Espuma


Si dijera que durante los años más duros del Período Especial pasé hambre mentiría. No viví yo las historias del picadillo de cáscara de plátano, ni el fricasé de gato. Me enteré mucho tiempo después que para comprar una hamburguesa había que tener carné de identidad y que la gente apaciguaba el dolor punzante en el estómago con aguazuca.

En casa sobrevivimos gracias a las flacuchas vacas de mi papá. El viejo se levantaba en la madrugada y las ordeñaba, aunque el fango le diera por las rodillas, o estuviera lloviendo. En el cubo de aluminio caía tibia la leche, tan blanca, tan espumosa, apetecible. No era mucha, porque salvo Ubre Blanca la milagrosa, aquí a las vacas les cuesta llegar a 10 litros en un ordeño, pero alcanzaba para el desayuno y, un día a la semana, un queso.

Con queso sobrevivimos, y con mantequilla. Llegó el día en que la aborrecí y en la escuela cambié mi merienda por un pan con azúcar. En ese entonces no sabía que era un privilegio, porque aquella no era época de privilegios.

No pasamos hambre, pero había escasez. Mi mamá hacía malabares para que la flauta de pan alcanzara para todos y con las papas (¡había papas!) inventaba recetas que distaban en nombre, mas no en el sabor. A fin de cuentas, los modos de preparar el tubérculo no sin ilimitados, y hubo mucho tiempo para experimentar.

Mi madre encendía el carbón, en un fogón improvisado, y se paraba a su lado con un sombrero viejo a avivarlo. Cuando la brasa estaba al rojo vivo ponía la olla, dejaba caer un poquito de mantequilla, un diente de ajo, y las papas en rodajas; unos minutos después teníamos sobre la mesa un plato de alta cocina, algo que ella llamaba Papas a la Boloñesa, o Papas a la Marsellesa, como si el nombrecito francés alterara la esencia. Pero como el Período Especial no lo era solo en lo material, había que sobrevivirlo también en lo simbólico.

Tal vez por eso, cuando pienso en aquellos años, el más vívido ejemplo no es el de la comida y el hambre. Para mí, el Período Especial se resume al detergente. Asimilado ya el hecho de que no teníamos champú y, en su lugar, usábamos jugo de limón o vinagre para suavizar el cabello, la anécdota del detergente me hizo poner más aún los pies en la tierra a mis escasos 11 años.

¡Mami este cubo está embarrado de fáaaaa!, grité mientras corría con la vasija de aluminio en las manos para mostrar mi hallazgo. A mi madre casi se le salen las lágrimas y, con una mueca entre risa y derrumbe, me dijo que no, que era imposible, que ella no se acordaba desde cuando no había detergente, que debía ser algo más. Y en efecto lo fue. El cubo estaba embarrado de leche y cuando empezó a caerle el agua, halada del pozo, hizo espuma.

(Tomado de La plaza de Sayli)

La Joven Cuba lo toma de Progreso Semanal