El premio de los que se quedaron

Por Yarislay García Montero

Este no puede ser el premio de los que se quedaron. Así dice la pobre mujer cada vez que la lluvia le inunda el barrio. Lo peor es al día siguiente cuando la calle se adorna, como cualquier baño público, con las heces fecales del bodeguero, del maestro, de la arquitecta, de las amas de casas y el albañilPero ahí no termina la historia. El remate final llega con el cobro del sistema de alcantarillado. Sí, como si la alcantarilla cumpliera su función. ¿Ese es su premio? Yo no lo quiero tampoco. Y sabrá Dios cuántas veces, cada vez que la lluvia amenaza, se pregunta: ¿Este es mi premio?

Un simple cuestionamiento sobre las redes de alcantarillado que me hace reflexionar- inevitablemente- sobre los premios que me otorgaron. No quiero más organizaciones de masas que solo demuestran su poder de convocatoria en caso de realizarse un concierto de Buena Fe o de la agrupación del momento.

Solo pido tener una Unión de Jóvenes Comunistas -no importa con qué nombre- que me haga sentir orgullosa como aquella primera vez que integré sus filas con lágrimas en mis ojos. No quiero una organización que muera después de cada reunión, que se apague con la cotización de cada mes y que no capte a más jóvenes por miedo a trabajos voluntarios y obligaciones formales.

Una nueva Asociación de Jóvenes Rebeldes, como la de antaño, que no necesite un congreso para desnudar nuestra realidad y ser cómplices del cambio todos, no un puñado de jóvenes.

Solo quiero una economía que se refleje en mi viandero y que deje de aprobar, prohibir, volver a aprobar y seguir prohibiendo las regulaciones que alguien debió analizar consecuentemente. Una economía que sea próspera y sostenible, no en carteles y propagandas, sino que se sustente de verdad. Finanzas reales, que se simplifiquen en más calidad de vida y no en índices del Primer Mundo y trámites burocráticos.

Ay, camaroncito duro, solo te pido otra cosa, solo una. Extingue al fin el secretismo en mi país, que es casi una de esas plantas exóticas invasoras como el marabú, que inunda lo mejor de nuestro ecosistema.