Las sillas del hombre nuevo

sillas-cubaPor: René Fidel González García

Las sillas han sido, quizás, uno de los símbolos más omnipresentes en la vida de las últimas generaciones de cubanos. Llevamos, indeleble, el recuerdo de las ediciones de La Edad de Oro y la historia de bebé, con la imagen de una silla alta, magnífica como una torre; el travelling infinito, hilarante, amargo, de Las doce sillas; la visión alucinante, misteriosa y tierna de La silla, de Lam; la lúcida profecía de Historia de la silla, de Silvio; o el deicidio, más íntimo y breve de un libro como Habanecer, de Luis Manuel García Méndez, que trastocó para siempre la ingenuidad del Meñique tropical, en la metáfora del esperante, en esa banal crueldad de nuestros tiempos.

Ahora mismo, cuando el país se adentra en un ciclo necesariamente trascendente y crucial como proyecto político, lo simbólico que nace de la silla adquiere una connotación que, aunque común al cubano, es completamente nueva a la política en Cuba: la ausencia. La silla vacía. No se trata de la ausencia de un hombre o mujer en particular. Esas, son parte de la ecología humana, y aunque significativas, son siempre superables.

Durante demasiado tiempo, en los intestinos de la conflictividad de la Revolución – también la de los individuos-, el dejar de estar, el irse, el expulsar al otro, fue al mismo tiempo una vocación y circunstancia arraigada y dolorosa entre nosotros. Sólo ahora, o puede desde el principio, somos capaces de hacer balance, los que se fueron, los que no están, los que expulsamos, nos hicieron falta todo el tiempo, nos siguen haciendo falta.

Pero esa ausencia no es, aunque absoluta, la ausencia más abrumadora. La sillas vacías en Cuba hablan sobre todo del hombre nuevo. Esa sublevación contra nosotros mismos, contra nuestros dogmas e insuficiencias, contra nuestros defectos. El dato de su extinción es impreciso y es seguro que improbable. Sin embargo, acorralado por las angustias de la vida cotidiana, ese angustioso ser y deber ser de lo pedestre, aletargado por nuestras prácticas de rebaño, extraviado en el dilema entre la utilidad y la virtud, acabó siendo una especie en peligro, desplazada.

Es cierto que habita en casi todos nosotros, entre los que nos quedamos y entre los que nos fuimos, entre los que se cansaron y renunciaron, y entre los que aún siguen su lucha contra la injusticia. Ahí, en esa nostalgia, pero sobre todo en esa dignidad dispersada por la genética del hombre y la mujer cubana, está probablemente el secreto de su sobrevida.

Demasiado noble por entender su mundo, demasiado porfiado, acabó encarnando un personaje como Nicanor. Acostumbrado al rigor de la academia, o por lo menos a su vértigo, presto demasiado interés a esa confiable estadística de la realidad que es la espiritualidad de un pueblo. Hay que hacerlo.

En los próximos tres años las sillas vacías de ese hombre nuevo tendrán que ser ocupadas. Hoy están vacías. No puedo dejar de recordar la profecía de Jorge Terrero, que me dijo con una anticipación fuera de éste mundo: vendrán tiempos de fieras y surgirá un oficio, amolador de colmillos. Demasiado joven, en aquel entonces para entenderlo – el también lo era-, viví lo suficiente para entender que los amoladores de colmillos habían existido siempre en la patria del oportunismo, implacables.

Por todo el país andan ya juntándose, conociéndose, haciendo sus aprendizajes, una generación que tendrá que hacer la política nueva que Cuba necesita. Se inventa a ella misma. Refundar un sueño implica siempre todos los riesgos y ninguna certeza, salvo las que provienen de la posibilidad cierta de la derrota. Tiene una sola oportunidad en el tiempo histórico, y contra ella conjuran los peligros de los egos, de las ambiciones, de la falta de unidad y de valor, tanto como los que provienen del enemigo. Arriesgarlo todo es, sin embargo, la única consigna bajo la que puede juramentarse.

La cuarta Revolución será, si es, continuidad de las otras, pero expandirá, como cada una de ellas antes, las fronteras de la otra. Las sillas del hombre nuevo están vacías, hay que ocuparlas, y no cabe errar, es ahora.