Martí, la CELAC y el diamante invisible

La venas-abiertas

Por Julio César Pérez. (julio.verdecia@umcc.cu)

¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

¿Cuántos años hacia que la bota, primero de las potencias europeas y luego del gobierno de los EEUU, asfixiaba la natural respiración de los pueblos de la América Nuestra?

Demasiados. Pero el sueño que nació con aquella generación de titanes de la que Bolívar fue héroe mayor, germinó. Mucho le quedaba por hacer al gigante de Carabobo después de su muerte, era como si su espíritu hubiese encarnado en miles de latinoamericanos, porque lo que no hizo Bolívar estaba por hacer todavía en América, y ese espíritu latía en las entrañas de nuestra tierra.
Ya Martí lo había invocado sabiamente en sus discursos, fue su vida testimonio de la conquista de la independencia cubana para evitar que se extendieran los Estados Unidos por las Antillas y, cayeran con esa fuerza más sobre las tierras de América. Era su visión de alfarero pretendiendo el equilibrio de una región para hacer lo que Bolívar no pudo.

Esa idea maduraría décadas después en el más preclaro de los martianos, Fidel, quien desde su discurso político y apoyado por la vocación solidaria de una nación indómita, prendería la pira latinoamericana del pensamiento integracionista.

Con los años de lucha, pese a las múltiples maniobras imperialistas y después de la triunfal Revolución Venezolana, ya con la colaboración del más grande bolivariano de este siglo, Hugo Chávez Frías, hombre de homérica estirpe, nacería el proyecto del ALBA y luego como complemento necesario la CELAC.

Nace así un espacio de concertación, colaboración, ayuda mutua y profunda solidaridad; tanto en lo económico, como en lo social y en lo político. Nuestra América, espacio geopolítico que nos identifica por los comunes procesos, por su cultura y su historia, se aleja de ser una utopía para concretarse en una realidad, en una América que ya va siendo mucho más nuestra.

La CELAC viene a encargarse con el esfuerzo de hombres y gobernantes de buena voluntad, de crear una verdadera red de interconexiones útiles y respetuosas entre los pueblos latinoamericanos y caribeños. Necesarios lazos y unciones para protegernos del egoísmo imperial y del falso abrazo de sus lacayos.

Porque como diría Chávez, hasta cuándo vamos a ser la periferia atrasada, explotada y mancillada. Estamos poniendo aquí la piedra fundamental de la unidad. Diamante invisible cuyo fulgor solo es posible ver en la dignidad defendida de nuestras tierras, no por uno sino por todos.

Treinta y tres países palpitando por un mundo de paz, de respeto, lejos de toda ignominia, donde fuertes y débiles se sientan en la misma mesa, porque lo que vale es el decoro y el respeto a la diferencia, a la diversidad santa de nuestros pueblos.

Mal nos mira el vecino del norte, al que se le van de las manos las riendas ensangrentadas con que ha dominado lo que antes era simple e ignorante aldea, hoy pueblos rebeldes más amigos de la libertad que del cielo. Ya es hora de que lo entienda el gigante de las siete leguas, no volveremos a ser esclavos de nadie, ni nos dejaremos robar el maíz con que se alimentan nuestros hijos, ni el petróleo que mueve a nuestras industrias, ni la tierra donde se siembra la vida. Basta.

De esta gran reunión de pueblos libres, emergerá el desafío de la paz regional antes un mundo en guerra, los nuevos caminos de las relaciones económicas entre hermanos, la estrategia de comercio con terceros merecedores de nuestra confianza. Y como señalara nuestro Martí, lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras.

La historia ahora se encargará de dar el veredicto, no queda más opción que asumir el diamante invisible de la unidad, el ejercicio de la solidaridad y el espíritu de Bolívar. Ha llegado el momento de tornar la historia, devolver el brillo a los ojos del padre honroso al ver sus hijos crecer en una Patria nueva de paz y justicia, no importa que el hijo sea mapuche, carioca, wayú, caribeño o de pampa adentro, si es hijo de esta tierra pródiga que hoy desde el espacio de concertación de la CELAC, exige respeto.

Sirvan estas palabras de sentido homenaje al eterno Bolívar, y al infinito Martí que hoy cumple 161 años de su nacimiento, y de feliz saludo de LJC, a las gloriosas e históricas jornadas de la CELAC.

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