Un año más, Fidel.


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Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Escribir algo honesto sobre Fidel es complicado, de antemano sabes que si renuncias a la apología o la difamación habrán muy pocos que vean con buenos ojos el escrito, así que lo que viene a continuación es un ejercicio casi suicida…

Mi generación no conoce al Fidel Castro guerrillero, nunca lo escuchó hablar en la Plaza de la Revolución con una paloma al hombro ni lo vio bajar de la Sierra Maestra. La imagen que tenemos sobre él es muy injusta, está permeada por la indetenible vejez y el desgaste político de alguien que durante décadas se echó sobre los hombros los destinos de un país, con todas las glorias y penas que esa responsabilidad significa. Mi generación tiene que hacer un arduo ejercicio a la hora de valorarlo porque la imagen que nos ha llegado está deformada por el tiempo y el contexto. Mi generación conoce poco a Fidel.

Fuimos los últimos testigos que coincidieron con él en la historia de este país. Hubiera sido emocionante verlo en la Caravana de la Victoria o en Playa Girón pero nos tocó presenciar su aparición en una televisión que lo favorecía bien poco. Hubiera sido tremendo estar entre el pueblo que él tocaba con sus manos cuando caminaba por los barrios pobres sin preocuparse por su seguridad personal pero cuando vinimos a tener conciencia política ya era demasiado tarde, la edad comenzaba a causar sus estragos y sus salidas públicas eran cada vez menos. Creo que me quedaré con las ganas de verlo personalmente, de ver si me ocurre como a Daniel Chavarría y me pongo todo nervioso en su presencia, me quedaré con las ganas de verlo y viviendo en su misma época es algo imperdonable.

No entendemos aquella frase tan común de “¡Comandante en Jefe ordene!” aunque quizás hubiéramos dicho igual si hubiéramos estado en el lugar de nuestros padres. Los tiempos son distintos y las personas también. Mi abuelo es un combatiente también que nació un 15 de agosto el año siguiente al de Fidel, con él me une una relación semejante a la que comparto con el líder, a veces tenemos desavenencias e incomprensiones pero nos une algo más importante y es sentirnos parte de algo, ya sea una familia o un proyecto de país alternativo.

En la mirada sobre Fidel existe sin dudas un componente generacional, nuestros padres no lo piensan sino que lo sienten, nosotros no actuamos así porque no somos producto de su misma circunstancia. En la actualidad unos pueden elogiarlo y otros difamarlo, lo cierto es que el Comandante tenía razón cuando hace 60 años dijo que la historia sería la encargada de juzgarlo. Por lo pronto me resultan absurdas las teorías que lo acusan de enriquecerse a expensas del pueblo, las que lo subestiman o las que lo presentan como un semidiós que nunca se equivoca.

En algún momento tuve que definir qué postura tomar hacia Fidel, cómo interpretarlo, opté por encontrar en él a un ser humano con virtudes y defectos como cualquier otro. Alguien dotado de un desinterés extremo, inclinado hacia el altruismo, dotado de disímiles armas sicológicas y de un liderazgo natural. Alguien que también se equivoca, que compartió los prejuicios sociales existentes en los 70 y tuvo poco tino para escoger a las generaciones que lo relevarían en el cargo. Es decir, un ser imperfecto pero humano como yo, con el semidiós no podría identificarme nunca. Este Fidel que lucha, se equivoca pero lo vuelve a intentar una y otra vez, ese me parece admirable.

No sabía qué escribir en el día de su cumpleaños, creo que el mejor homenaje que puedo hacerle es ser sincero, al menos es lo que él preferiría. Nunca necesité que dijera en el 2005 que la Revolución se podía destruir, ya lo sabía de antemano, tampoco necesito que nadie me diga quién es Fidel, ya lo sé. Fidel Castro es un guerrillero, tan solo por eso merece mi respeto, lo demás, son solo circunstancias.

 

Texto publicado en LJC con ocasión del 87 aniversario de Fidel.