Las familias sostienen los sueños de campeones.


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Julio Batista • 25 de agosto, 2014

LA HABANA. Por décadas la pirámide deportiva en Cuba se sostuvo sobre la base de la masividad fomentada por una política de estado que aseguró entrenadores, terrenos, materiales y un amplio sistema de competencias para todos los niños que soñaban con ser campeones.

Sin embargo, el desgaste económico de los últimos veinte años tuvo su reflejo inmediato en esa estructura. Comenzaron a escasear los implementos, el transporte y descendió el número de disciplinas practicadas. Así, a falta de sponsors en la concepción socialista del deporte amateur, los padres tuvieron que asumir un rol central en la formación deportiva de sus hijos.

Según constata Yulien Aguiar Quintana, entrenador del equipo de béisbol Sub-18 de Centro Habana, “el papel de la familia es esencial en los primeros años, y lo sigue siendo después cuando los jugadores crecen”. Aguiar, quien tiene la base de su plantilla en el combinado deportivo (CD) José María Pérez, más conocido como “El Pontón”, explicó también que la figura de los padres ha cobrado vital importancia para enfrentar los escasos recursos con que cuentan los profesores de estas áreas.

Verdades a voces

Desde la doble experiencia como padre de atletas y exdirectivo del INDER, Armando Rivero argumenta que en las actuales circunstancias el país no puede asegurar los medios elementales para sostener el deporte en la base: “primero lo viví como director, pues raras veces pude entregar implementos a las categorías inferiores. Luego fue como padre, pues mis dos hijos juegan pelota, y comenzaron a hacerlo a mediados de los años 90”.

Todos —entrenadores, padres, directivos y alumnos— coinciden en que el abastecimiento de productos deportivos es muy limitado. No se trata de un fenómeno nuevo, pero este se agudiza con el alto precio de las ofertas de las tiendas recaudadoras de divisa, sitio al cual se dirigen muchos para adquirir los implementos.

“Es cierto, el INDER pone el profesor y el terreno para entrenar, pero el resto corre por los padres”, asegura Carlos Oramas, quien por seis años siguió a su hijo por todas las competencias, entrenamientos y desilusiones de las categorías menores. “En ese tiempo nunca le dieron nada al equipo: trajes, tacos, guantes, y muchas veces hasta el transporte para las competencias… todo eso lo conseguíamos o comprábamos nosotros”, explicó.

La situación no cambia mucho cuando un niño es seleccionado para entrar a las Escuelas de Iniciación Deportiva (EIDE), explica Beatriz Luzardo, esposa de Armando. “A las exigencias normales de la beca se unen las propias del deporte. Como se entrena más se gasta más ropa y zapatos, formar atletas de alto rendimiento es caro y hoy una buena parte es responsabilidad de los padres”, asegura.

Otras variantes usuales se basan en el apoyo de familiares en el exterior, quienes funcionan como proveedores de algunos implementos muy costosos o difíciles de conseguir en la Isla; asimismo, está el mercado artesanal en el cual es posible encontrar ofertas —casi siempre relacionadas con el béisbol— de buena calidad y precios más asequibles que en las tiendas.

Sin embargo, con otras disciplinas deportivas no existen tales alternativas y en esos casos los precios resultan casi prohibitivos.

Jamás olvidaré la cara de Yosvani Martínez, cuando dos años atrás lo encontré mirando un entrenamiento de tenis de su pequeña hija Roxana. Era una mañana de 2012 y la niña devolvía feliz las pelotas que boleaba su entrenador Frank de la Portilla en las canchas de la Ciudad Deportiva.

Yosvani confirmó lo delicado del tema. La raqueta de Roxana fue un regalo de un amigo (una raqueta regular de tenis puede costar más de 100 dólares en las tiendas habaneras), pero siempre quedaba el tema del calzado. Por su parte, Frank de la Portilla aseguró entonces la imposibilidad de realizar una convocatoria abierta para iniciar nuevos practicantes en el área deportiva, pues “el niño que quiera comenzar a practicar debe venir con su raqueta, porque no tenemos para darle una”.

La experiencia se repite. No importa que sea en La Habana o en Melena del Sur, en la llanura de Mayabeque. Lo cierto es que, sin otra fuente de ingresos, padres y amigos han asumido el rol de inversores en este campo, una práctica a riesgo que no siempre da los dividendos esperados.


La familia como puntal

“Si los padres no tuviesen la presencia que hoy tienen en el deporte, todo este movimiento hay sería imposible”, aseguró Aguilar minutos antes de que su equipo partiera a disputar el campeonato provincial de La Habana. Aunque también aseguró que hay una buena dosis de disfrute en los padres, quienes reviven sueños en los muchachos.

