Celia infinita: la gloria de la ternura


260px-Celia_sanchezPor: Julio César Pérez Verdecia

Hoy es día de homenaje y compromiso, y a ello evoco mis imperfectas palabras, en nombre de los muchachos de LJC.

Poner la mejilla, y las manos, y el corazón y el alma toda, apostando por la humanidad, sólo es propio de personas superiores. Celia fue una de esas personas, quizás por ello su nombre es Celia Esther de los Desamparados.

Quizás por eso se acercó tanto al campesino, al obrero común, a la gente simple, como si con sus palabras completase su respiración de martiana. Y por los desamparados apostó su vida y desde el envés de la ternura infinita elevo una cúspide de pura sensibilidad revolucionaria.

A mi Pilón natal, comarca de mar, poesía y montaña, llegó en 1940 al ser contratado su padre, en calidad de doctor, por la administración del Cape Cruz. Allí encontró al negro Navea, maestro de pesca de quien aprendió los secretos del estuario, a Katalina Stevenson, su maestra de inglés y miles de amigos más.

Allí abrazó a Martí en el hacer y el testimonio diario, allí surgió la idea junto a su padre, de hablar con Jilma Madera para un busto en el parque central del pequeño pueblo, cuya réplica sería escogida más tarde para ser llevada al Turquino, porque Martí debía de custodiar desde lo más alto el sueño cubano de la libertad.

Y junto con otros buenos martianos, de la Habana, Manzanillo y el terruño pilonero, se fue, codo a codo con su padre, con el maestro de pesca, y los muchos que venían por Martí, a llevar por mar y luego sobre mulos y, finalmente sobre las espaldas, el Cristo de los Cubanos hasta lo alto del santuario de la dignidad.

Por esa vocación martiana, al saber de los sucesos del Moncada, juró lealtad e hizo todo lo que pudo para ayudar. Por esa vocación martiana, fue la principal organizadora del grupo de apoyo a los expedicionarios, y hasta engañó a un oficial de navío, de un barco atracado en aquel puerto hermoso de Pilón, para acceder a las cartas náuticas de esa zona.

 Por esa vocación martiana, se incorporó al M-26-7 y luego fue a parar, quemada como estaba de tanto riesgo, al mismo corazón de la comandancia, fusil en mano, patria henchida en el pecho, mirada callada y voz nerviosa.

Su historia es más que un piélago de luz, es un parto de milagros y altruismo; dio todo, compartió todo, escuchó a todos y siempre respondió, no importaba si la carta llegaba del Escambray, de Niquero o de una cuadra cercana a la Plaza de la Revolución. Se dio como solía darse Martí, con entereza cubana sin distinción.

A ella mi pequeño pueblo le debe la idea de una guagua cuya ruta atraviesa toda Cuba hasta llegar a la Habana, los miles de niños estudiando y veraneando en Tarará, las jóvenes campesinas en escuelas de corte y costura, el combinado deportivo, primero de su tipo en el Plan Turquino.

A ella mi pueblo le debe el triunfo sobre la desmemoria, el reconocimiento de más de una generación de alfareros de sueños. Celia, la mujer que hizo del anonimato un palacio virtuoso de creación, le temía a las cucarachas y a los ratones, pero nunca le temió a las balas ni al susto de la muerte.

Ella, que salvó el archivo histórico de la Revolución, atesorando cuanto papel se escribía o cuanto se firmaba, y los detalles que no se podían olvidar, compañera de toda confianza, no quiso más que servir. En Cuba su impronta va desde el Jardín Botánico, hasta una lejana carretera, desde una escuelita hasta un taller obrero, porque fue simplemente imprescindible.

Hoy cuando se conmemoran 34 años de su muerte, después de estos gloriosos años de lucha, devolvemos la mirada a esa mujer, flor transparente, autóctona de nuestra patria, mariposa delicada, glosa de combate que se estremece y canta. Celia infinita.