Para que la lista juegue con el billete.

revolucion

Por: Delio G. Orozco González. Historiador

Por más que se pretenda huir del tiempo este siempre nos dará alcance, algo similar sucede con la inusitada situación que, cual extraña bruma, envuelve el panorama socio-político de Cuba. Durante cinco décadas los cubanos batallaron y con sobrada razón para eliminar el bloqueo; claro, después de desaparecida la Unión Soviética la lid se volvió más ingente pues el dogal apretaba como nunca antes; sin embargo, remedando la ley física de que a toda acción corresponde una reacción, mientras más se acosaba la isla más resistía esta, la imagen del hombre que golpea con furia el jan describe de modo inmejorable la situación: “A la estaca, mientras más le dan, más se encaja” y así vivió, sobrevivió y aún vive el pueblo cubano, en un ambiente de plaza sitiada que, poco a poco y especialmente después de la aguda crisis de los años 90, ha visto como los cimientos de la muralla comienzan a ceder.

«La vida siempre encontrará su camino», sentencia con sabia imbatible el personaje del matemático en la primera versión de la película «Parque Jurásico», mientras el día a día, junto a la innata rebeldía del isleño, las sugerencias de amigos, la denuncia de errores y excesos y la adecuación a las nuevas circunstancias, hicieron posible el inicio de una apertura en la cual -como solución coherente y natural-, el país volvió la vista a sus orígenes, privilegiando en el nuevo rediseño a fundadores, cultura, historia y ambiente (el Caribe y la América hispanolusitana), apartándose de los ya no tan necesarios «arcontes y polemarcas de Grecia»; no obstante, como reza el viejo refrán: «A Zamora no se apresa en una hora», la resistencia al cambio junto a lo infartado que está en el tejido director de la sociedad ideas y conceptos válidos para tiempos ya idos, impidieron que -desde dentro-, se pudiera crear un ambiente que preparara al país para el momento que ahora vive: hemos llegado casi a la cima; empero, la abulia, el desinterés social, el cansancio en unos y el privilegio que a la cosa individual en detrimento de la pública le dan otros pareciera decirnos que ya no tenemos razón para seguir. La idea fuerza que nos animaba, el combustible que nos energizaba, el sueño que nos catalizaba parece haberse extinguido y con ello lo que nos empujaba cuesta arriba. Esta inercia es el precio de fijar la marcha por un solo sendero ignorando que en una caminata en la que intervienen más de 10 millones de seres humanos, hay distintos ritmos y estilos de marcha y que la inmensa mayoría de los caminantes amaba y ama a su país porque a pesar de los pesares se les dio pan, educación, salud, paz pública, oportunidades y respecto a su dignidad confirmando la máxima martiana de que «el gobierno más aplaudido es el que mejor satisface las necesidades de sus gobernados»; pero, si bien es cierto que sin pan no se vive -ahora escasea y cuesta más-, solamente de este no se vive: quien pretende gobernar hombres debiera saberlo.

Antes del anuncio de la normalización de las relaciones con Estados Unidos, la mirada estaba fija en el destino de la isla al desaparecer la Generación del Centenario, autora de la Revolución Cubana proceso este que dolió a una minoría. Preocupaba a la mayoría la repetición de copias y calcos y más que ello, el daño permanente de una corrupción y oportunismo brutal que de la noche a la mañana hizo millonarios a funcionarios y dirigentes políticos en la extinta URSS porque el bandazo fue totalmente a estribor; no obstante, nadie podía imaginar que el 17 de diciembre de 2014 -aunque buscada con ansiedad desde hace medio siglo-, una poderosa variable interviniente hiciera acto de presencia en la ecuación cubana complicando su solución. No obstante, como las cosas suceden cuando acontecen y no cuando se desean, habrá que aprender a despejar contando con ella porque a fin de cuentas se trabajó o mejor, resistió para que la misma pudiera estar presente entre los factores; en tanto, su cercanía y peso específico aún es notable y resulta esencial para que el resultado no sea irracional; o sea, que todos los factores presentes (ganados) no sean reducidos a menos de cero pues en verdad el aguante no podía dilatarse mucho tiempo más; por ello, resulta explicable la airada reacción ante la nueva circunstancia de los que, desde fuera, y a favor de una minoría, siempre han tratado de resolver el problema cubano. Hasta Vargas Llosa, que tiene plantada recia porfía ideológica contra el gobierno de la isla, se congratula del acuerdo entre Raúl Castro y Barack Obama porque, como ser humano: “La elección era entre que Cuba continuara empobreciéndose y los cubanos siguieran sumergidos en el oscurantismo, el aislamiento informativo y la incertidumbre; o que, gracias a este acuerdo con Estados Unidos, y siempre que termine el embargo, su futuro inmediato se aligere, gocen de mejores oportunidades económicas, se les abran mayores vías de comunicación con el resto del mundo, y, -si se portan bien y no incurren por ejemplo en las extravagancias de los estudiantes hongkoneses- puedan hasta gozar de una cierta apertura política. Aunque a regañadientes, yo también elegiría esta segunda opción.”

