Variables que pueden influir en un cambio de política de EE.UU. hacia Cuba


Por: Jesús Arboleya

LA HABANA. Aunque usualmente es considerada una excepcionalidad, la política de Estados Unidos hacia Cuba, tanto en sus objetivos como en muchos de sus métodos, no ha sido muy distinta a la aplicada por ese país ante cualquier proceso que haya cuestionado su dominio. La diferencia radica en que, hasta ahora, solo Cuba ha podido sobrevivir a estas presiones por más de medio siglo.

Desde la época de Eisenhower, los gobernantes norteamericanos han actuado bajo la premisa de que el régimen cubano resulta “incompatible” con los intereses de Estados Unidos, por lo que el objetivo ha sido destruirlo a toda costa. Más allá de otras consideraciones, Cuba se ha convertido en una “obsesión” de la política estadounidense, característica ajena al “pragmatismo” atribuido como virtud propia de los políticos de esa nación.

Dentro del contexto de la guerra fría, la excusa fue la amenaza que representaba la alianza de Cuba con la Unión Soviética. Pero desaparecido ese entorno y fracasado el intento de incluirla en la hecatombe, el problema cubano emergió como parte de los procesos políticos que están teniendo lugar en América Latina, donde de manera unánime se exige la reintegración de Cuba al concierto político continental.

La política de Estados Unidos no ha sido complaciente con estos procesos, todo lo contrario, ha tratado de revertirlos. Dentro de esta lógica, ciertos grupos de poder norteamericanos insisten en la necesidad de mantener una política de máxima hostilidad hacia Cuba a fin de impedir un mejoramiento económico que reforzaría su influencia e incentivaría aún más los procesos progresistas e integradores en marcha.

El problema es si tal política es viable en las actuales circunstancias. De cara a la Cumbre de las Américas de 2015, Estados Unidos corre el riesgo de poner en peligro la estabilidad del sistema panamericano, base estructural de su hegemonía en la región, como resultado de su reticencia a admitir la presencia cubana en la reunión. Por otra parte, aceptarla sería ciertamente incompatible con su presente política hacia Cuba. He ahí el dilema y la contradicción. ¿Cómo los enfrentará?

Otra variable es el complejo de posiciones que dentro de la propia sociedad norteamericana se mueven alrededor del tema. El congreso parece inamovible, más que por el caso específicamente de Cuba, por la estrategia republicana de bloquear cualquier iniciativa del presidente. Resulta así que hay que esperar el resultado de las dos próximas elecciones, en 2014 y 2016, para evaluar la factibilidad de un cambio sustancial de la política hacia Cuba, toda vez que la ley Helms-Burton establece sus condicionantes.

Ante esta realidad, diversas fuerzas están tratando de impulsar medidas ejecutivas que, si bien no cambiarían la política de manera esencial, flexibilizarían las disposiciones vigentes y establecerían con mayor claridad la tendencia al cambio. Se trata de un movimiento que ha ganado fuerza y cohesión, aunque en el mismo confluyen diversos intereses:

Algunos son históricos, como los críticos a una política que consideran errada por principios éticos e ideológicos o los que aspiran a modificarla por razones de interés cultural, profesional, incluso humanitarios y religiosos.

También existen sectores de la economía norteamericana interesados en acceder al mercado cubano, en condiciones de igualdad con sus competidores internacionales. Tales posiciones se han manifestado en otras ocasiones provocando ciertas excepcionalidades a la implementación del bloqueo y ahora aparecen revitalizadas con el respaldo político de las autoridades de diversos estados y organizaciones empresariales, incluso de congresistas vinculados a estos intereses, algunos de ellos republicanos conservadores.

Por último, están los grupos políticos que fundamentan su propuesta desde la perspectiva de ganar mayor influencia en la sociedad cubana e incluso promover el cambio de régimen que la actual política ha sido incapaz de generar. A estos grupos se suman otros menos comprometidos con esta tesis, pero que se sirven del argumento para “potabilizar” sus propuestas frente a la intransigencia de la extrema derecha, aunque, a su vez, tal discurso establece barreras de comunicación y reacciones negativas de diversos sectores de la sociedad cubana, incluyendo al propio gobierno.

Una variable nueva en la actual coyuntura es el papel de la comunidad cubanoamericana. De base social de las posiciones más hostiles ha evolucionado hasta convertirse, de forma mayoritaria, en promotora de los contactos con Cuba. Ello ha dado lugar a que el tema sea asumido como parte de la agenda de algunos candidatos floridanos, entre ellos el aspirante a gobernador Charlie Crist, así como al surgimiento de grupos alternativos a la extrema derecha tradicional, los cuales, adoptando diversas posturas, han devenido impulsores de importantes iniciativas tendientes al cambio de la política vigente.

Nadie puede asegurar que estos esfuerzos conducirán inexorablemente al cambio de política que se propone. Por un lado pesa la mencionada visión estratégica de Estados Unidos respecto a Cuba, así como el indicador de la reticencia de ese país a modificar su política hacia América Latina y aceptar las transformaciones que están teniendo lugar en la región. También se requeriría de la voluntad de un presidente que no se ha destacado por su osadía.

El saldo positivo de la política de Obama hacia Cuba ha sido el establecimiento de un status quo que marca el límite del peor escenario posible. También ha avanzado la comunicación entre ambos gobiernos en asuntos de interés mutuo y la retórica contra Cuba ha disminuido su virulencia. Pero resulta imposible pronosticar su evolución, porque nadie sabe las fuerzas que regirán esa nación en el futuro inmediato. Estamos ante un escenario de incertidumbres, donde quizá lo determinante resida en la propia realidad cubana.

El éxito de las reformas económicas cubanas, la estabilidad resultante del relevo generacional de la dirección política del país y el sostenimiento de la cohesión nacional, determinarán las condiciones objetivas en que puede ser aplicada la política norteamericana, cualquiera sea el escenario en que influyan otras circunstancias. En definitiva, como siempre, en última instancia, todo dependerá de los cubanos.

Tomado de: Progreso Semanal