El precio de la nostalgia

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Isabel Alfonso, Michael Bustamante y Harold Cárdenas

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Ponencia sobre la integración de los emigrados cubanos en el desempeño del país, presentada en Washington en el evento “Cuba and the United States in Times of Change”.

Cuando hice los trámites de VISA para venir acá me hicieron una pregunta que supongo sea estándar: “¿tienes familia en Estados Unidos?” La respuesta fue poco común: NO. El funcionario que me entrevistaba se quitó los espejuelos y mientras los limpiaba me dijo: “¿estás seguro? En Cuba casi todos tienen familiares allá”. Le sonreí y afirmé sin dar demasiadas explicaciones.

No podía decirle en ese momento que para los cubanos hablar de eso implica una carga emocional inevitable. Yo me he quedado prácticamente sin amigos debido a este fenómeno. En la Isla he visto familias destruidas por el tiempo y la distancia, además de muchísimos muertos en el mar que aún esperan ser contabilizados e identificados públicamente. Es por eso que cuando convocan a un encuentro como este, que puede contribuir a un mayor acercamiento de nuestros emigrados en la vida de Cuba, no se titubea o se piensa dos veces porque cualquiera de nosotros puede ser uno de los que se marchó o tuvo que despedir un familiar.

La historia de la humanidad es una historia de emigrados: si el Homo Erectus apareció en África, el resto de la población mundial (incluidos todos los presentes en esta sala) es descendiente de emigrantes en su totalidad. La Biblia nos narra otras migraciones célebres, desde Adán y Eva siendo expulsados del Paraíso Terrenal hasta la huida del pueblo judío de Egipto acompañados por Moisés. La búsqueda de la Tierra Prometida es un fenómeno recurrente en la naturaleza humana.

Vidas paralelas

Me parece importante aclarar que la emigración cubana no ha sido homogénea, sucesivas oleadas migratorias con características distintas han creado una comunidad en Estados Unidos en la que existen diferentes intereses generacionales. Han quedado atrás los tiempos de la Guerra Fría en que las diferencias políticas eran una causa importante. La inmensa mayoría de los emigrantes que conozco lo han sido por motivaciones económicas, aunque supongo que se hayan marchado también personas por discrepancias con el sistema político del país.

Quizás uno de los aspectos más distintivos del hecho migratorio en la Isla desde hace décadas es la connotación política que le han conferido ambos gobiernos, recordemos por un momento las especiales circunstancias de la década del 60. La invasión de Bahía de Cochinos no se interpretó en Cuba como una agresión al gobierno sino a su pueblo. Este fue un acontecimiento más que justificó un discurso de confrontación que en las décadas siguientes cambiaría muy poco. Ello significó que abandonar Cuba para marcharse a Estados Unidos se viera como un acto de traición, de dejar a los suyos para irse con los agresores, con “el enemigo”. Es por eso que muchos se marcharon resentidos con la Isla y/o sus gobernantes, sin mirar atrás.

Este matiz político fue utilizado también por Washington, que desde entonces planteó la emigración en términos de “ciudadanos que escapan de un país totalitario hacia la democracia” (olvidando a México, El Salvador, Haití y muchas otras fuentes migratorias de la región) para justificar así su política de embargo a la Isla. El tiempo fue pasando y los daños de esta malograda relación bilateral fueron las familias que en ambas orillas demoraron décadas para conseguir una mejor relación. La soga siempre se rompe por el lado más débil y este por lo regular es el pueblo.

El discurso que utiliza la emigración como arma para la confrontación fue debilitándose cada vez más, y en los últimos diez años ocurrió en Cuba un proceso sociológico y político que legitima la emigración como derecho inalienable. La inserción de los emigrados en la realidad cubana es un hecho en aumento y las cifras muestran cómo algunos comienzan a regresar a un país al que ya consideran distinto. La Ley de Ajuste Cubano, que brinda un tratamiento especial en Estados Unidos a los migrantes de la Isla por razones políticas, es un dinosaurio legal que solo se sostiene por su conveniencia.

Mientras la realidad va cambiando, la política de los gobiernos aun va rezagada respecto a ella en aspectos significativos. Cuba es posiblemente el único país del mundo donde personas que han salido de él y se califican como “exiliados” en Estados Unidos, pueden regresar de vacaciones y descansar allí con su familia, incluso durante los últimos años algunos han adquiridos viviendas en la Isla y hasta han invertido dinero en los sectores económicos emergentes.

