A los niños muertos por guerras imperialistas.

 

Personal de Médicos Sin Fronteras atiende a un niño palestino herido por la bombas de Israel en el hospital de Al Shifa. Foto: Samantha Maurin (MSF)
Personal de Médicos Sin Fronteras atiende a un niño palestino herido por la bombas de Israel en el hospital de Al Shifa. Foto: Samantha Maurin (MSF) (Tomado de http://arainfo.og)

 

Dos cuentos por Julio César Pérez Verdecia(julio.verdecia@umcc.cu)

CUENTO CON NOTA DE GUERRA

A los niños muertos por guerras imperialistas.

Nota.
“Condecoran al soldado norteamericano John Meller con la medalla del valor, tras caer heroicamente en la toma de un polvorín en Falulla, ocupado por fuerzas terroristas.”

 

 

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El Cuento.
El francotirador estaba cerca de cumplir su misión. Con seis disparos logró eliminar las postas que defendían el pequeño polvorín; solo las intermitentes ráfagas de una ametralladora emplazada en las afueras no se lo permitían. Se acomodó entre las ramas del árbol, cargó y apuntó cuidadosamente. Debajo, los compañeros de su escuadra esperaban el momento oportuno para entrar en acción. Dejó de respirar y tras unos segundos apretó el gatillo. Luego del fogonazo de su fusil de mirilla láser, el silencio se extendió sobre la pequeña construcción y los alrededores.
La escuadra tomó entonces el polvorín. El francotirador se acercó a la trinchera para asegurarse de la perfección del último disparo. Un golpe de sorpresa lo invadió, cerca de la inutilizada ametralladora, tras un amasijo de raíces, un niño descalzo y con el rostro ensangrentado le apuntaba con un revólver que casi no cabía entre sus manos. Sonó un disparo, después otro y de nuevo el silencio volvió a flotar en el aire.

LA PREGUNTA

A los niños muertos por guerras imperialistas.

Jalil pateó la pelota. El niño que defendía la improvisada portería frunció el seño. Esta vez Amet logró engañarlo. Amagando hacía el extremo derecho, pasó con una patada certera la pelota por entre las dos piedras, al mismo tiempo que lanzaba el grito de goool, deslizándose sobre la hierba al estilo de los grandes. A sus espaldas la algarabía de los niños se levantó al unísono. Entonces fue que se escuchó el seco silbido de las turbinas del avión. Los niños se desparramaron en loca carrera por la maltrecha calle. Amet en un primer momento se dejó arrastrar por el pánico, pero reponiéndose se detuvo y corrió hacia el extremo contrario en dirección a la improvisada portería. De pronto una luz cegadora se expandió por todos lados y un estridente estallido lo arrojó contra el suelo.
Cuando abrió los ojos todavía se encontraba mareado por el efecto de la anestesia. Su cara estaba envuelta en gasas; las esquirlas de la bomba le habían alcanzado el rostro y herido su mano derecha; de sus piernas, sólo quedaban dos muñones sanguinolentos. Al pie de la cama estaban algunos miembros del equipo médico que lo había intervenido junto a sus desesperados padres, cuando en un sublime y último esfuerzo, el niño hizo la pregunta…
¿Papá, dónde está mi pelota?

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