Dubitaciones

derechovivienda

Por: Julio Cesar Perez Verdecia. (julio.verdecia@umcc.cu)

Yo podría ser tú o el que pasa de largo tras las faldas de la apurada colegiala, tal vez el que disimula entre los escalones del puente o el señor que pasea sin apuro por el vetusto parque con el periódico en la mano; pero ya te digo, mi nombre no importa. El drama del que te hablo no es el destiempo, ni el miedo, ni el olvido o el amor. Tengo cuarenta años en las costillas y no tengo casa. Síííí, un lugar para ser profeta, dormir y tener sexo con una fulana que quizás se guinde de tu vida para siempre.

Una simple casa de adobe, madera o rojos ladrillos, humilde y ventilada, sitiada por árboles y con un diminuto jardín de lirios blancos. Pequeño palacio de beldades y oropeles para guardarme del odio, del chisme ferroso de la gente, de la falsa fe y el veneno del dinero. Una casa para escribir mis poemas de estaño y acrílico, sin donaires ni semblanzas ilusorias, simples poemas de mar y cielo, de coños y luces, de intertextualidades calladas, no sé, de lo que se me ocurra.

Pero yo no tengo casa conveniente y la vida me devuelve cada tarde al ilegible alquiler donde musito las palabras. Ayer un amigo me decía de un tipo (X) en la Habana que trabaja en un lugar (Y) al que le están terminando su quinta casa. ¡Coño! La quinta caaaaasa, con peldaños de mármoles verdes y negros, combinados para que te duela. Y yo le decía, Pacholo, ese seguro es un come candela viejo, y Pacholo se reía y me miraba con sus ojitos de filosófico santero, -no brother, el come candela aquí es usted, que es profesor y poeta, martiano y marxista leninista-. Y yo le decía, afloja Pacholo, afloja que no es para tanto, después con una palmadita me alejaba sin decir nada; pero al doblar la esquina, coño, cinco casas, me repetía infinitamente y dibujaba en mi mente la cara de Pacholo con la sonrisita filosófica y el guiño de rabia y burla.

Nada, que eso debe ser mentira de este negro que sólo sirve para tirar los caracoles y criticar. En este país no le permiten a nadie tener cinco casas, ni aunque sea general o las ponga a nombre de toda su progenie. Aquí la cosa no está tan fácil para dar ese triple salto mortal a la vista de todos y, mucho menos que le autoricen una constructora para eso, no, eso aquí no pasa.

Te lo juro, hasta me dormí soñando con la bendita casa de mármoles verde y negros, con sus escalones combinados y la sonrisa del tipo (X) que trabaja en un lugar (Y) y, que es peligroso decir, la verdad no sé por qué pensé en el sueño que podía ser peligroso, si aquí no hay que temerle a nada ni a nadie, aquí todos somos iguales. ¿Acaso no fue para eso que se la jugó aquella generación de venerados jóvenes? No señor, aquí no vale sueño que valga.

Y así partí para la Habana aquella mañana de junio, lleno de otros sueños y con las ganas de que me dejaran el urgente recado, -profe llamaron del gobierno: que debe presentarse porque le aprobaron el solar para la construcción por esfuerzo propio-, y yo fantaseando despierto mientras la guagua volaba por la carretera y la casa crecía dentro de mí y le nacía un jardín y árboles y una cerquita azul de madera a la francesa. Luego ya en la Habana me uní a los colegas y salimos para el Vedado donde se desarrollaría la reunión del grupo de trabajo, pero la casa continuaba flotando en mi subconsciente: feliz, pavorosa, mía y de puro cristal labrado.

Cruzábamos diecinueve cuando Néstor me sacó de mí y me dijo, -mira guajiro qué te parece esa casa-. Miré, vi la residencia de dos pisos con jardín amplio, rodeada por rejas de artístico diseño, con sus escaleras combinadas de mármoles verdinegros, las blanquísimas ventanas y el techo de placa cubierto de tejas criollas. -Viste que dura, esta es la quinta casa del tipo que viste sentado en el portal y eso que no se la acaban todavía-. Entonces sentí la fatal lluvia de cristales desparramados sobre mí, sobre los sacrificados cuarenta años, sobre el incumplido sueño de hombre, sobre mis poemas y; casi sin querer, vi como la cara negra de Pacholo volvía a ocupar el lugar de antes, con la misma sonrisita retorcida, filosófica, desafiante…