El camino transitado para llegar hasta aquí tampoco ha sido un lecho de rosas. En décadas pasadas la intolerancia política y el contexto provocaron actos de repudio a los que emigraban mediante los cuales se les lanzaban huevos y se les gritaba ofensas. Junto a religiosos, homosexuales y rockeros, el emigrante y su familia vivieron momentos muy amargos. Vale destacar que este comportamiento, aunque convocado por el gobierno, también gozaba del beneplácito de algunos sectores sociales; emigrar era “rajarse”, una muestra de debilidad ante el imaginario popular.

Recuerdo que en mi adolescencia debíamos sancionar simbólicamente en el aula a los compañeros nuestros que abandonaban el país. No importaba su edad, el hecho de que quizás emigraban contra su voluntad o muchos otros matices posibles; debía rechazarse esa traición. Este simbolismo nunca fue más que una formalidad para nosotros, el sentido común o la intuición provocaba que los chicos no lo tomáramos en serio. En la actualidad eso ha cambiado mucho, el respeto a la emigración impera en Cuba y solo queda crear espacios para que esta pueda participar con mayor efectividad en la construcción de un país mejor.

La otra orilla

Resulta un hecho comprobado la interrelación entre la Isla y su comunidad emigrada, especialmente en Estados Unidos. En la Florida se ven programas de la televisión cubana y viceversa. Por otro lado, los invito a visitar tiendas con piezas de automóviles soviéticos en Miami. ¿Quién compra estas piezas y para qué otro destino que no sea Cuba? Lo que las leyes del embargo han dificultado en materia de restricciones, ha chocado siempre con la voluntad y la creatividad de los lazos entre ambas orillas.

La comunidad cubana en Estados Unidos ya no es la de antes. Sus intereses han cambiado radicalmente por la presencia de nuevas generaciones que no tienen el lastre de un pasado de confrontación y han contribuido a generalizar una relación normal con la Isla. Se sabe que la mayoría de esta comunidad apoya el acercamiento a Cuba y gracias a los sucesos del 17D una relación mejor se ve en el horizonte. Los cubanos hoy tampoco son los mismos de hace tres décadas.

El sector más agresivo respecto a la realidad cubana, al igual que los sectores más conservadores en el aparato gubernamental en la Isla, se caracterizan por estar anclados a un pasado de enfrentamientos y rencores. Quizás sea hora de hacer tabula rasa con las cicatrices y sin olvidar las lecciones del pasado, pensar en el presente y en el legado de nuestros hijos. Debemos tener en cuenta que hay fuerzas en ambas orillas que se benefician del discurso de confrontación, que harán todo lo posible para sabotear los puentes que tratemos de construir. Los emigrados cubanos deben jugar un papel un papel cada vez más importante. Su integración en la realidad del país debe ayudar a moderar los discursos más recalcitrantes.

Entonces, ¿cómo debe ser la relación de los emigrados con su país de origen? ¿Qué podemos esperar de ellos los residentes en la Isla? Todos tendríamos que pasar página respecto a rencores y prejuicios. Igualmente, los residentes en el Archipiélago debemos asegurarles espacios cada vez mayores y ellos deben esforzarse por comprender su importante rol en el proceso de cambios que está ocurriendo en el país. Esta inserción debe ocurrir sin segundas intenciones o condicionamientos políticos, sino sobre la base de lograr un país con mayor desarrollo que beneficie tanto a los cubanos dentro como fuera de sus fronteras.

¿Los últimos días de la nostalgia?

El 17D Cuba y Estados Unidos abrieron una nueva página de acercamiento que conmocionó a la generalidad de los cubanos. El día siguiente también fue de júbilo y, además, estuvo cargado de un simbolismo extra, porque el 18 es el Día Mundial del Emigrado. El presidente Obama dijo que él nació cuando comenzaba el conflicto entre ambos países. Qué podremos pensar nosotros, los jóvenes que nacimos durante el declive de la Unión Soviética. Somos una generación que heredamos el conflicto de la Guerra Fría, la crisis ahondada por el derrumbe del campo socialista, y las consecuencias internas que todo esto generó, sin la suficiente capacidad para revertir estas circunstancias.

Lo que la naturaleza acerca geográficamente, las leyes de los hombres y la política han tratado de separar lamentablemente. He conocido la nostalgia de los emigrados y el alto precio que pagan por estar lejos de su país. Asimismo he sentido el desgarramiento de quienes ven partir a sus familiares y amigos, lo cual además empobrece al país en todos los sentidos. En este instante, quiero dejar constancia de que muchos cubanos, en la Isla y en el extranjero, comprendemos esta circunstancia, y por ello hemos defendido el derecho del emigrado a participar del destino de Cuba. Nos reconforta saber que los últimos acontecimientos ratifican que el tiempo está de nuestra parte.