Cubanoamericanos


cubanoamericanosPor: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com

Se ha subido al avión sin mirar atrás, sin llamar por última vez a su familia o pensar en una fecha de regreso. La pasajera del 12B lleva 17 años fuera de Cuba y el destino la ha sentado a mi lado. Será la primera escena cubanoamericana en este viaje pero todavía no puedo saberlo.

La señora me está mirando con curiosidad para darme alguna clasificación. El avión comienza a moverse en la pista y por la ventanilla vemos otro que acaba de aterrizar, entonces ríe estrepitosamente y dice con sorna: “todavía les queda un avión… ¡qué atraso!”. Su estrategia ha funcionado, le suelto una pregunta retórica “¿es usted cubana?” y responde que sí, no ha entendido.

La próxima media hora será un intercambio de ideas entre un joven socialista y una señora emigrada que ha cerrado capítulo con su país. Me dice que nació en una zona rural de Pinar del Río, aun así pudo estudiar y convertirse en doctora. Se marchó a Venezuela hace mucho y luego subió a los Estados Unidos, nunca más ha ejercido su profesión.

No le avergüenza decir que no extraña el país en que nació y se formó, al contrario, afirma que no puede estar más de cuatro días acá sin que le den unas tremendas ganas de irse.

Sus palabras contrastan con las de otro pasajero que interrumpe y cuenta que a pesar de no estar de acuerdo con el Estado cubano, tiene proyectos de ayuda en la ciudad donde nació con el apoyo de las autoridades locales, que el amor es un sentimiento más poderoso que el odio.

Me pregunta si soy de los que se conecta a Internet en la Oficina de Intereses de los Estados Unidos y le respondo que no. “Tú eres del sistema entonces…”, me dice con tono de reproche. El resto del viaje conversaremos sobre esencias humanas que nos van acercando mutuamente a pesar de las diferencias políticas y al marcharnos me brinda su teléfono por si necesito ayuda en La Florida “porque es muy agresiva”.

El diálogo con el otro es posible pero son pocos los que se han propuesto hacerlo, demasiado tiempo concentrados en las diferencias. Las dos orillas se han caricaturizado mucho en nuestra experiencia política y ningún lado es homogéneo pero en ambos se cometen errores. Algunos allá tienen una idea preconcebida de nosotros, nos ven como personas intolerantes que viven en un estado totalitario buscando la forma de hacerse daño unos a otros. En Cuba hay muchas miradas hacia la emigración, unas injustas y otras no, pero que algunos amigos me cuestionaran el solo hecho de dialogar con otros como señal de “debilidad”, es mala señal.

Dentro del avión se respira un clima de triste despedida. Cuando aterrizamos alguien grita “bienvenidos a la libertad” pero nadie responde, los tiempos han cambiado y quienes no lo advierten comienzan a ser dinosaurios políticos.

Existen sectores en ambas orillas que se benefician de la distancia y otros que nunca podrán hacer las reconciliaciones necesarias porque están muy marcados por el pasado. Son muchas las heridas que acompañan a los emigrados cubanos, algunas producto de nuestros peores errores y otras son claramente inventadas. Miami tiene un fenómeno interesante que lleva a muchos emigrados a renegar del sistema político cubano como un proceso de integración social necesario, para “encajar” en los sectores más rancios de su sociedad.

Es la mañana del 27 de mayo y estoy en Wal-Mart comprando algo, pensando en la fina línea que separa el consumo del consumismo y que nadie está por encima de la pacotilla. La cajera me mira fijamente cuando pregunta si soy cubano, está claro que somos coterráneos y respondo que sí. “¿Pudiste venir? Qué bien… ¿Por qué no te quedas?”, me dice. No sé cómo responderle que el desarraigo es un precio demasiado alto, trato de darle a entender que es una decisión consciente tan respetable como la suya de irse. Su empleo de cajera es fuerte y pasa muchas horas de pie pero aun así me mira con extrañeza y se despide. Unos días después estaré volviendo a Cuba.

A mi regreso hay otras escenas inolvidables, en esta ocasión cortesía de la Aduana de la República. No conozco su nombre pero evidentemente lleva mucho sin venir acá, la mujer está cerca llorando sobre los hombros de su hijo y los presentes pronto sabremos por qué. Viene con un ligero sobrepeso y debe decidir cuál de sus paquetes tendrá que abandonar, los dos tienen una etiqueta con nombres distintos, alguien no recibirá su regalo.

En otro país escribiría sobre las responsabilidades del viajero pero conozco nuestras regulaciones aduaneras, cada vez más estrictas. En guerra contra el contrabando de artículos que el propio Estado es incapaz de brindar a precios razonables, los daños colaterales vienen siendo los pasajeros. Perjudicar a un solo ciudadano en la lucha contra “ilegalidades” legitimadas socialmente, no es correcto. A esto se suma la corrupción intrínseca en estos lugares, hay más historias que tiempo para contarlas.

En este momento que los cubanoamericanos podrían ser nuestros mayores aliados en territorio estadounidense, el Estado aun se da el lujo de mantener regulaciones impopulares que provocan rechazos y rencores gratuitos.

La Terminal 2 de La Habana merece más de una tesis sociológica, desde los clichés vergonzosos hasta las dignidades dolorosas. Es un ajiaco de humedad calurosa, abrazos interminables y culto a la pacotilla que no cree en discursos presidenciales ni tiene profundidad política. Es 31 de mayo y estoy de regreso. Recuerdo que allá me conecté a la Internet gratis del aeropuerto, me despedí de los amigos con dolor y cuando venía en el avión estuve mirando a Miami por la ventanilla. Estoy donde quiero estar y sin fecha de retorno pero con el sentimiento de haber perdido algo sin saberlo nunca. Otro pedazo de Cuba.