Martí hoy ¿igual que ayer?

Por: Guillermo Carmona Rodríguez, estudiante de Periodismo.

Al encender la televisión con el primer bostezo de la mañana, tropiezo con la máxima “ser culto es la única manera de ser libre”.
Cuando me dirijo a mi centro de estudio, a través de una verja observo a un grupo de niños cantando “cultivo una rosa blanca en julio como en enero, para un amigo sincero…”

En el aula, desde un rincón un sitial homenajea a un hombre atemporal.

José Martí orbita en la rutina de cada cubano. Sus frases nos asaltan desde una bodega hasta en la peña literaria con los intelectuales más avezados.

Su nombre lo pronunciamos con la misma facilidad con que decimos “asere qué bola”.

Tal vez la sobredosis de su presencia ha desbordado a muchos. El Apóstol ha sido enarbolado tanto que ya causa hastío.

Sus méritos están más allá de la duda. Su amor sublime por la humanidad y su intensa luz de estrella le dan la cualidad de lo eterno, de lo bello y lo divino.

“Honor a quien honor merece”, pero como mismo las épocas se empujan unas a otras, las formas de rendir reconocimiento deben variar. Cambiar las estrategias mediante las cuales se enseña su ejemplo, sería darle nuevo aliento.

Ante lo gastado de la historia oficial, la población recurre a mitos para rellenar la escasez de originalidad. No es raro oír sobre las proezas amatorias del Maestro junto al escritor colombiano José María Vargas Vila, de su adicción a la ginebra o sobre la reunión realizada a puertas cerrada en la Mejorana.

Encontrarle el lado humano a una personalidad puede ayudar a comprender mejor su pensar y actitud.

A veces bajar de los altares a los héroes es una táctica eficaz para acercarlos a aquellos que los miran desde el suelo.

“Los Educadores a disposición de la Patria”
Primera Conferencia Nacional del SNTECD