El prisma Marxista y el amor martiano

MartíPor: Frank García Hernández (Especial para LJC)

“Marx se preocupaba tanto de los hechos económicos como de su traducción en la mente. Él llamaba eso un ‘hecho de conciencia’. Si el comunismo descuida los hechos de conciencia puede ser un método de repartición, pero deja de ser una moral revolucionaria”

Ernesto Che Guevara

 Los que hemos conversado con Fernando Martínez Heredia, sabemos que gusta de terminar recordando a los jóvenes que la Patria nos contempla orgullosa. Después del 17 de diciembre, quizá la Patria nos contempla-observa-, meditabunda y orgullosa. Meditabunda, pues se sabe compelida a uno de sus más difíciles derroteros que ha tenido desde que nos fuimos sintiendo cubanos. Orgullosa, pues se satisface en las maneras que tanto nuestra dirigencia, como la ciudadanía, ha sabido colocarse ante la historia.

Para mi generación, los nacidos a comienzos de los ochenta, el parangón ideológico se torna difuso en un mapa donde se desdibujan fronteras, no ya para consumar el sueño marxista- conste que para Marx el comunismo era un movimiento, una sociedad, nunca un Estado-, sino para imponer el de las transnacionales del capital. Estamos, por demás, marcados por el colapso del socialismo de la Europa del Este, donde la Unión Soviética tiende a ser encontrada hoy con más frecuencia en los video juegos y documentales de un exprofeso olvido histórico, o, demolida por la inquisición de los manuales, surgidos a raíz de la negación de sus líderes bolcheviques a un costo letal. Aquellos modelos que balancearon el planeta por varias décadas, estrábicos como resultaron sin excepción, y por sus estrabismo se difuminaron antes de concluir el siglo del pistoletazo de Sarajevo, produjeron, en ocasiones comprensible, una negación del marxismo y sus corrientes, ya fuesen revolucionarias o dogmáticas.

Inculpar a mis coetáneos del rechazo a ahondar en las obras de Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Gramsci o el conjunto del marxismo latinoamericano, no guarda algún raciocinio. A Lenin nos lo deformaron, a Trotsky lo excomulgaron, Rosa y Nino, quedaron aun más alejados, siendo en no pocos casos la primera sustituida por la imagen –y siempre solo la imagen- de Clara Zetkin; el otro, olvidado al punto de arribar el estudiante a niveles de posgrado en la enseñanza y ser uno de sus grandes ausentes teóricos.

El marxismo en cápsulas no es un remedio, ni santiguarse ante las imágenes de los santos patronos de la ideología trae consigo, como por obra divina, el conocimiento para discernir el camino. En cierto lugar estuvieron –siempre- los libros de los ocultados, si así no hubiera acontecido, cómo entonces unos pocos le estudiaron y a contrapelo del gusto de los dueños de la historia, los divulgaron. Andreu Nin durante la Guerra Civil Española tradujo al castellano La revolución traicionada, de Lev Bronstein; Cornelius Castoriadis creó el grupo Socialismo o Barbarie, que promovió el pensamiento rosaluxemburguista y el consejismo; Antonio Gramsci llega a los cubanos del siglo XXI gracias a cierto libro del profesor Jorge Luís Acanda; la silenciada publicación Pensamiento Crítico no hará muchos años fue antologada por su antiguo director.

Al principio está Cuba. Con Cuba está su hijo universal: el Apóstol. Existen  otros cubanos muy grandes que no los tiene la historia como ese tabaquero que donaba casi todo su salario para la causa independentista y seguía trabajando en Tampa. Está el joven quien nunca habló en la celda de tortura, quedó sordo de un oído, el lagrimal roto y hoy no tiene ni una lápida, porque no murió como héroe, sino que siguió haciendo la revolución muy de silencio. En  ambos va el espíritu de Martí, el que se ofendía cuando en el campo insurrecto le llamaban: Presidente, y hasta el cargo de Delegado del Partido Revolucionario Cubano estuvo dispuesto a poner a disposición, por entender que el orgullo de algunos otros podrían mellar “las formas que asegurarían y acelerarían su triunfo”.

 Y las obras completas de José Martí no solo las tenemos en las bibliotecas, se imprimen las ediciones críticas. No basta con las antorchas.

Con justeza se nos ha convocado a la marcha unida, no la entendamos en la pobreza de lo unánime. Contemplar orgullosos a la Patria, es sentarla a nuestra mesa de trabajo, nunca colérica y sí reflexiva, es saberla comensal de nuestro sufrido ajiaco, sin echar a un lado las especias y sentir que ni resulta lejana o inalcanzable, tal sería el gusto de los cubanos equivocados.

Que nuestro prisma marxista se construya con el amor martiano.