Carlos y Armando sienten lo mismo. Ambos jugaron béisbol en su juventud y luego regresaron a los estadios para apoyar a sus respectivos hijos desde las gradas. “Hubo momentos en los que dejaba de trabajar para dedicarme solo a la pelota, a viajar con el equipo a las pocas competencias que tenían durante el año”, asegura Carlos entre sonrisas.

Mientras, Armando y Beatriz rememoran los tantos viajes a provincia con sus dos hijos, las anécdotas de los juegos, las peripecias para que a Armandito y Adrián no les faltara nada en la EIDE, las contribuciones de amigos y familia, todo cuanto hicieron para apoyar sus deseos de jugar al béisbol.

En esas primeras edades los aficionados más fieles son los padres, quienes persiguen a sus “estrellas” por todas partes, acompañando a sus hijos sin descanso. “Al final nosotros formamos otro equipo, el de apoyo. Un fin de semana en Villa Clara, otro en Cienfuegos… porque al final aún son niños y no quieres dejarlos solos”, asegura la pareja.

Resultados de una inversión

No todas las expectativas consiguen concretarse en el deporte. Necesitan conjugarse diversos aspectos: el físico correcto, el entrenamiento adecuado, la perseverancia, el talento, la familia. Por eso resulta normal que muchos abandonen a mitad del camino, cuando resulta evidente que su futuro no está en las canchas, o cuando el apoyo —institucional o familiar— no puede seguir sosteniendo un sueño.

Para Carlitos la historia del béisbol terminó cuando entró a la secundaria básica. Sus primeros entrenadores ya no estaban en Cuba —por misiones de trabajo o por haber emigrado—, el nuevo director del conjunto apenas tenía tiempo para atenderlo (por sus otras funciones dentro del INDER) y muchas veces los mismos padres se hicieron cargo de las prácticas.

“Fueron casi seis años. Pasaba por mi trabajo cuando salía de la escuela, se cambiaba de ropa y se iba a entrenar. Más tarde su mamá o yo íbamos a recogerlo, pues casi siempre terminaba después de las 6:00 pm. Cuando todo comenzó a empeorar, él mismo me dijo que lo dejaría: era demasiado sacrificio para nada. Soy realista, mi hijo no es el mejor atleta, ni posee un físico impresionante como para tallar en él un deportista. Ahora está en séptimo grado y quiere ser médico.

“Hubiese preferido que siguiera en el béisbol. Aunque al final no fuera pelotero profesional, allí tenía un espacio tranquilo, bueno para el deporte y la educación que son fundamentales a esa edad. Y porque lo disfrutaba. Pero ninguno de los dos podía soportar más las condiciones, y entonces lo dejamos”, explica Carlos.

La historia de Armandito y Adrián fue diferente. Los años de entrenamiento y entrega rindieron fruto: ambos lanzan hoy en organizaciones profesionales de los Estados Unidos, tras haber participado por más de diez años en eventos nacionales en Cuba. Armandito, el mayor (firmado por los Cubs de Chicaco), fue campeón de la Serie Nacional con el conjunto de Industriales en 2010 y Campeón Mundial Universitario en una plantilla en la que resaltaban otros nombres como Yoennis Céspedes y José Dariel Abreu. Adrián (ahora con los Dodgers) no llegó a pitchear en Series Nacionales.

“Yo estaba en Venezuela de misión cuando recibí la llamada desde Dominicana”, cuenta su padre. “En la casa nunca se habló de pelota profesional o las Grandes Ligas como una meta, pero esa fue su decisión y se las respeto. Me siento orgulloso por ellos como jugadores, porque siguieron su vocación y triunfaron en lo que les gusta”.

Allá en Melena del Sur, Armando recibe casi a diario noticias de sus hijos por las más disímiles vías: correos electrónicos, llamadas, estadísticas actualizadas, comentarios de amigos. Para él es una forma de seguirlos apoyando, y aprovecha cualquier espacio para darles consejos, velar por su entrenamiento y estado de ánimo. “Lo que has hecho nunca te parece suficiente y siempre intentas ayudarlos pues, sin importar la edad, la familia es un puntal insustituible en un jugador”.

Pensar el deporte en Cuba hoy sin los padres sería imposible. Son ellos quienes mantienen vivos (como pueden) los sueños de los campeones, apostando a riesgo en una carrera sin final predecible. Todo se basa en construir un futuro: después de un tiempo algunos comienzan a pagar repasos y cursos de idiomas para sus hijos; otros siguen comprando spikes.

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Tomado de Progreso Semanal