horas con salario completo y aún más, la bonificación de hasta un 20 % del salario del día para quienes quedan obligados a trabajar el fin de semana, más el cierre discrecional y temporal puede ayudarnos en la coyuntura actual, sin menoscabo de la economía. No para todos vale la visión romántica y enaltecedora del trabajo, visto más bien como una necesidad imperativa y a menudo, estresante; y casi siempre limitante o autolimitante para quien se encierra en el trabajo, de una vida plena, más rica y compartida, constreñida por límites temporales no siempre justificados, que impiden hasta hacer otros trabajos. Quizás hasta hayamos de confrontar la ocupación parcial; pero, sin dudas, estamos obligados a la eficiencia meticulosa. Mientras, la semana de 40 horas en la sociedad de los trabajadores, no es imposible ni desfachatez ni utopía.