Yo concuerdo con Vargas Llosa, pero discrepo con él en que «-si se portan bien y no incurren por ejemplo en las extravagancias de los estudiantes hongkoneses- puedan hasta gozar de una cierta apertura política», porque la libertad individual, los derechos civiles y la democracia social no es un regalo; sino, una conquista del hombre por la cual el pueblo cubano ha peleado denodadamente desde Hatuey hasta hoy y a la cual tiene derecho a disfrutar. El gobierno que, a estas alturas, quiera secuestrar o hacer retroceder lo logrado tiene los días contados y la Revolución Cubana, sin duda alguna, ostenta la obligación cívica e histórica de trabajar por superarse así misma y emparejar la libertad que sublimiza con la justicia que satisface -su mejor carta de presentación-, para por esta vía completar su misión histórica legando a las generaciones venideras un referente. Aquí radica, principalmente, el recelo con el cual se ha recibido la noticia del mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos; o sea, el temor de un giro a la derecha y la abolición del postulado martiano de que es «preferible el bienestar de muchos a la opulencia de unos pocos».

La mala calidad y carencia de productos y servicios, la imposibilidad de acceder a estos por insolvencia salarial, la inflación, la reducción de oportunidades, la angustia diaria por llevar el pan a la mesa, en fin, el retroceso del nivel de vida del cubano y con ello la exacerbación de vicios potenciados por la connivencia y la toxicidad de la corrupción, resultado de dos causas esenciales: el bloqueo y nuestros yerros, han ido contaminando el tejido social, socavando el interés público, agotando las energías y la fe de muchos, aumentado el descreimiento en lo institucional y disparado los índices migratorios; tal pareciera que el legado de 1959 ha de expirar cuando Raúl Castro abandone la presidencia; sin embargo, la Generación del Centenario, encarnada en él, todavía puede, debe y tiene la autoridad moral e histórica para completar el ciclo revolucionario a la manera en que fue concebida desde el momento en que decidieron iniciarla con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes. Dar prioridad y solución a estos asuntos deviene tema de seguridad nacional. A su favor tiene el hecho de que, como el bloqueo no puede ser retirado de inmediato, la ampliación de las libertades individuales, un mayor y real empoderamiento del soberano, la amplificación de la sociedad civil, la conversión de la prensa en cuarto poder e instrumento de control popular y la democratización del acto gubernativo pueden llegar a los cubanos no como como moneda de cambio o concesión; sino, como natural capacidad de la Revolución para renovarse, prolongarse, sobrevivir en el imaginario popular y servir de referente socio-político cuando sus erectores ya no estén. Será muy difícil hablar de revolución, como le es harto difícil a los rusos y ex-socialistas europeos hablar de ello, si no logramos satisfacer el bullir patrio que se agita en las calles, en el barrio, en el hogar de cada cubano, renovar la fe, levantar el ejemplo ante los descorazonados, entusiasmar a los jóvenes y estimular el orgullo de proclamarse, sin jingoísmo alguno, cubano.

Mas, los cambios predichos deben quedar estampados en la Constitución para que, desde el estado de derecho puedan ser defendidos toda vez que los tiempos que corren no se avienen -por un sinnúmero de razones-, a la época de exigencias armadas. Resulta este tema, el de la actualización constitucional, de urgencia extraordinaria toda vez que permitirá legitimar ante cualquier foro o tribuna lo alcanzado por la Revolución tanto en el plano económico como socio-político, dejando garantizado para un futuro no solo el tiempo de mandato para la primera magistratura; sino, las adecuaciones que partiendo de sí misma han de democratizar la sociedad y deslegitimar, por este misma razón, cualquier pretensión de convocar a una Asamblea Constituyente alegando falta o carencia de derechos civiles, políticos y democráticos. A fin de cuentas, es Fidel Castro quien elaboró un concepto de Revolución que se sostiene, cual columna vertebral, en la necesidad de cambiar todo lo que deba ser cambiado porque, como revolucionario cabal que es, entendió que lo único eterno es el cambio: cambiemos entonces para que tanto hoy como mañana, la lista juegue con el billete.

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